No podía saber si aquello era fruto de la ignominia o de algo irritante a lo que se negaba a dar un nombre que le hiciera pensar en ello. ¡Cómo si no tuviera mejor forma de pasar el tiempo que dedicarlo a darle sentido a aquella extrañeza que era fruto de esto o de aquello!
No le gustaba cavilar y no solía hacerlo, pero en aquella ocasión le habían agarrado el pensamiento, que solía albergar la vacuidad más absoluta, desprevenido. Esto, que le disgustó profundamente, tuvo como consecuencia que se le llenara la cabeza de las palabras más inadecuadas.

Tuvo una especie de paroxismo por las errantes imágenes que conformaban las frases que iba tejiendo en su mente sin ton ni son, pero con una música atonal que no carecía de la belleza singular de lo novedoso.

Escuchó el ruido de la puerta, pero no se asomó a ver quién era. No podía ser otra que la persona con la que compartía su vida desde hacía muchos años. Se tranquilizó un poco y puso algunas de las frases que había pensado en la libreta.

Al releerlas se dio cuenta, aunque en el fondo ya lo sabía, de la falta de sentido que tenían. Eso le fue indiferente, por lo que cuando arrugó las hojas y las tiró al cesto de los papeles no sintió disgusto alguno.

La voz de ella surgió lejana. Lo que decía en aquellos momentos no era mucho mejor que lo que acababa de arrojar al cesto, aunque dichas por ella alcanzaban una semántica especial que las hacía eternamente bellas.

Hablaba de algunos objetos que había comprado, aunque él solo escuchaba un ligero murmullo silbante que llegaba a sus oídos como el eco de un susurro atravesado por el ulular de un viento caliente del desierto.

Sabía que aparecería de pronto y que su voz adquiría la claridad de su propio nombre. Así fue. Ella se introdujo por la puerta abierta y preguntó sobre lo que estaba escribiendo. Era su forma de interesarse por él
No supo muy bien qué contestar y su respuesta fue tan vaga y desarticulada que su mujer miró a la papelera. De un simple vistazo entendió que la mañana había dado para las habituales herrumbres huecas de lo pretencioso inarticulado.

Quiso animarlo con algunas palabras, pero estas estaban ya tan desgastadas por el tiempo que carecían ya de su vieja valía. No ayudaban en nada al escritor que, cubierto por el polvo de un mármol blanco, se ensombrecía en los rayones negros de su escritura.

Ella lo miró de nuevo. En esta ocasión solo vio a un viejo que intentaba, sin lograrlo, volver a ser el hacedor de historias que un día fue. Sintió lástima por él. Antes que él notara en sus ojos ese sentimiento se fue pasillo adelante canturreando.

La canción le trajo al hombre recuerdos tristes. Quizá de ellos pudiera extraer la inspiración que le hacía falta para escribir una nueva historia. Era una posibilidad que no debía descartar, sobre todo porque su sequía creativa duraba ya demasiado tiempo.

Se puso manos a la obra, es decir que pulsó las teclas de su máquina de escribir con singular alegría y rapidez, sin parar siquiera para respirar. Escribió de un tirón una historia que empezaba de la siguiente manera:
“En un anochecer sin Luna, Eleonora canturreaba una vieja canción que amaba. Solo los lobos escuchaban el canto de la voz que salía de la cabaña solitaria. La acompañaban con aullidos que taladraban el cielo negro”.

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