Seguramente los mexicanos estaríamos muy agradecidos con un frente amplio que fuera resultado de un diseño económico, social y político que recuperara la voz de las ONGs, universidades, ciudadanos (no idealizados, necesariamente desacralizados, pero con opinión); partiendo de esta amplia caja de resonancia pueden construirse acuerdos para, entre otras cosas, mejorar y transparentar la rendición de cuentas de las tres instancias de gobierno, consolidar la estabilidad macroeconómica y junto a ella avanzar en una política social de Estado que permita, primero, reducir la pobreza para paulatinamente erradicarla. En términos democráticos que los partidos políticos abonarán en la recuperación de la paz social y el combate a la delincuencia, enfrentando las relaciones: gobiernos corruptos-impunidad-delincuencia.
Este listado parecería más un deseo de buena voluntad, que una posibilidad cercana y cierta. El escenario de los últimos años nos muestra, por una parte a una sociedad desalentada, desarticulada y mayoritariamente desinteresada en la realidad social, y a unos actores políticos ávidos de poder, deshonestos y casi siempre corruptos.
¿Con esta clase política consolidaremos nuestra, ya muy larga y desgastante, transición democrática? ¿Lograremos, al fin, nuestro añorado pacto de la Moncloa? La terca realidad nos dice que es improbable que un día después del proceso electoral del primero de julio de 2018 amanezcamos transformados en todos unos demócratas.
Lamentablemente los partidos políticos buscan acuerdos no para lograr una agenda político-social, sino para alcanzar prebendas, concesiones, parcelas de poder, lo que buscan, finalmente son sus propios intereses, sus negociaciones y negocios. Un ejemplo, pero no único, es el frente, donde la dirigente perredista Alejandra Barrales y el panista Ricardo Anaya han establecido una alianza (muy frágil), cuyo único propósito es que la primera sea candidata por dicho frente al gobierno de la Ciudad de México y Anaya el candidato a la presidencia.
¿Cuál es la agenda social, política, económica, que cohesiona estos afanes? No la han discutido y menos la darán a conocer y seguramente (para ellos) no importa, lo central (nuevamente para estos dos personajes) es ganar. Sin embargo, a pesar del enjundioso entusiasmo, de la señora Barrales, las encuestas no la señalan como posible triunfadora, aunque es posible que con o sin frente, la señora sea candidata. No es el caso del señor Anaya, quien se ha visto seriamente afectado ante la opinión pública por las denuncias en su contra por corrupción. Estas acusaciones han provocado que el férreo control con que ha conducido su liderazgo se vea cuestionado, hasta ahora son solamente cinco senadores los que lo enfrentan, sin embargo, la contundencia de los señalamientos han obligado al líder panista a tratar, casi desesperadamente, de hacer un control de daños, la salida que encontró fue oponerse al pase automático del fiscal (tema con el que inicialmente estaba de acuerdo). Su discurso está por perder validez, pues el partido que quería impulsarlo, al encontrar férrea resistencia, tuvo que retractarse. Sin coartadas, con un partido dividido, con una legitimidad y credibilidad cada vez más cuestionada, Ricardo Anaya no es ya una opción ni para el frente, ni para su partido.
En este contexto, ¿a quién le interesa el frente? Únicamente a los perredistas, pues los panistas buscarán impulsar a su propio candidato a la presidencia. Sin el Partido Acción Nacional (PAN), el frente pierde todo sentido, la distancia entre la agonía y el final es breve, pronto conoceremos el fin de este malogrado frente.

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