El 15 de julio, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) publicó el módulo de condiciones socioeconómicas (MCS-2015), en el que se reporta la variación en el ingreso de los hogares usado para medir la pobreza. Sin previa advertencia y sin el mínimo consenso con las demás instituciones involucradas, lo hizo empleando una “novísima” metodología que modificó las variables de medición y que, para sorpresa de todo mundo, dio como resultado el ¡milagro! de que el ingreso corriente de 10 por ciento de los hogares más pobres del país aumentara ¡33.6 por ciento! y que ¡ya no haya 53 millones en pobreza, sino solo 48 millones!
De inmediato, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), usuario de esos datos, que desde 2008 se ha encargado de medir la pobreza, se deslindó. Todo se agrava porque el cambio metodológico hace imposible la necesaria comparabilidad de resultados con las series anteriores; el propio Inegi advirtió que por ello

el módulo de este año no sea comparable con los ejercicios estadísticos previos

. En una palabra, ya no se sabe oficialmente cuántos pobres hay. Por su parte, el Inegi pretendió justificarse aduciendo que los entrevistados usualmente hacen trampa al declarar menos ingresos… y hubo que incrementárselos en el papel.
Además de los nuevos criterios, la metodología seguida en el levantamiento de las encuestas que se aplican para el efecto, en 65 mil hogares y de puerta en puerta, adolece de graves deficiencias. Por ejemplo, Julio Boltvinik, especialista en el tema de pobreza, dice que en varias entidades los operadores de programas asistenciales aleccionan a los beneficiarios para que declaren ingresos más altos, so pena de verse privados del apoyo; el protocolo de levantamiento también contempla que ante respuestas “sospechosamente bajas” hay que regresar a aplicar la encuesta; o sea, insistir hasta lograr que el encuestado declare más ingresos; ¡así se saca a mucha gente de la pobreza, y fácil!
Además, los cálculos del Inegi desechan a las familias más pobres, distorsionando los resultados al hacer subir falsamente el ingreso promedio; según Boltvinik, mediante tal subterfugio se excluyó a 5 por ciento de los hogares más pobres. Además indica otra debilidad evidente de las encuestas: el uno por ciento más rico jamás se deja entrevistar; son los multimillonarios a quienes el humilde encuestador que va casa por casa tocando puertas jamás encontrará, por lo que los ingresos de ese sector no aparecen; por ello propone que en lugar de medir con encuestas se haga mediante declaraciones fiscales. Pero tampoco eso funciona, porque los señores saben ocultar sus utilidades, declarar menos, y pagar aún menos.
La tendenciosa “innovación” del Inegi desató un escándalo entre las instituciones especializadas. En un comunicado de prensa del 15 de julio, el Coneval indicó:

La modificación que hizo el Inegi al ingreso de los hogares se puede apreciar con los siguientes ejemplos: incremento real de 11.9 por ciento en el ingreso corriente de los hogares a nivel nacional y más de 30 por ciento en algunas entidades federativas entre 2014 y 2015. También se presenta un incremento real de 33.6 por ciento del ingreso en los hogares más pobres en un solo año, lo que no es congruente con la tendencia que se ha venido manifestando en otros instrumentos del Inegi y con otras variables económicas. Los cambios en la captación del ingreso realizados por el instituto fueron una decisión exclusiva del Inegi

.
Otras instituciones también cuestionaron. El 20 de julio, el director de Oxfam México declaró que el informe era “una reducción ficticia de la desigualdad”, un cambio brusco y sospechoso de la metodología, unilateral, sin consenso con instituciones especializadas en el tema, un “borrón y cuenta nueva” en el seguimiento de los datos. El 17 de julio, Boltvinik calificó de “inverosímiles” los datos y señaló que el supuesto incrementó en el ingreso de los más pobres choca con las tendencias estructurales conocidas. En realidad choca con todo lo oficialmente conocido hasta hoy, por cierto muy rasurado ya, pues Boltvinik mismo estima en más de 100 millones el número de pobres.
Más todavía. En las propias encuestas del Inegi en 2015, como la de Ocupación y Empleo (ENOE), no hay atisbos de mejoría que pudieran explicar la reducción de pobreza hoy “descubierta”. El resultado choca también con el de la última Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH). El propio Coneval informó (24 de julio de 2015) que entre 2012 y 2014 se sumaron 2 millones más a la pobreza.
Intentan ocultar la pobreza pero ésta sigue ahí, cada vez más terrible, dolorosa y amenazante. México figura oficialmente entre los 25 países más desiguales, con 54.4 por ciento de la población en pobreza. A la par, los cuatro hombres más ricos poseen 9 por ciento del producto interno bruto (PIB) y el uno por ciento de los adinerados controla 39 por ciento de la riqueza (Oxfam, 2015). Además, 11 millones de mexicanos están en la categoría de quienes viven con un dólar diario, cerca de 20 pesos, para cubrir todas sus necesidades. Los indicadores económicos fundamentales también desdicen al Inegi. El desempleo es muy alto: 58 por ciento de la población sobrevive en el sector informal; prácticamente no hay crecimiento económico, pues el PIB creció 1.3 por ciento en 2013, 2.1 en 2014 y 2.5 en 2015. Entonces, ¿cómo fue posible el milagro del Inegi? Además, los salarios son los más bajos entre los países de la OCDE y la violencia, aunque sea indicador indirecto, va en franco ascenso: en mayo se registró el más alto número de homicidios en los últimos cuatro años. En fin, la propia población percibe que su pobreza es creciente y que lo poco que gana no le alcanza para vivir.
Pero la pifia del Inegi no es casual ni ocurrencia de algún estadístico loco y despistado que mal aconsejó y sorprendió al director: es una consecuencia lógica necesaria, producto de una concepción de gobierno empecinada en negar e ignorar la pobreza; una actitud autista, cuya implicación práctica es difamar y perseguir a quienes insistentemente vienen advirtiendo sobre el crecimiento de la pobreza y los riesgos políticos y sociales que conlleva; una política de Estado que tozudamente niega atención a la pobreza, acusando a quienes la denuncian de exagerar, inventar, “chantajear” y desestabilizar por puro gusto o por inconfesables y aviesos propósitos a gobiernos “respetuosos, sensibles y pacíficos”. Ya no hallan a dónde meter a los pobres y ahora han llegado al extremo grotesco de usar la goma de borrar para eliminarlos del papel, después de que cotidianamente los ocultan y los sacan de los centros históricos de las capitales. Ante nuestros ojos el capital se ahoga en la pobreza.
Pero el verdadero reto no es escamotear cifras, sino eliminar o reducir esa calamidad, como hizo Lula en Brasil y destacadamente lo hacen China, los países nórdicos o Canadá, sin romper con la economía de mercado. Si no se hace lo mismo, pero ya, mediante la aplicación de los mecanismos institucionales legalmente disponibles, el problema se desbordará y rebasará a líderes e instituciones. Bien harían los gobernantes en entender que negar la realidad no la cambia: la agrava. Finalmente, vale decir que muchos analistas que hoy se rompen las vestiduras criticando el ridículo del Inegi deberían, con igual celo, exigir medidas que reduzcan la pobreza o, al menos, guardar respeto y alguna consideración hacia quienes sincera y abnegadamente luchan día con día para combatirla, en lugar de sumarse a su linchamiento mediático, como suelen hacer.

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