Dentro de la catarata de afirmaciones sin sustento alguno que cotidianamente vierten los representantes más conspicuos de la 4T desde que llegaron al poder, resaltan aquellas tonantes palabras del presidente Andrés Manuel López Obrador con las que declaró “el fin del neoliberalismo” en nuestro país. Obviamente, la porra robótica le aplaudió con entusiasmo en las redes y arremetió con epítetos y leperadas contra cualquiera que osara esbozar siquiera un gesto de ironía o simple incredulidad.

¿Qué es el neoliberalismo? Alguien que sí sabe del asunto y lo ha estudiado a fondo desde sus orígenes, además de que no se ha cansado de explicar sus mecanismos de expansión, así como sus debilidades, construyó una organización social para luchar contra la pobreza que genera ese modelo. El ingeniero Aquiles Córdova Morán, dirigente nacional del movimiento antorchista, escribió hace más de 30 años, cuando nuestro país ingresaba a esa nueva ola mundial de expansión del capitalismo y todo era loas a la globalización y vaticinios de prosperidad y desarrollo a cargo de las porras oficiales alquiladas –no habían nacido aún las “benditas” redes y varios de los actuales “próceres” de la 4T eran felizmente funcionarios federales o estaban en la cúpula del partido en el poder, no importa ahora mencionar sus nombres porque se me acaba el espacio– que los graves tropiezos y fallas de las economías socialistas, aunadas a la aparente unidad y desarrollo sostenido de las economías “cúpula” del capitalismo mundial, habían permitido a los voceros teóricos y políticos del imperialismo yanqui plantear al mundo entero la exigencia de barrer resueltamente con todo vestigio “populista” y “nacionalista” de sus economías, derribar sus fronteras económicas y abrir de par en par las puertas al capital transnacional, emprender, en fin, el camino del apoyo irrestricto a la propiedad privada, el camino de lo que técnicamente se conoce como neoliberalismo económico.

A mi modo de ver, eso y no otra cosa, es lo que estamos presenciando en México: la venta de paraestatales, el “adelgazamiento” del aparato de gobierno, el auge de la bolsa de valores, la reprivatización parcial de la banca, la apertura de nuestra economía a la inversión extranjera, la entrada del Acuerdo General de Aranceles y Comercio, la política de represión salarial y de freno al reparto agrario, la persistencia en el pago de la deuda, la “modernización” y la “renovación estructural”, en suma, no son ni representan otra cosa que la instauración en nuestro país de una política consecuentemente capitalista, de un capitalismo puro, moderno e integral. Adelanto los efectos sociales y políticos del neoliberalismo: “Además del crecimiento –que no desarrollo– económico que seguramente se producirá, el pueblo mexicano obtendrá de allí, cuando menos, una más profunda y nítida diferenciación de las clases sociales y la prueba histórica de que allí, en el capitalismo, por moderno e integral que sea, no se encuentra la justicia y la felicidad eterna que le cuentan sus paniagudos, francos o encubiertos” (Revista Momento, octubre 1987).

Transcurridas más de tres décadas desde entonces, el neoliberalismo en nuestro país ha pasado su terrible cuenta a los mexicanos, pues el olmo no da peras. México ha visto un acelerado crecimiento de la producción de riqueza, pero no ha traído ni desarrollo ni mayor bienestar para las mayorías, sino una acumulación brutal de la riqueza en pocas familias y el empobrecimiento de millones de seres humanos; ha traído la profunda diferenciación de clases pronosticada por el dirigente nacional antorchista a finales de la década de 1980, y una enorme decepción entre las capas populares sobre el modelo neoliberal y sus alcances reales de proporcionar bienestar material a la mayoría trabajadora.

Esa masiva decepción generada por más de tres décadas de neoliberalismo, que abrió las puertas indiscriminadamente al capital extranjero, deprimió los salarios a los niveles más bajos del planeta, adelgazó el Estado –que volvió casi simbólica su intervención en la promoción del bienestar y reculó vergonzosamente en la exigencia de aportaciones fiscales a los grandes capitales, proporcionales a sus grandes riquezas–, endeudó como nunca al país, volvió a México un paraíso de la especulación financiera y empobreció a la mayoría de los mexicanos. Eso es lo que está en el fondo del triunfo electoral de López Obrador y llevó a la bancarrota a los otros partidos. Andrés Manuel López Obrador enarboló la denuncia de los efectos del neoliberalismo, acusó a los políticos de otros partidos de beneficiarse de ese modelo y solemnemente prometió aniquilarlo en cuanto llegara al poder.

Nosotros, los antorchistas, siempre sostuvimos que eso no era posible en la coyuntura mundial actual, que la desaparición del neoliberalismo requiere una modificación de la correlación internacional de fuerzas, un consecuente debilitamiento de las aún poderosas fuerzas que se han beneficiado de ese modelo, especialmente de nuestro vecino, Estados Unidos, lo cual no es aún una realidad en el mundo. Dijimos que lo único posible en tanto se forman esas condiciones internacionales, es formar un vigoroso movimiento popular en nuestro país, que luche contra la pobreza por medio de llegar al poder democráticamente y aplicar un modelo más equilibrado de distribución de la riqueza por la vía fiscal, el ejercicio del gasto público y el incremento de los salarios, que es la propuesta del antorchismo. Sostuvimos que si López Obrador emprendía acciones aventureras para intentar la destrucción del neoliberalismo en las condiciones actuales del mundo, el país enfrentaría una crisis tremenda que pagaría el pueblo pobre de México. Y que si, por el contrario, al hablar de “acabar con el neoliberalismo” todo se reducía a simples frases para atraer votos, entonces estaría engañando vilmente a los mexicanos. Veamos cuál es la situación actual.

Hace poco, el presidente dijo: “Declaramos formalmente, desde Palacio Nacional, el fin de la política neoliberal”, pero la respuesta de la terca realidad es que eso es mentira. Todos los rasgos neoliberales permanecen intactos en México, los bajos salarios, la miseria galopante, el adelgazamiento del Estado, ahora disfrazado de austeridad y lucha contra la corrupción, la entrada indiscriminada de capitales extranjeros, el traslado de ganancias a otros países, el endeudamiento creciente, entre otros.

Esta semana López Obrador recibió a los ejecutivos de fondos de inversión y banqueros mundiales de las firmas JP Morgan, HSBC y Mizuho Securities, con ellos a su lado anunció triunfalmente una nueva deuda por 8 mil millones de dólares. No hace mucho, circuló una carta que recibió de Laurence Fink, el director ejecutivo de BlackRock, el fondo de inversión neoliberal más grande del mundo, donde le comunicaba textualmente al presidente: “estamos preparados para asociarnos en la construcción de infraestructura de Internet y para desarrollar el Istmo de Tehuantepec”. Como se ve, los negocios transnacionales siguen a todo galope. En el otro lado de la moneda neoliberal, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) informó ayer que 10.2 millones de los mexicanos que trabajan se encuentran en condiciones críticas en su empleo, ya sea porque perciben un bajo salario o tienen una extensa jornada laboral, o bien una combinación de ambas.

En resumen, se ha intentado hacer creer a los mexicanos que ponerle una lápida al neoliberalismo es tan sencillo como pronunciar el discurso de fin de cursos de alguna escuela. Pero la verdad es que también en ese tema, estamos ante una mentira monumental, ante una grosera manipulación y un engaño a las esperanzas del pueblo de México, ante otra raya más al tigre.

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