El $ecuestro de Liberté, Égalité y Fraternité

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Francisco Rodriguez

Mijaíl Bakunin, quizá el más célebre de los anarquistas rusos, nació 25 años después de la toma de La Bastilla. Escribió sus mejores obras a la distancia más prudente, como recomendaba José Fouche analizar los acontecimientos cruciales. Solo así, decía el famoso policía y fisgón francés, podían verse de cerca con certeza.
Concluyó Bakunin que el pueblo solo tenía tres caminos para liberarse de su triste suerte: los dos primeros son los de la taberna y la Iglesia. El tercero es el de la revolución social. Total, que en un poder absoluto hasta a un burro le resulta fácil gobernar, José Donoso dixit.
A 227 años del estallido de la Revolución francesa, que hoy poca gente recuerda, excepto por el atentado terrorista en Niza o cuando los “próceres” de turno sustentan, en violentos discursos, ideas más conservadoras que las que creen ensalzar, tal parece que las revoluciones son como los terremotos nocturnos, que solo sienten los que no duermen, los que siguen sufriendo el deterioro mayúsculo de las condiciones materiales de existencia.

El mundo, insomne: “ve el temblor social y no se hinca”

En efecto, el histórico acontecimiento, nacido para instaurar una nueva idea de la humanidad, el renacimiento político del hombre, la decapitación de los monarcas despóticos, para abrir la brecha de la defensa de los derechos humanos del hombre y del ciudadano, para otorgar el poder a la soberanía del pueblo, ha desembocado, prácticamente, en una enorme inanición ideológica, en las pantomimas del poder.
Aunque sea absolutamente cierto que casi todas las luchas sociales modernas se han inspirado en la ideología alemana –la que decapitó a Dios– y en la Revolución francesa –que le cortó la cabeza al rey– el mundo sigue insomne, sintiendo las sacudidas telúricas de un gran movimiento liberador.
El hambre corona la ideología, el pensamiento y las predicciones sobre el futuro. Y bien lo decía Georges Orwell en La rebelión en la granja: “Nadie puede exigirle educación ni buenos modales al que no trae un penique en el bolsillo”.

El planeta está repleto de gobernantes gandayas

Se ha entronizado un poder más peligroso y antitético que el que sostenían los poderosos absolutos del siglo XVIII: “el poder de los que mandan, pero no gobiernan”, como decía el gran pensador del Ferrol español Gonzalo Torrente Ballester aclamado por todos los premios de las letras hispanohablantes, quien no se andaba con medias tintas.
El gran movimiento liberador, la Revolución francesa, está ausente del pensamiento y la acción que animan las estructuras gubernamentales del mundo moderno. Muy por encima de sus principios, están los oscuros intereses de los dueños del dinero.
El planeta está repleto de gobernantes gandayas de pacotilla, impuestos en su gran mayoría por los absolutos poderes financieros, los verdaderos titiriteros de un espectáculo propio de guiñol. Obama, Trump, Hillary, Theresa May, los payasos dictadores asiáticos, africanos, latinoamericanos, y los que usted seguramente agregará, siempre ofrecen “estar a la altura de los desafíos”, y siempre decepcionan.

El poder ya no abdica, solo lo sustituyen

El mundo está bajo el control de la mayor tiranía económica que ha conocido en su largo trayecto: la que se dicta desde las oficinas que, como la famosa cumbia, “no tienen alma, ni tienen corazón”. Las computadoras de los centros bursátiles, manejadas por empleados de mentecatos y traidores, dirigen el saqueo, el destino de las fortunas, y el avasallamiento total. El poder ya no abdica, solo lo sustituyen.
Hoy, las tres cuartas partes de la población del orbe viven en la miseria y el hambre. La otra cuarta parte detenta el poder y la riqueza. El problema de las relaciones entre política y moral está dirimido, no por las directrices de los gobernantes formales, sino por la corrupción política dominante.
La batalla sigue siendo lograr que las normas recuperen la jerarquía perdida en esos laberintos; que si durante largos periodos se han convertido en mediatizadoras sociales, en protectoras del inmovilismo, reasuman su investidura. Que ofrezcan una alternativa válida a las prácticas neoliberales y globalizantes.

No tiene caso celebrar la Revolución francesa

Que se conviertan en puntas de lanza de las aspiraciones comunitarias, que transiten de simples reguladoras de la realidad estática, como el búho de Minerva, al que hacía alusión el enciclopedista Hegel: que extendía sus alas sobre lo establecido, para construir los cimientos de nuevas conductas, dinámicas y progresistas.

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