“El ebanista”

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Tenoch Carmona Yáñez

Presentamos el debut literario de Tenoch Carmona Yáñez (2003), un escritor de imaginación exacerbada, entrenada en el terror y la literatura fantástica. El relato que nos presenta se desarrolla en un ambiente onírico, protagonizado por una entidad mágica de nombre Nain, capaz de conceder deseos… A un precio muy alto, por supuesto. Tenoch es alumno de quinto semestre de la Preparatoria uno de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH).
–Alfonso Valencia–

El suave aire primaveral chocaba con su rostro, dejando el olor a pino en sus cabellos y el cantar de las aves como muestra del afecto del mundo hacia él; pero Chris no lo sentía. Su enorme y fornido cuerpo temblaba. Tenía las ojeras marcadas, llevaba una barba de días. Agitado, se recargó sobre un árbol recuperando el aliento, vomitó dos veces antes de seguir su camino. Las marcas en los antiguos robles guiaban sus pasos, logró llegar al momento del crepúsculo. Oculto en la espesura de los árboles, observó el claro del bosque. En el centro se alzaba una pequeña cabaña, tan vieja que los tablones putrefactos apenas podían sostenerse. Dos ventanales sin vidrio dejaban pasar la poca luz que llegaba del frondoso bosque. Un camino de resquebrajadas piedras surgía de la puerta, desde la cual una pequeña figura esperaba, inmóvil.

Chris se acercó hasta sentir las piedras bajo sus pies, temblaba con más fuerza.

El ente que estaba frente a él apenas rebasaba el metro de estatura, su raquítico cuerpo estaba cubierto de musgo y unas cuantas flores. Estaba hecho de madera. Un rostro con dos huecos como ojos y una tosca nariz de roble se movieron ligeramente como si lo mirara.

Chris tragó saliva.

El pequeño ser movió con lentitud sus piernas, rompiendo la enredadera bajo sus pies, giró haciendo tronar sus delgadas extremidades y cruzó el umbral adentrándose en la cabaña.

Chris dudó un momento, lo siguió.

Mientras más avanzaba, todo se tornaba más oscuro a su alrededor, la luz de entrada se desvanecía y el camino parecía más extenso de lo que debería ser. Pero Chris continuó caminando detrás de la criatura hasta fundirse en tinieblas. Paró, sentía el latir de su corazón más fuerte que nunca. Lentamente, una pequeña llama se encendió a su izquierda, creciendo desde una chimenea elegante. Ya no se encontraba en la pequeña choza, ahora estaba en un bello cuarto de madera con una fina alfombra de piel y dos sillones de terciopelo rojo perfectamente alineados.

–La belleza de los sueños estriba en la analogía entre lo ficticio y real–. Escuchó detrás de su cabeza.

Desde el otro lado de la habitación, una figura delgada entró grácilmente sonriendo de oreja a oreja. Sus largas piernas dieron un par de zancadas, llevaba puesto un traje color crema y zapatos tipo caqui. Su andrógino rostro generaba una extraña belleza que en parte se transmitía por sus inhumanos ojos verdes. Con un elegante movimiento agitó su cuidada cabellera.

–Esas fueron las últimas palabras que te dije desde tu última visita. Y como lo predije, volviste–, exclamó sonriendo perversamente. –¡Oh!, pero qué descortés de mi parte, toma asiento–.

Nervioso, Chris se sentó desconfiado, Nain sonrió con sus blancos dientes antes de hacer lo mismo.

–¿Deseas algo de tomar, té, café, vino, quizá whiskey… Vodka?– –Ah… Lo que sea está bien.

– Nain chasqueó los dedos, dos seres de madera surgieron de la oscuridad. A pesar de su parecido con el que aguardaba en la entrada de cabaña, estos eran más altos, estaban limpios y parecían barnizados. Cada uno de ellos cargaban diferentes objetos, uno llevaba un vino tinto de una botella sin etiqueta, otro llevaba dos copas de vidrio sobre una charola.

–Este vino es de mi propia cosecha, no quiero sonar pretencioso, pero tiene un sabor inefable, simplemente tienes que probarlo, estoy seguro de que podría ser la cura a problemas efímeros… Claro que si estás aquí es por algo más grande, ¿no es así?–.

Nain dio un pequeño sorbo a su copa mientras el hombrecito de madera le servía vino a Chris antes de volver al lado oscuro de la sala junto con su compañero.

–Yo… Quiero saber si lo que me dijiste… Es posible–.

Respiró profundamente con los ojos llorosos. –¿Todo lo que desee se cumplirá? ¿Cualquier cosa?–.

Nain le soltó una mirada inquisitiva, metió una mano dentro de su saco, un sucio conejo de felpa salió a la vista. Chris empezó a temblar dejando caer un poco de vino sobre la alfombra. Nain estiró el brazo ofreciéndole el demacrado muñeco.

–¿Tanto la deseas de vuelta?– Chris tomó el peluche sollozando. Trató de hablar, no pudo. Cayó de rodillas envuelto en lágrimas abrazando el conejo desesperadamente. Nain, con un rostro inexpresivo, se paró frente a él, le echó un vistazo a la copa derramada sobre la alfombra antes de hablar.

–Te concederé todos tus sueños. Cada uno de ellos, pero la cantidad del tiempo que estos deseos se mantengan será la cantidad de tiempo que deberás servirme. Si tus deseos duran un día, tu cuerpo será de mi pertenencia por un día, o por meses o años o siglos, todo depende de cuánto quieras vivir tu deseo… Puedes quedarte ahí… Por siempre. ¿Te lo pregunto una última vez, aceptas los términos?–.

Chris afirmó sin soltar el peluche, Nain asintió con una ligera mueca en los labios.

–Por lo tanto, Christian Kolin Isaev, en nombre de Mhormos y de los antiguos, yo, Nain, aceptaré ser tu tejedor de sueños y deseos a cambio de tu propio ser. Dime, amigo mío: ¿cuál es tu deseo?–.

Chris alzó la mirada y con un susurro apenas audible respondió: “Ella”.

La mano de Nain se alzó con gentileza sobre su cabeza, Chris sintió su piel endurecerse, su rostro y cuerpo empezaron a encogerse, sus ojos se convirtieron en dos huecos y antes de quedar encerrado en el único lugar donde los sueños se hacen realidad, besó el conejo de felpa como último acto consciente en este mundo.

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