En este modesto espacio hemos insistido en que la violencia de la que ha sido objeto la sociedad y de la que no nos escapamos nosotros mismos, nuestros familiares, amigos y conocidos, se trataba de una violencia de carácter social. Es decir, que para imponer un modelo de economía conocida como neoliberal fue necesario un tipo de violencia que aterrorizara a la sociedad, la desarticulara en sus puntos (plexos) de resistencia con el fin de que facilitara el acoplamiento violento de este modelo inhumano de economía.

Cuando decimos inhumano y violento, compartimos la opinión de quienes ven en el modelo neoliberal de economía no solamente un modelo depredador de los recursos naturales, sino también económico y sin comparación en épocas recientes. Equiparable a la época conocida como de acumulación originaria de capital, donde las fuerzas policiales llevaban a cabo redadas que trasladaban a las fábricas a quienes deambulaban por las calles de las ciudades inglesas en proceso de industrialización, como lo exponen Marx y Foucault, entre otros.

El redireccionamiento de la violencia llamada criminal contra la sociedad, que se expresa en secuestros y cobros de derecho de piso y “Estafas maestras”, fue alentada no solamente por los gobiernos locales de corte neoliberal en el momento en que el modelo se tambaleaba, como pudo apreciarse en los procesos electorales que van de 1988 hasta el más reciente, en el que perdieron la presidencia.

Este modelo tuvo su matriz en Estados Unidos e Inglaterra. EU ha facilitado la dotación de armamento de los grupos criminales: recordemos el rápido y furioso.

Como cualquier persona en su sano juicio se puede dar cuenta, la diferencia entre el crimen organizado y el ciudadano de a pie está determinada por el que posee los mejores instrumentos de violencia para ganar en ese hipotético desencuentro. La enorme producción de armas de países como EU, Rusia e Israel, entre otros, fomentan la violencia en el mundo con el fin de dar salida a la industria de la muerte. Las masacres que hemos visto recientemente en EU se trasladaron a México con otro ropaje.

Por cierto, Estados Unidos, el principal lavador de dinero, distribuidor y consumidor de drogas, nunca habla de los grupos criminales que viven en su interior ni los combate. Está más al pendiente de lo que ocurre en su frontera sur. Allá, la violencia ha sido utilizada para mantener a las minorías en constante zozobra de peligro de muerte y que de esa manera dejen de oponer resistencia ante las políticas supremacistas de los blancos. En México, la violencia se dirigió a debilitar la resistencia social ante las políticas neoliberales que terminaron con casi todas las instituciones y los derechos que antiguamente la población, a través de Revolución mexicana, obtuvo.

Aparentemente, haciéndose eco de la inseguridad que poco a poco dio un salto y se convirtió en violencia contra la sociedad, el gobierno de Vicente Fox intentó legitimar que las familias pudieran poseer armas para su defensa. En aquel momento, me pareció que era la misma respuesta de favorecer a la industria de la muerte (los productores y vendedores de armas) ubicados en la frontera norteamericana con México. A un reportero de la revista Proceso los vendedores de armas de la frontera con México le dijeron algo así: “Que la población de México nos compre armas para que se defienda”.

Lo anterior, como si las familias (sobre todo las clasificadas como pobres), tuvieran suficientes recursos como para todavía comprar armas ante grupos delincuenciales que son dotados de este tipo de instrumentos por las fábricas norteamericanas. Nada más para tener una idea, según algunos cálculos ingresan al año una cifra poco superior a las 200 mil armas. En la época en que México vivió una etapa de guerrillas que cuestionaban la legitimidad del régimen del PRI, Estados Unidos cuidó evitar el paso de armas; ahora, lo ha fomentado como ya se ha expuesto.

La palabra masacre es definida como “la matanza de muchas personas, generalmente indefensas” (https://www.google.com/search?q=significado+de+la+palabra+masacre&rlz=1C1NHXL_esMX813MX813&oq=significado+de+la+palabra+masacre&aqs=chrome..69i57j0l5.

5579j0j8&sourceid=chrome&ie=UTF-8). De tal manera que el término puede aplicarse a la ejecución de un grupo de personas que es la más afín a esa definición, pero también puede hacerse extensiva a la violencia que se aplica a través y sobre todo de los gobiernos neoliberales y de la que participa el crimen organizado, y que va dirigida a la población civil que, amedrentada, se resiste a perder sus derechos.

Poner fin a la “masacre” tiene que ver con evitar que la población indefensa siga siendo objeto de la violencia de los grupos criminales, pero también de los grupos de poder. Para ello, como también lo hemos expuesto en este mismo espacio, es imposible resolverlo incrementando la espiral de violencia, es decir, colocando al Ejército del otro lado con el fin de que enfrente a los grupos criminales ante la ausencia de una Policía preparada para esos fines. Esto último puede ser una medida disuasiva. Sin embargo, el origen de la violencia no es que las personas sean violentas (socialmente hablando) por sí mismas.

La violencia tiene su matriz en la caída del nivel de vida de la población en México, en la que jugó un papel relevante el modelo de economía liberal. Un sector de la población inclina por colaborar con los grupos criminales para poder sobrevivir, sin que esto sea justificado por supuesto; por otro lado, también tiene sus raíces en el interés político, de desarticular la resistencia de la población a las políticas de corte neoliberal; igualmente, el interés económico de las empresas multinacionales que son respaldadas (sin que se diga), por la industria de los armamentos de EU, principal instigador de la violencia en el mundo.

La intervención del Ejército mexicano en la espiral de violencia social tuvo su momento estelar, justo cuando Felipe Calderón requería de una estrategia que legitimara su dudoso triunfo electoral. No tuvo empacho en declarar una guerra que tuvo fines políticos y no militares. Ni ganó popularidad porque le entregó el Ejecutivo a Peña Nieto ni pudo acabar con la violencia, porque tampoco era su propósito, sino que la violencia se elevó ahora de la mano de la intervención militar en un ámbito que no le correspondía.

A las masacres que llenaron de sangre al país con el fin de amedrentar a la población, parece que se le ha puesto punto final. Esperemos que eso alcance a detener aquella que ocurre contra la población que resiste en el plano económico y social

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