El genio de los tiempos

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Juan Antonio Taguenca Belmonte

Cuando pensamos en la lámpara maravillosa inmediatamente se nos viene a la mente al bueno de Aladino y las tribulaciones que le hizo pasar el genio encerrado en ella. Solo su ingenio y buena fortuna evitaron que no fuera nuestro héroe el que habitara vivienda tan incómoda por los siglos de los siglos.
Todos recordamos la estratagema de la que se valió para volver a meter al genio en la lámpara y taponar su salida, el ego, y cómo aquél le prometió tres deseos y empeñó su palabra en que no volvería a engañarlo. De esa forma, el valiente muchacho obtuvo lo que quería y fue feliz por el resto de su vida.
La historia, que se encuentra en el espléndido libro de Las mil y una noches, muestra lo que el coraje unido a la inteligencia puede hacer. La lámpara solo es la excusa perfecta para escenificar una representación de esas dos virtudes, exaltándolas de tal modo que no tengamos más remedio que apreciarlas en su justa valía.
Lamentablemente en los tiempos que corren el coraje se ha abandonado, dejando paso a un pragmatismo que pretende obtener los deseos sin riesgo alguno, por el mero hecho de que los fabricantes de lámparas así nos lo prometen.
Las maravillas ahora están en el supermercado al alcance de todos y a precios sumamente asequibles. La única inteligencia que se requiere para ello es meter la mano en el bolsillo correcto y frotar la cartera a conveniencia. El genio nos espera detrás del mostrador con una sonrisa de oreja a oreja.
Planteemos ahora qué nos diferencia de Aladino y por qué él fue feliz por el resto de su vida y nosotros solo hasta la próxima ocasión y, en todo caso, por momentos que cada vez duran menos, aunque se pretenda que sean una secuencia interminable.
El aburrimiento de la posesión tiene mucho que ver con este estado de cosas. También, por supuesto, que el precio de aquélla no se corresponde a las virtudes del héroe sino a lo prosaico del dinero contante y sonante.
Si no nos cuesta nada o casi nada, en sentido personal, que se cumplan nuestros deseos, entonces el valor de los mismos sufre una depreciación que los aproxima al cero absoluto.
La lámpara de nuestros tiempos muestra así su cara oxidada, fruto de un tiempo mínimo que se aleja de la infinitud temporal del valor humano, que en sí era el que la dotaba de su maravillosa naturaleza.
Ahora bien, el genio todavía sigue ahí y sus deseos también. Solo que lo que ocurre es que a nosotros sí nos ha engañado y, por supuesto, encerrado en la lámpara por siempre.
No hemos tenido el suficiente coraje y la suficiente inteligencia para volverlo a encerrar y, por lo tanto, nos hemos visto en la triste necesidad de crearnos un mundo de deseos exteriores en nuestro encierro. Es de esta forma que podemos explicar la cada vez más extendida forma de vida virtual, misma que equivale a vivir el mundo desde una pantalla y en aislamiento absoluto del entorno.
No es algo que creamos que no se pueda revertir, pero para ello se necesita la inteligencia y el coraje que hemos desaprendido a marchas forzadas en el curso de una civilización tecnológica que nos supera, pese a ser fruto de nuestra propia naturaleza.
Es tanto así, que es el propio Saturno, el genio de la lámpara devorando a sus hijos, el que nos hace soñar con Aladino, ser humano de otra época en la que todavía era posible tener valores humanos.
Perduran aún en nuestra imaginación las imágenes narradas con brillantez por Sherezade para salvar su vida del malvado rey Shahriar, quien resentido por el engaño de su primera mujer, a la que amaba, juró no volver a ser engañado por ninguna otra.
Volvamos a Aladino y pensemos por un momento en que él fuera una persona de nuestra era. En ese caso hubiese estado perdido y el malvado genio de los tiempos andaría suelto haciendo de las suyas.
No debemos descartar la anterior posibilidad. Entonces, nosotros los herederos del ladrón encantador nos encontraríamos encerrados en la lámpara sin salida y esperando.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.