Hacerse feminista es un viaje que les deseo con miedo y con pasión, es un camino de dolor, de cuestionamiento y de duda; exige el autoanálisis y reaprender la forma en la que nos relacionamos unas con otras y con el resto del mundo. La conciencia feminista exige cuestionarnos nuestras opresiones y organizarnos para acabar con ellas. Dichas opresiones no solo son de género, sino también de clase y de etnia, por ejemplo. En este sentido, las mujeres feministas no buscan volverse voceras o representantes del feminismo, porque se ha entendido que no hay forma que solo una nos represente a todas, si bien es cierto que existen figuras sobresalientes en las diversas corrientes feministas, ninguna de ellas podría darnos voz a todas. Sería imperdonable pensar que una sola de nosotras entiende las experiencias del mundo de todas sus compañeras; más bien, se tiene la obligación de escucharnos con atención, para crear una realidad que explote en diversidades.

Por desgracia, el patriarcado y el capitalismo siempre encuentran la forma de infectar con sus sucias garras todas las posibles resistencias políticas de las personas que se cuestionan la violencia y su lugar en el mundo, sobre todo, de las mujeres. Una de las prácticas que, por desgracia, se ha popularizado es el uso de los símbolos feministas o hashtags como #NiUnaMenos en propagandas para vender productos o servicios, como supuestos viajes seguros en taxis, y hay otra, casi tan perversa que es la de la insistencia de personas y organizaciones de promocionarse a través de la publicidad de eventos de corte supuestamente feminista.

En las últimas semanas, las diversas marchas y concentraciones han permitido que distintos grupos se mujeres se acerquen y se organicen para la acción, acciones sin precedente en un estado que se evidencia como cada vez más violento contra las mujeres, sin embargo, también ha sido común la publicación de carteles tapizados con logos, con la supuesta intención de recordar a las compañeras desaparecidas o proponer una agenda feminista.

Entiendo que en Pachuca se encuentran diversos colectivos y organizaciones que se asumen feministas y que buscan el acercamiento a la población en general, lo cual es tanto admirable como necesario. En este sentido, estas mismas organizaciones deben entender que dicha responsabilidad no solo versa en el alcance que tienen en redes sociales, sino también de su congruencia. Nombrarnos en los espacios públicos permite la visibilización del arduo trabajo y de los avances, pero nunca debe de perderse de vista que no somos protagonistas de la lucha, ni medir nuestro trabajo con el de otras compañeras que comparten nuestra visión. Permitirnos colaborar y recibir ayuda de las otras es esencial para nuestro ejercicio político. De la misma forma podemos elegir con quién colaborar y quien no, pero nunca porque no deseamos compartir el escenario.

Compañeras, somos mujeres que establecen redes a pesar de nuestras diferencias personales, somos mujeres que están intentando derrocar un sistema de opresión heteropatriarcal que nos asesina, que nos viola, que merma nuestra calidad de vida y que nos lastima de a poco con sus pequeñas espinas. Cada vez que competimos por los likes, por los premios, por la difusión o porque nuestro logo o nombre sea el protagonista le hacemos daño a nuestras políticas, no que debamos dejar de utilizar las redes sociales u otras plataformas, pero que lo hagamos con la intención de hermanarnos y no de sobresalir.

El feministómetro es una herramienta que violenta la libertad del proceso feminista de las mujeres, los likes no legitiman nuestro movimiento ni nuestro feminismo, esos son para los políticos que suponen que no hemos aprendido de sus tácticas milenarias.

Pachuca, la vieja ciudad que dormía por encima de los ruidos del tráfico y los martillazos en la casa del vecino, está comenzando su despertar feminista. Es ahora el momento de despegarse las sábanas, nuestros pañuelos verdes no se van a detener.

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