Todos los dictadores, en algún momento, quieren medirse con los faraones y construirse tumbas a la altura de sus delirios de grandeza. Cuando cae un régimen, sus lugares de entierro se convierten en un incómodo recordatorio de la huella de terror que dejaron en su país. Se trata de lápidas en las que en ocasiones aparecen flores y velas, pero que en otros casos son consumidas por la hiedra del olvido. En cambio, cuando una dictadura quiere perpetuarse y legitimarse en el presente, se construyen panteones que, a veces, llegan a dominar la vida pública de un país.

Franco construyó el Valle de los Caídos con la intención de perpetuarse. La salida de sus restos de ese mausoleo colosal le coloca en un lugar al que la historia le envió hace mucho tiempo. Al igual que el chileno Augusto Pinochet, que reposa en una capilla familiar en Valparaíso, el dictador español ha pasado a la esfera de lo privado y abandonado del espacio público. A diferencia del argentino Jorge Videla, que después de morir en la cárcel por crímenes contra la humanidad fue enterrado en una tumba con un nombre falso ante el rechazo de sus vecinos. Franco, por su parte, será nuevamente sepultado en un lugar identificado, junto a su mujer Carmen Polo.

Aunque imposible de ignorar que el Valle de los Caídos mantendrá, sin menoscabo, siempre la memoria de una dictadura sin cuartel en la que reposó durante varios años el llamado Generalísimo Francisco Franco. Es cierto, algunos mausoleos son verdaderas odas no solo a la ingeniería, sino a la megalomanía como el caso del Palacio del Sol de Kumsusan, en Pyongyang, mausoleo que alberga los restos del fundador de la República Popular Norcoreana, Kim Il-sung, donde también se encuentra el cadáver de su hijo, Kim Jong-il, padre del actual gobernante y presidente eterno de Corea del Norte. La siniestra sombra de la cruz del Valle de los Caídos tampoco ocupó nunca un lugar insoslayable en el paisaje urbano, como ocurre con el mausoleo que alberga el cuerpo momificado de Lenin, en la plaza Roja de Moscú. Allí estuvo enterrado Stalin hasta 1961, cuando durante el 22 congreso del partido se decidió el traslado de sus restos. Aunque no se fueron muy lejos: se enterraron junto a la muralla del Kremlin.

En cambio, cuando se produce una ruptura radical con el pasado es inevitable que el cuerpo del sátrapa se convierta en un problema. Como explicó la profesora Sévane Garibian, coautora junto a Rosana Alija del esclarecedor ensayo “La muerte del verdugo: reflexiones interdisciplinarias sobre el cadáver de los criminales de masa” (Miño y Dávila, 2016): “La vida post mortem de dictadores y criminales de masas es una realidad en todo el mundo y en todos los tiempos. La pregunta de qué hacer con estos embarazosos cadáveres y cómo enfrentarnos a su legado plantea grandes desafíos por sus efectos sobre la sociedad civil, incluso mucho después de su muerte”.

Por citar un ejemplo, la tumba de Benito Mussolini en Predappio se ha convertido en un engorro creciente para el Estado italiano, porque recibe la visita frecuente de nostálgicos del fascismo. Ejecutado junto a su amante Clara Petacci por partisanos y colgado de los pies en Milán, sus restos estuvieron en un lugar secreto hasta que su cadáver fue robado por sus partidarios y finalmente entregado a la familia. Las tumbas del rumano Nicolae Ceausescu o del yugoslavo Tito, en la llamada Casa de las Flores de Belgrado, reciben frecuentes visitas, al igual que la del croata Ante Pavelic en Madrid, mientras que la sepultura de Slobodan Milosevic en Pozarevac se encuentra medio olvidada, pese a que el premio Nobel Peter Handke asistió a su entierro. El lugar donde fue sepultado el iraquí Sadam Husein, ejecutado por crímenes contra la humanidad, de acuerdo con la versión de Estados Unidos (EU), fue destruido totalmente y circulan todo tipo de rumores sobre el destino final de su cadáver.

Adolf Hitler no quiso construirse un mausoleo, sino toda una urbe: Welthauptstadt (capital mundial) de la futura nación de Germania. Sin embargo, se suicidó derrotado en su búnker de Berlín el 30 de abril de 1945, cuando la ciudad estaba a punto de caer en manos de los soviéticos. Su cadáver fue quemado en la puerta de su bunker junto al de Eva Braun, con la que acababa de casarse. El destino de sus restos fue durante décadas un misterio. Con la perestroika se supo que los soviéticos se habían llevado una parte de la mandíbula en una caja de puros, que se destruyó en la década de 1970 por orden de Breznev. El lugar donde fueron quemados Hitler y Braun es hoy un parque cerca del antiguo muro. Solo un cartel recuerda que allí fue incinerado el führer Adolf Hitler. Las lecciones del pasado nos recuerdan que debemos ser cautos ante los sarcasmos de la historia, ya que la condición humana orilla al hombre que ostenta un omnímodo poder a volverse dictador sin escrúpulos y que solo importa su verdad y su forma de hacer política. Estemos alerta para que no se repita en nuestro país una dictadura como fue el caso del porfiriato en el siglo pasado. Estamos en el umbral de una democracia, de una 4T en la que, en teoría, no caben estos signos de megalomanía y sí un control absoluto del pueblo que “quita y pone a los gobernantes”, sin embargo, alertas, estemos alertas. ¿Tú lo crees?… Yo también.

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