IRÍA FERRARI
Pachuca.- Los medios de comunicación nos intoxican con información que supone ganancia para sus anunciantes, pero que con frecuencia nos llenan el alma de residuos.

Raro es el día que no encontramos ecos de maltrato acompañados de fotos o videos que nos obligan a volver la cabeza.

Nos bombardean con maltrato animal, violencia de género, adultos mayores abandonados, inmigrantes a la deriva y un larguísimo etcétera.

Con el buen trato parece que pasa lo que con aquel periódico de buenas noticias que quebró a la semana de vida. Sin embargo, hay una fuerza misteriosa en el buen trato capaz de abrir puertas y modular cambios que a priori parecen imposibles.

Y lo mejor de todo, hay una erótica profunda y extensa, muchísimo más compleja y fértil, que las basadas en la conveniencia, el poder, los usos y costumbres o el desierto de la obligación.

Es cierto que la pasión amorosa surge del deseo y eso es algo que viene de serie con el hardware de especie.

Los primates añaden capas interesantes de buen trato en forma de contacto físico, despiojamiento y otras muchas conductas sociales.

El ser humano avanza en el desarrollo de esas habilidades capaces de cimentar las relaciones de todo tipo que serán fundamentales para su supervivencia.

Gracias a su capacidad narrativa y al mayor desarrollo de sus interacciones sociales, es capaz de ampliar el espectro de conductas posibles desde el mayor maltrato imaginable a las formas más sutiles.

La erótica del buen trato se aplica fundamentalmente al ámbito de la pareja al ser un potente carburante para mantener un sano nivel de deseo.

La mejor manera de que nuestra pareja esté radiante es hacer lo posible porque esté alegre, feliz y a gusto. Eso va mucho más allá de términos como igualdad, equidad, responsabilidad…
El buen trato no tiene límite y lo incluye prácticamente todo, desde barrer el suelo para que nuestra amada no lo tenga que hacer o arreglar un grifo para que el amado lo encuentre funcionando.

Desde consentir un pequeño capricho hasta acceder a derroteros vitales complicados que, sabemos, iluminarán su faz pese a que quizá a nosotros nos produzcan algún grado de sacrificio o de quebranto.

Debemos buscar que las personas que nos rodean tengan los ojos brillantes y consigan avanzar hacia aquello que los inspira.

Esa es la mejor forma de que ese resplandor ilumine nuestros pasos y, consecuentemente, la propia mirada.

No es sencillo encontrar ejemplos de buen trato, como hemos dicho, no suelen ser noticia. Aun así, todos conocemos alguno.

Esa pareja que ha conseguido resistir mil tormentas y sigue caminando sonriendo, ese anciano que, pese a sus achaques, sigue cuidando de su perrito, aquella niña que hace lo posible para ir a merendar con su abuela impedida…
El buen trato es aplicable a cualquier relación, desde un objeto inanimado hasta una planta, animal o persona.

Podemos tratar bien los objetos cotidianos o relacionarnos con ellos a base de golpes y portazos. Lo mismo con los demás.

De esa forma, sabremos cómo nos tratamos a nosotros mismos dado que, según una ley antigua, no habrá mucha diferencia.

Aquellos que durante su jornada saludan, agradecen, se interesan, cuidan y sonríen, llegan a la noche cargados de tesoros que otros no son capaces de encontrar por mucho que se afanen.

Merece la pena tratar bien a los demás, a todos lo demás.

Es la mejor manera posible para tratarnos bien a nosotros y eso tiene mucho valor, como saben aquellos que alguna vez se hayan sentido maltratados, solos, abandonados, no reconocidos, desgraciados…
Si miramos atentamente a las personas más atractivas que conozcamos, veremos que independientemente de su aspecto o características, suelen estar dotadas con el delicado don de la educación y las buenas maneras, con la facilidad para tratar bien a los que las rodean.

Esa irresistible facultad hace de ellos seres amorosos, afectuosos, sonrientes o simpáticos, en ocasiones, todo a la vez.

La gran noticia es que todos podemos comportarnos así. El mundo sería un lugar muy diferente si consiguiéramos darnos cuenta.

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