El gordo Matías lo miraba aviesamente desde el otro lado de la barra. Le sonreía siniestramente mientras su mano derecha acariciaba las cachas plateadas del revólver que llevaba en la cartuchera atada a la cintura.

La cicatriz que le cruzaba el rostro en diagonal le daba un aspecto feroz. Era el recuerdo del hachazo de un apache que había tenido infinitamente peor suerte que la de él, pues no había sobrevivido a aquel encuentro a vida o muerte.

El forastero era alto, alrededor de seis pies; enjuto y extremadamente pálido. Su mirada era tan franca y noble que irritaba profundamente al bandido, quien además se sentía insultado por aquellos ojos azul claro, que transmitían una seguridad inquietante. Aquel pelo intensamente rubio y cortado con minuciosidad, y aquella cara tan perfectamente rasurada que parecía la de un bebé.

Se rio con fuerza y le lanzó algunas palabras gruesas que no parecieron hacer mella en el extraño, quien siguió bebiendo su whisky como si la cosa no fuera con él. Eso terminó por enfurecer al gordo, quien era extremadamente susceptible a que lo ignoraran.

Se decidió a provocarlo directamente, al fin y al cabo no tenía nada que perder. Era el pistolero más rápido y seguro del Estado, al menos eso creía él, pues nunca había perdido un duelo. La prueba era que seguía allí mientras que los que se le habían enfrentado yacían dos metros bajo tierra.

Jactancioso, fanfarrón, hablador y pendenciero por naturaleza, Matías se aprovechaba de su habilidad con el revólver para hacer su voluntad allí donde se encontrara, sin ningún temor con respecto a hallar un rival lo suficientemente bueno para hacerle frente.

Muchos cowboys del norte habían terminado sus días por aquella destreza de Matías, quien se ufanaba de esos logros sin ningún reparo ni escrúpulo. Aquellos hombres estaban enterrados en el cementerio del pueblo. Una cruz desvencijada con la palabra “desconocido”, pintada apresuradamente por el enterrador, era lo único que quedaba de ellos.

Esta vez no tenía por qué ser diferente, más de un tipo como aquel, igual de finito, no había salido bien parado de haberse cruzado en su camino. “¡Eh, tú! ¡Mira para acá, te estoy hablando!” Mientras así gritaba, las caricias a la empuñadura de su revólver Colt Dragoon se intensificaban perceptiblemente. El forastero no se volteó, siguió bebiendo tranquilamente. Sus ojos eran soñadores.

El gordo se puso furioso. A esas alturas ya odiaba al extranjero y estaba dispuesto a matarlo. Poco antes había visto su espléndido caballo amarrado afuera del saloon y lo quiso para él, sabiendo que tendría que asesinar a su propietario para obtenerlo. Esa era la ley por aquellos rumbos. Pero fue la actitud del extraño la que acabó por irritarlo y acelerar sus propósitos.

Normalmente se daba su tiempo para hacer todo un espectáculo de bravuconerías y matonerías delante de un público que sabía cómo acabaría aquello: con una risa estruendosa de loco delante del hombre que había dejado de serlo instantes antes. Pero en aquella ocasión todo se precipitó: un mal augurio que no supo ver.

El forastero se giró lentamente y miró al que le hablaba con desgana. Sus revólveres Colt Army, con empuñadura de nácar, brillaron por un instante en la luz polvorienta que se reflejaba en el gran espejo situado a la espalda del cantinero.

“¿Qué se le ofrece amigo?”, preguntó con indiferencia y acento gringo. Su voz era armónica, bien modulada y hermosa, aunque su pronunciación era algo defectuosa, dejando bien a las claras de que no era de por allí.

Ya no hubo más palabras. En un segundo el gordo Matías yacía boca abajo y con los ojos llenos de sorpresa. Había encontrado un rival mejor que él que le había dado lo que se merecía hacía mucho tiempo.

Todos los parroquianos se sorprendieron al ver cómo el forastero se acercaba al hombre que acababa de matar y se arrodillaba junto él. Rezaba a su lado con un crucifijo de plata entre las manos. Al final se santiguó y dijo algunas palabras por el eterno descanso del alma del hombre que acababa de morir.

No se acabó el whisky. Dejó una moneda en la barra y, ante la sorpresa de los presentes, salió del saloon, montó en su caballo y se alejó del pueblo lentamente, como si el tiempo no transcurriera por él.

El Sol se iba poniendo despacio detrás de la colina sagrada de los apache. El cielo era rojizo, pequeñas nubes lo surcaban. Una brisa de aire fresco acariciaba la cara del forastero por debajo del sombrero.

A mi padre, Julio Taguenca Parada, quien me enseñó a amar las novelas del lejano oeste.

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