En la plaza habría una fila de niñas nerviosas donde el alcalde, escoltado por oficiales como únicos hombres con permiso de presencia, insertaría una pastilla en la boca abierta de la primera en fila, luego le ofrecerían agua para el fluir de la pastilla, y se retiraría en búsqueda de su grupo para intercambiar impresiones, risas, ansias. Los hombres estarían guardados en sus casas, saldrían al día siguiente para encontrar pareja, o que les encontraran.
Era el Día del Amor, aunque también lo llamaban Día de las Mariposas.
Sentada a la sombra del mediodía de su árbol, fuera de la ciudad, Veaní dedujo el barullo de la plaza. No alcanzaba a distinguir los detalles con su telescopio fabricado con cartón y dos fondos de botella que ella misma lijó, bastaba recordar el día del año anterior, y el anterior, y otros tantos, donde fue espectadora del Día del Amor. Este año alcanzó la edad dictaminada para comer las mariposas, pero no asistió, a pesar de conocer el castigo.
Sus amigas acordaron ir juntas “al momento más importante de su vida”; por supuesto, la invitaron, aunque rehusó. La idea que les brindaran amor, que les sembraran mariposas en el estómago para flotar sobre nubes rosadas, como pregonaban diario en la escuela, como enseñaban los libros que el alcalde repartía y los carteles que sus oficiales no se cansaban de pegar en la ciudad, no parecía tan mala; lo malo era, al menos para Veaní, que no elegía de quien enamorarse.
¿Y si le tocaba enamorarse de alguien que no le gustara ni tantito? Bajó su telescopio. Los profesores decían que el amor todo lo puede, todo lo cura, que sin importar la cantidad de problemas, mientras revoloteen mariposas en la panza cualquier inconveniente con su enamorado podría resolverse… u olvidarse.
Ese era un problema, el olvido. Cuando las mariposas comenzaran a revoletear y estuviera enamorada sin cura de alguien, como le enseñaron, tendría que olvidarse de sus árboles, de sus contemplaciones, sus telescopios, sus estrellas… se olvidaría de ella.
El Día del Amor es para mantener la estabilidad emocional y el bienestar de la ciudad, un suceso trascendental y único para convertirte en una mujer completa, de nuevo la escuela y el alcalde, pero ¿y su bienestar? ¿Dónde quedaba ella en el amor? Disfrutaba elegir la azotea del almacén, o de la escuela, o del taller de Rojo para sus observaciones. Jugueteó con los fondos de botella adheridos al cartón.
Rojo… el hombre que hacía dibujos en la piel. No hablaba, le doblaba la edad, y ni siquiera sabía si ese era su verdadero nombre; aun así, de tener la capacidad, Veaní sentiría mariposas por él.
El viento movió las hojas y las sombras. No. No era ese el sentimiento que deseaba, era como… un “algo”. Conoció a Rojo hace años cuando observaba las estrellas desde su azotea, apareció de pronto y la asustó, él hizo ademán tranquilizador, luego otro de espera. Bajó a su taller, regresó con té y pancitos cuadrados que ofreció a Veaní; la dejó sola.
Ahí comenzó el… “algo”, como una brizna. Rojo era la única persona que Veaní había encontrado en las azoteas nocturnas; compartieron estrellas y té y pancitos cuadrados, en silencio. La invitaba a su oficio, y ella disfrutaba ver su concentración, su delicadeza e ímpetu cuando dibujaba sobre piel masculina recostada en el sillón de trabajo; se ofreció un par de ocasiones para hacerle un dibujo, pero estaba prohibido, bajo estigma citadino, para mujeres. Rojo dejó de insistir.
Si tan sólo las mariposas obedecieran órdenes las tomaría, pensó Veaní, así evitaría quedarse sola toda su vida. Ese era el castigo por omisión: sería marcada, ningún hombre la desearía como pareja. Así era la ley, como desde antes que naciera.
Elegir. ¿Cómo podía elegir? Quería ser una mujer completa, como le habían enseñado, quería… no, tal vez no mujer. Completa, sí. Veaní no deseaba pasar su vida sola, tampoco estar con quien no eligió. Malditas mariposas, se dijo. Deseaba alguien que amara lo mismo que ella, alguien como Rojo, quien también amaba su trabajo, tal vez conoció las mariposas de alguna mujer en otro momento, pero ahora no tenía pareja, aunque se le veía feliz, satisfecho, completo…
Completo. Aunque a los hombres no les daban pastillas, y eso era porque él podía, él sabía…
Veaní se incorporó junto con su telescopio, las hojas estaban quietas. Las mariposas y el amor, esos eran el problema y la solución. Corrió a la ciudad, al taller, tal vez los hombres la vieran pasar y comenzaran a desecharla; no le importaba.
Llegó, resollando. Rojo practicaba sobre papel, dejó su dibujo para verla. Veaní se acercó, decidida, le explicó lo que quería, luego se recostó en el sillón de trabajo, aún resoplando, y se desnudó sólo lo necesario. Rojo fue hacia ella. Hubo miedo, preocupación, incertidumbre, un leve ardor sin mucho dolor, sin resistencia. Veaní comenzó a ser mujer… no, comenzó a estar completa…

***

Tres nubes viajaban grises entre la Luna creciente mientras las estrellas eran observadas. Veaní bajó su telescopio, aspiró el aire nocturno y sonrió. La noche era agradable, se desnudó el torso para sentir el aire fresco. Contempló un costado de su estómago.
Nunca estaría sola, no necesitaba pastilla alguna. Ahora estaba completa, ahora tenía tres pequeñas mariposas revoloteando una detrás de otra… ahora estaba enamorada de sí misma.

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