Aceptar y asumir lo que uno es, sin contemplaciones, ni cavilaciones, es un don. Ser conscientes de que la muerte estará siempre a nuestro lado, es dejar el miedo atrás. ¿Por qué temer si todos tendremos el mismo final? Quienes actúan con temor, quienes no saben que al final todos entraremos al mismo túnel oscuro y sinsentido, carecen del don, de la habilidad para saber que no importa, que el tiempo está limitado para todos. Entonces, ¿para qué actuar con miedo? Este Maldito Vicio es la primera de tres partes, en ella el escritor Óscar Baños nos relata una historia cruda que sucede en esa no tan lejana década de 1990, cuando no había Internet ni redes sociales. William Burroughs, por su parte, escribe sobre el Día de Acción de Gracias en Estados Unidos, con su implacable ironía detecta y denuncia el racismo que subyace en la sociedad norteamericana.

El don
(primera de tres partes)

Óscar Baños Huerta*

Cuando niño, uno de mis pasatiempos favoritos era mirar los charcos después de la lluvia, aquellos espejos me daban la posibilidad de caer hacia arriba, hacia el cielo, ese vértigo delicioso que algunos juegos mecánicos también regalan. Cuando los charcos fueron insuficientes me dio por buscar alacranes debajo de las piedras, llegué a ir a los cerros cercanos si en los alrededores de la casa en la que vivía con mis padres no los hallaba. Me divertía sobre todo verlos pelear, no importaba que fuera entre ellos o contra otros animales como arañas capulinas o caras de niño, de estos últimos me arrepiento, tarde descubrí que son grillos subterráneos y no las bestias terribles que me hicieron creer. Cuando el alacrán ganaba (siempre lo hacía) yo cortaba su aguijón y lo guardaba de recuerdo, llegué a tener más de 500.
A los 10 años, cuando estaba solo, me pintaba los labios con el labial de mamá, me veía bien, algo en el color rojo de mi boca me excitaba; fantaseaba con besar a mis compañeras y compañeros de escuela, a veces soñaba con ello. Una tarde cuando venía de regreso de clases y caminaba los dos kilómetros que había entre mi casa y el colegio me atreví, reté a mi mejor amigo a una carrera, el trato era que quien perdiera haría lo que el otro le pidiera sin poder negarse; gané, por supuesto, yo era un buen corredor. Le dije que me diera un beso en la boca, fue la primera vez que alguien me llamó puto.
Al otro día, cuando escribíamos en nuestras libretas de dos en dos hasta el 2 mil y la maestra se encontraba en la dirección en una reunión importantísima, Rodolfo (que así se llamaba mi amigo) se subió al mesabanco que compartíamos y le dijo al grupo que lo quise besar a la salida de la escuela el día anterior porque yo era puto; esta fue la segunda vez que me llamaban así y desde ahí perdí la cuenta.
Lo que restó del quinto grado fue lo más parecido a la tortura, a veces regresaba a la casa con el suéter roto, en ocasiones sin lápices de colores o sin goma, una vez sin mochila porque me la escondieron y pude recuperarla hasta la siguiente mañana cuando el conserje me la entregó después de haberla encontrado en un bote de basura del patio de arriba. Me volqué en mis charcos-espejo y los alacranes gladiadores, no hablaba con nadie y al paso de los meses mis compañeros dejaron de prestarme atención, pues estaban vueltos locos por una niña sorda que había llegado a la clase, todos querían ser sus amigos y ella se dejaba querer, el salón se convirtió en un circo en el que 35 chamacos trataban de comunicarse a señas con la recién llegada.
La clausura de sexto grado fue toda lágrimas, tuve que esconderme en los baños para evitar los abrazos incómodos. A la siguiente semana la maestra nos llevó a desayunar a un cafecito en el centro de la ciudad, algunas niñas y niños tuvieron la oportunidad de lucirse utilizando de manera perfecta los cubiertos, yo comí en silencio y en cuanto pude marqué desde el teléfono público a la casa para que fueran a recogerme.
En primero de secundaria comencé a jugar con la ouija, fue en ese momento cuando comprendí que para que te dejen en paz, solo, hay dos caminos: ser querido o temido y como lo primero no estaba a mi alcance opté por volverme maestro de las artes oscuras.
Todos los recesos los pasaba con otros compañeros igual de necesitados de poder y que la atención de los abusivos se desviara de ellos. Llegó el momento en el que hacíamos consultas, muy estúpidas por cierto: ¿a quién le gusto?, ¿mi novia me engaña?, y otras pendejadas. Fue en algún momento en el segundo grado de secundaria que ser experto en adivinación y brujería y promocionarme como satánico dejó de ser divertido (aunque seguía siendo útil); comencé a asistir por las tardes a la biblioteca central y salía de ahí cuando había oscurecido, las calles de las ocho de la noche me parecían interesantes; supongo que la búsqueda comenzó ahí.
*Me gustan las mañanas con café negro y sin azúcar, caminar antes de que amanezca, ya que para mí las calles vacías tienen una belleza muy particular. Duermo en el bosque de vez en cuando, disfruto conversar con la gente vieja de los ranchos, el olor del cempasúchil y las historias de naguales.

Thanksgiving prayer
(traducción de Antonio Orihuela)

Williams Burroughs*

Gracias por el pavo y las palomas,
destinados a ser cagados a través de las tripas de los americanos.

Gracias por todo un continente que hemos saqueado y envenenado.

Gracias a los indios que apenas presentaron batalla
y proporcionaron algo de peligro.

Gracias por las grandes manadas de bisontes, por matarlos,
despellejarlos y dejar que se pudran.

Gracias por los trofeos de lobos y coyotes.

Gracias por el sueño americano, por divulgarlo
y falsificarlo hasta sacar a la luz su desnuda mentira.

Gracias por el Ku Kux Klan y por los policías
que hacen una muesca en su arma por cada negro muerto,
por las mujeres piadosas y decentes con sus caras
mezquinas, cansadas, amargadas y perversas.

Gracias por las pegatinas que ponen:
Mata a un maricón en nombre de Cristo.

Gracias por el Sida de laboratorio.

Gracias por la ley seca y la guerra contra la droga.

Gracias por un país donde a nadie se le deja vivir su propia vida.

Gracias por una nación de chivatos.

Oh, sí, gracias por todos los recuerdos, va, enséñame los brazos,
siempre has sido un estorbo y un pesado.

Gracias por haber traicionado de esta forma el último
y el más grande de todos los sueños humanos.

*(Saint Louis, 1914-Lawrence, 1997)
Escritor y novelista estadunidense de prosa experimental y ligada estrechamente a las experiencias con drogas y viajes, identificado generalmente como miembro del movimiento Beatnik de finales de la década de 1950, de la literatura underground del decenio siguiente y considerado padrino y gurú de la generación rock punk de los años posteriores.

Porque yo canto diferente, hablo diferente, visto diferente… #ElDon

El Don
@bailoni593

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