Lo prometido es deuda, y tal como lo prometió en su primera campaña presidencial en 2006, Andrés Manuel López Obrador se mudará a vivir al Palacio Nacional junto a su familia. Así lo revelaron reportes de la prensa mexicana. El actual presidente de México rompió con la tradición de vivir en la residencia oficial de Los Pinos y la convirtió en un centro cultural. Durante los primeros meses de su administración ha permanecido en su residencia al sur de la Ciudad de México, pero una vez que su hijo menor concluya el año escolar, ocupará el antiguo edificio en el Zócalo.

El último virrey, nombrado por Fernando VII, fue José de Iturrigaray, un personaje oscuro y conspirador. Hoy moriría de un “soponcio” viendo bajar en el viejo ascensor del Palacio Nacional al presidente de México Andrés Manuel López Obrador, quien se dirigiría al salón de la tesorería, donde cada mañana a eso de las siete le habla a la nación, es una alocución tempranera que está por convertirse en un remake del programa “Aló presidente” de su homólogo venezolano, ahora fallecido, Hugo Chávez.

Instalado en el discurso de la austeridad renunció con alardes a vivir en Los Pinos, al avión presidencial, a la escolta del Estado Mayor Presidencial y al coche oficial blindado. Pero ahora, ungido por el poder, reside entre rancios oropeles de un palacio virreinal. Cada mañana, a eso de las seis, ocupa un trono dorado digno de Iturrigaray o del emperador Maximiliano, o incluso de alguno que otro revolucionario convertido, por conveniencias de la historia, en héroe de los que dieron patria a México.

El despacho del presidente en el Palacio Nacional es propio de cualquiera de ellos, porque es más espacioso y lujosamente decorado que el de su antecesor en el cargo, Enrique Peña Nieto, en Los Pinos. Cabría en él una comunidad, pero eso hoy poco importa a quienes han depositado en él todas las esperanzas. Si los visitantes pudieran acceder a las dependencias del presidente en Palacio, comprobarían el brillo que rodeará su vida, y quedarían maravillados. No hay comparación posible. Un palacio imperial para un hombre que se define sencillo, que no precisa de lujos burgueses y que hasta ahora ha vivido en una casa modesta del barrio obrero en Tlalpan. ¿Qué sensaciones percibirá dirigiendo la nación desde Palacio Nacional? Seguro que un lugar con tanta historia de motines, conspiraciones y asesinatos, terminará imprimiendo carácter. Es inevitable. En el despacho presidencial, a la izquierda del escritorio de estilo imperial hay dos teléfonos, uno de ellos rojo, que es de imaginar que continuará siendo el de las emergencias. Ese en el que se reciben las malas noticias. Frente a los teléfonos, hay un mando del aire acondicionado, un timbre para llamar al asistente y un bote en donde solo descansa un triste lapicero. Y todo milimétricamente ordenado, impecable. En el estante inferior de la mesita se alcanza a ver una taza de porcelana blanca con dos asas y un bote de edulcorante para el café. El espacio que ocupa el despacho y los salones de brillantes lámparas de araña, en donde bailó a sus anchas la burguesía mexicana hasta hace cuatro días, tienen ese color amarillento que desprende lo viejo. Es un templo inmaculado para nostálgicos en donde Andrés Manuel López Obrador, seguramente, navegará feliz porque la historia es la pasión que comparte con su esposa Beatriz Müller.

Es de imaginar que, después de dos semanas como inquilino de ese palacio, habrá encontrado el espacio que dijo necesitar, “uno pequeño en un rincón” para colgar la hamaca. Dicen que el lugar está lleno de fantasmas, y no sorprendería que fuera verdad. El palacio se construyó sobre lo que fueron las casas del Tlatoani Moctezuma, lo fueron después de Hernán Cortés, y más tarde, hogar de virreyes españoles hasta la Independencia de México. Es probable que un lugar con tanta energía propicie la llegada de aparecidos.

Dicen que el espíritu de Benito Juárez, el gran inspirador de las políticas de López Obrador, recorre aún las galerías de la primera planta acompañado del emperador Maximiliano, a quien el zapoteca mandó fusilar sin contemplaciones. Cosas del más allá que no logra el “más acá”.

Otros cuentan que en las tardes ven a Emiliano Zapata y a Pancho Villa criticando acaloradamente los murales del pintor Diego Rivera que se encuentran en la escalera central; esos que inmortalizan la grandeza del desaparecido Tenochtitlán, la clase trabajadora y la lucha de México por una identidad que ahora, definitivamente, han difuminado la migración y el mestizaje. En esas está el nuevo presidente, en recuperar identidades y nacionalismos, aunque en ello se le vaya la vida, la economía de la quinceava potencia económica mundial, y la definitiva y peligrosa polarización de la sociedad mexicana. A Benito Juárez y a López Obrador les une el pueblo indígena, los ideales políticos, el afán egocentrista por trascender en la historia y un infarto agudo de miocardio al que López Obrador sobrevivió en 2009, pero también les acompaña un carácter inflexible contra aquellos que se oponen a las reformas que proponen. Sin duda, el cambio de residencia determinará aún más el rumbo que el gobierno de López Obrador tomará, y como bien se ha escrito antes en este espacio, para saber, conocer y poder descifrar los movimientos del gobierno de la 4T es necesario escudriñar el guion de la historia nacional. ¿Tú lo crees?… Yo también.

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