Esto del insomnio es cruel. No sabe uno cómo ataca ni con qué se cura. A veces basta poner las noticias para empezar a arrullarse y, a veces, son las mismas noticias las que el sueño a uno le quitan. Érase que se era –dicen los que escribir saben– que en esas andaba yo, cuando por fin me empezaba a sosegar y de pronto lo percibí. Ya andaba medio adormilado, así que me costó creerlo, pero sí: ahí andaba un dragón.

Primero pensé que quizá estaba perdido. Uno nunca sabe, lo mismo se puede ser geógrafo, scout, rastreador satelital o bestia mágica y puede perderse. Pero no lo creí. Según las profundas enseñanzas que me dejó la película Mi amigo el dragón –la de Disney– son listos, así que eso quedó descartado.

Después recordé que una vez en el Museo del Papalote vi una exposición de criaturas míticas. Según lo que ahí decían, dragones había por todos lados: desde China hasta Yucatán, eso sin contar las aldeas europeas del Medioevo. Así que medio abrí un ojo y me traté de fijar. No, este no. Nomás no parecía ni maya ni oriental. Para ser chino le faltaban pies humanos como aquellos de los que salen en los desfiles del año nuevo chino y, para ser maya, debía llamarse Quetzalcóatl y de menos soltar –¡Mare!– alguna bomba yucateca. Así que no, ni uno ni otro.

Pero enseguida reconsideré la otra opción: los dragones medievales. ¡Hijo! ¡Qué emoción! En cuantas historias no han salido estos personajes. Es más, hasta existen relatos que más allá de lo heroico, han alcanzado ya lo sagrado, como el de San Jorge y el dragón quien obtuvo el título de santo –aclaro, no el luchador– nomás por vencer a una de estas alimañas. Es más, incluso en la ciudadela francesa de Pérouges, hay íconos locales de historias de dragones y en varias ciudades de Europa estatuas de San George en plena hazaña. ¡Les digo! Toda una tradición draconiana, así que… ¿Quién quita y sí hubo? Pero no, así no era el de acá.

Ya luego pensé, ¿y el célebre Shenlong dónde queda? A lo mejor alguien juntó las siete esferas de Dragon Ball y anda viendo qué deseo pedir. ¿Irá a ser más poder para vencer a un brutal enemigo, o tratarán de resucitar a un sayayín? No, no. Disculpen, ¡eso de escribir adormilado!
¡Hey! –me dije– pero este dragón se ve más típico. Esperen… ¿no será acaso…? ¡Sí! Se parece a los de Khaleesi de “Juego de Tronos”. Ya decía yo –reflexioné– ni modo que el asunto resultara en algo tan real y mundano como un simple dragón de Komodo. No, este de menos se parecía al que trae Iron Fist, –el superhéroe de Marvel– tatuado en el pecho. Pero bueno… ¿qué estaba haciendo por aquí?

Ahora sí como que me quise asomar. Pelé un ojo y vi sus alas. Amplias y en pliegues, parecían aletear mansamente como para mantenerlo a flote nomás que sin hacer ruido ni aventar aire. Después abrí el otro ojo y entre sombras vi su cara. Un rostro triangular y alargado con unos ojos tipo reptil también alargados y con pupilas de tallarín antes de soltar el hervor. Luego noté su cola, larga y delgada, dejando pasar entre sus movimientos la luz de la farola callejera que luego –justamente– no me deja dormir. ¡Ay nanita! ¿Y ahora? ¿Qué hago? –me dije– ¡Qué tal si le da por echar lumbre!

Poco a poco me alejé dispuesto a pedir ayuda. Primero me hice hacia un lado, luego despacito me replegué, me incorporé volteando en dirección opuesta y quedito abrí los labios para empezar a susurrar cuando todo se aclaró.

Sí, me fui a dormir y me lavé los dientes, pero olvidé hacer gárgaras de enjuague bucal. Esos descuidos salen caros.

Luego por eso trae uno aliento de dragón.

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