K se había enfadado por un error propio irreversible que le hacía perder la paciencia y lanzar exabruptos, torcer el gesto y hablar de forma tan dura que ni el mismo podía reconocerse en ese estado lamentable en que había quedado por pérdida tan lamentable e imprevista, aunque la hubiese previsto minutos antes de la tragedia y segundos después de que sucediera.
En esa situación no distinguió de ámbitos y se abstuvo de tener las formas adecuadas de comportamiento que lo solían acompañar en momentos parecidos, en que no había tomado las cosas tan a pecho y que, en realidad, no les había dado la mínima importancia ni le habían afectado en lo absoluto.
Por qué entonces en esa ocasión las cosas habían sido distintas. Tenía algunas hipótesis al respecto: la falta de sueño, el exceso de cafeína en el cuerpo, el trabajo acumulado y pendiente de revisiones múltiples y que quería terminar para irse a descansar, las afecciones propias de la edad que cambian el humor.
Con toda aquella caterva de suposiciones podía haber seguido interminablemente hasta encontrar una razón que le satisficiera al instante, pero que le volviera a resultar absurdo tan solo un momento después. No podía, por tanto, encontrar qué fue lo que le pasó y por qué reaccionó de aquella manera tan absolutamente fuera de lugar.
Pensó en el tiempo en que no había encontrado motivos ni razones para dudar un segundo en su creencia de quién era, y que sus acciones coincidían con esos valores que le habían enseñado desde pequeño. Era bueno que todo aquello conformara un conjunto homogéneo y mejor aún comprender que así era.
Tenía su mundo unitario, su unidad de acto y percepción bien asumida y conformada. Creía que no había fisura en esa combinación, que los agujeros de la adolescencia en su determinación habían dado paso a algo sólido llamado “yo”.
Todo eso se había venido abajo en el malhadado momento en que el enfado le contrajo el rostro y le llevó a alzar las manos en aspavientos que aireaban el entorno con su mal humor tan visible que espantaba los rayos de Sol que se colaban por la ventana aquella tarde.
Entonces llamó M por teléfono y todo volvió a la normalidad, su voz cálida y sensual le llevó de nuevo a un estadio de paz, a una tranquilidad tan profunda que sintió como si lo meciera un azulado mar en calma.
La voz de M fue el bálsamo que necesitaba para que todo quedara como estaba, para que no hubiera en su espíritu la confusión de una pérdida irreparable, para que no quedara en su corazón el ascua ardiente de una despedida perpetua.
El reloj del despacho marcó una hora incierta que le pareció muy alejada de la hora que hubiese sido de no haber acontecido el enfado, con su consecuencia de angustia y tiempo impreciso e inservible.
El ánimo poco a poco empezó a recuperarse, los pulmones volvieron a respirar normalmente, el ritmo cardiaco dejó de estar acelerado y convulso, la mente de estar confundida y los ojos experimentaron claridad.
Alejadas las sombras, vuelto a la normalidad podía volver a sonreír en el silencioso pasillo que lo conducía a la calle. Salió de noche y la oscuridad lo acogió benévola entre rayos de sombras que los faroles azulaban.
No fumaba, pero le hubiese gustado tener un pitillo entre los labios, encenderlo con los cerillos largos, saborear el humo que lanzaría a lo lejos, ver el brillo de la lumbre al final de su boca.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.