En una entrevista realizada en febrero de 1992, el escritor Carlos Fuentes miraba el mundo de la globalización, las migraciones, la cultura multirracial, las relaciones entre México y Estados Unidos como signos fundamentales del fin del milenio. La capacidad analítica del literato, del pensador profuso fue capaz de mirar la totalidad del pasado, pero también del futuro, su visión hacia adelante. Para Fuentes la modernidad ha sido un fantasma que siempre nos ha acompañado. A lo largo de nuestra historia buscamos ser modernos negando el pasado, asumiéndolo como fracaso, como una quiebra social, económica, cultural; para ser moderno es necesario ir a una nueva transformación. Para Fuentes nuestra modernidad es mirarnos en nuestro propio espejo (nuestro: Espejo Enterrado), que sea capaz de recuperar nuestra matriz indígena, mestiza, española. Nuestra modernidad solamente puede ocurrir con la presencia del otro, no negando el pasado, recuperándolo, encontrando en la tradición no un peso muerto sino un elemento de vida y de posibilidades de enfrentar el futuro.

En esta era que es la edad de la democracia, del mercado, ¿Cómo encontrar una salida positiva a la contradicción entre democracia, remembranza, libertad, fundamentalismos, liberalismos, integrismos? Con la lucidez que siempre lo caracterizó Fuentes nos propone una respuesta: “Yo creo que estamos en una época en que los latinoamericanos tenemos un gran papel que jugar…La exigencia Latinoamericana es una muy, muy severa; es la exigencia triple de democracia con justicia y con desarrollo, las tres cosas juntas. A pesar de la sinonimia que se busca actualmente entre la economía de mercado y la democracia puede darse perfectamente un divorcio entre ambas; puede haber desarrollo del mercado sin democracia y sin justicia…se puede tener un proyecto de justicia social sin desarrollo y sin democracia, como ha sido en gran medida el caso de Cuba, que también representa una negación, un fracaso. Si no logramos, después de las experiencias históricas de este siglo y de América Latina en particular, aunar desarrollo con justicia y con democracia yo creo que vamos al fracaso. Tenemos que exigir eso muy claramente”. De esta manera, el escritor nos advertía con mirada profética la necesidad de alcanzarla triada: desarrollo-justicia-democracia. No lograrlo nos puede conducir al “borde del precipicio” (Carlos Urzúa). Esa tríada no parece estar funcionando en el país; en economía (la ruta democrática será motivo de otro análisis), lamentablemente, de acuerdo con los datos que presentó el INEGI, confirman los más graves temores: El país está en recesión. No hay crecimiento y, sin éste, simplemente no hay desarrollo. En un país de 50 millones de pobres, 10 millones en pobreza extrema (CEPAL) es inaceptable un presupuesto que reduce recursos al campo (de -18 por ciento es el recorte al agro); al Sector Salud (éste tiene un incremento de 500 millones de pesos); los organismos autónomos que sufrieron un recorte presupuestal de 4, 183 millones de pesos, señales ominosas que comprometen la disminución de la desigualdad y/o el futuro democrático del país. El presupuesto inercial y sombrío que se aprobó podría ser autoría de Pedro Aspe, Serra Puche, Antonio Meade, o cualquier tecnócrata, sin embargo, lo fundamental supone “un aspecto a considerar es que la realización de los derechos está ligada con el ejercicio presupuestal gubernamental. A partir de esto observamos que ninguna reducción o ajuste al presupuesto puede estar por encima de la protección de los derechos humanos o comprometer la dignidad humana. Esta realización de los derechos tiene que ser el eje del presupuesto público” (Raúl González Pérez, expresidente de la CNDH). La política, aseguraba Hegel, tiene una tesis: El derecho, una antítesis: La ética y una síntesis: Legalidad y moralidad. Junto a este principio hegeliano, es necesario tener claro que nuestro presente es el futuro de nuestra historia.

 

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