Marco González

Más que algo visible, como la imagen de una persona, o palpable, como es la solidez del cuerpo o su flacidez, el estado de nutrición de un individuo representa un resultado de una de las principales funciones del ser humano: la obtención y el uso de la energía y los nutrientes: de eso se construye una persona en la etapa de crecimiento natural. Más allá de la edad de crecimiento, a partir de nutrimentos y energía el cuerpo humano se modifica de manera permanente, en tamaño y en los componentes que lo integran.

Las funciones del organismo humano tienen como mejor escenario un cuerpo sano, con una adecuada proporción de grasa corporal y con concentraciones adecuadas de azúcar y grasas en sangre. De no cumplirse esos supuestos de salud, las actividades bioquímicas involucradas en el cuerpo son irregulares y pueden surgir una diversidad de alteraciones metabólicas. Esas alteraciones finalmente serán las causantes de las principales enfermedades, las cuales, a partir de la edad adulta se han convertido en una causa importante de muertes en nuestro país. Es importante entender que la presencia de esas enfermedades, entre ellas la diabetes y las enfermedades cardiovasculares, tienen un impacto en la calidad de vida de las personas; las complicaciones a partir de esas enfermedades son devastadoras para el individuo y para su grupo cercano de personas. Más allá de la trascendencia de la alimentación y el estado de nutrición en los individuos, es preocupante el costo que tienen, a través del tratamiento y la rehabilitación, una conducta alimentaria a largo plazo: en nuestro país los costos son del orden de miles de millones de dólares anuales.

Si bien es cierto que el estado de nutrición se debe a la relación entre la ingestión de energía y su gasto, como un acontecimiento biológico, el estado de nutrición, al igual que el estado de salud, son un producto social, son el resultado de la acción conjunta de una gran diversidad de variables, como las ambientales. Tal vez el punto central es la calidad de la dieta de las personas: los alimentos que la integran y la cantidad de los mismos. Así, el precedente inmediato al consumo de una dieta adecuada o inadecuada, es la elección que hace la persona, elección que puede concretarse con la disponibilidad de recursos para obtenerla y con la disponibilidad en su ambiente. Pero entonces, hay que entender a la elección como un factor trascendente. Ese factor, que al parecer es totalmente individual e independiente, es resultado de otro conjunto de variables, que van desde la percepción gustativa, como algo biológico individual, hasta el efecto que tienen las campañas de publicidad de los alimentos y productos, como algo ambiental.

El conocimiento actual nos dice que, de inicio, el futuro nutricional de un individuo se empieza a formar con la alimentación de la madre durante la gestación. Asimismo, se ha comprobado que la lactancia materna exclusiva, por al menos seis meses, da oportunidad al niño a tener un crecimiento y una composición corporal adecuada. A partir de eso, sin duda, la formación de hábitos adecuados de alimentación durante la infancia ha de ser la defensa con qué se cuenta para evitar los múltiples peligros para la salud nutricional que se encuentran en el ambiente.

El riesgo de sobrepeso y de obesidad se encuentra en el ambiente, el cual ya se ha definido como tóxico, con base en una enorme cantidad de alimentos peligrosos por su composición, entre los que desatacan, y que se encuentran presentes en todo lugar: los alimentos procesados, bebidas edulcoradas y alimentos de consumo rápido. En ese sentido, los elementos importantes se encuentran en un nivel superior de la organización social: las políticas económicas, de salud y educativas. Una actitud de consumo de alimentación y de actividad física responsable es suficiente para mantener un buen estado de salud nutricional. En teoría, el estado es responsable, de acuerdo al mandato constitucional, de asegurar la salud de la población. La Secretaría de Salud, como brazo ejecutor del Ejecutivo en materia de salud, debe vigilar la calidad de los productos a los que tiene acceso la población, debe mantener un ambiente alimentario exento de riesgos: no lo hace. México produce alimentos procesados con alto riesgo para la salud, además de importar otra gran cantidad de ellos. La prevención, otra función del sistema de salud, es deficiente: las campañas de prevención de sobrepeso y de obesidad en los últimos 40 años han acompañado a un persistente crecimiento de la prevalencia de esas alteraciones corporales.

Tradicionalmente, las instituciones de salud en México han tratado de influir en el estado de salud de la población a través de mercadotecnia, del uso de los medios masivos de comunicación, con un costo increíblemente alto, para hacer recomendaciones a la población sobre hábitos de alimentación y de actividad física. Sin embargo, la población no atiende esas propuestas, las cuales representan una solución muy pobre para la magnitud del problema.

En la organización política de nuestro país hay intereses económicos más fuertes que los intereses por proveer de buena salud a la población. Las leyes se realizan, en general, para favorecer un comercio generador de obesidad; las pocas leyes que protegen a la población en ese sentido, no se cumplen ni se sanciona a los infractores.

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