El que será el gabinete de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) debe analizarse como producto de un gran esfuerzo por conjuntar y acoplar en un grupo de trabajo especializado las diversas manifestaciones y equipos surgidos del compromiso en campaña, y con las regiones y perfiles de hombres y mujeres productivos del país. No obedece a otra razón. AMLO no se limitó a escoger en Toluca ni en Pachuca. Así debe ser.

Se encuentran en sus filas, conformadas equitativamente, dos mitades de ambos sexos, demostrando que es posible gobernar con equidad de género. Están los que deben estar. Ni uno más ni uno menos. La astucia del presidente electo da para pensar en que las designaciones no son ocurrencias de última hora.

No debe olvidarse que AMLO viene de las barricadas. Se hizo a salto de mata, burló todas las trampas, dirigió la tercera ciudad más grande del mundo. Se dice fácil, pero es difícil. No lo pueden timar. Un hombre que viene de la guerrilla política no es un improvisado. Ni juega con fuego. Ya fue demasiado.

El sistema requiere confianza y buen gobierno

Las cámaras de diputados y senadores, con una aplastante mayoría ganada en 25 entidades de la federación, reflejan también una formación variopinta en cuanto a procedencias y afinidades ideológicas. Son un auténtico retablo del país. Lo que somos y queremos ser. A pesar de quien sea. El México plural y el que existe está ahí.

Son en verdad formaciones policromáticas que requieren en muchos sentidos de orientación, información y capacitación en el oficio de gobernar, legislar, juzgar.No por nada son el asomo y el comienzo de un nuevo régimen y estilo. De una República que busca pertinazmente sus objetivos.

Quien diga lo contrario, miente. No se trata de un grupo de expertos y perfumados, hechos a mano para ocupar escritorios ejecutivos. Es un grupo de ciudadanos que buscarán con sus acciones demostrarle a la población que se puede gobernar en paz, con acendrada honradez y pulcritud. Bajo las atentas miradas del mundo emergente y de los tiburones financieros.

De ellos depende que el bono de la credibilidad, obtenido con el triunfo en una participación ciudadana que llegó al 75 por ciento del padrón electoral no sea desperdiciado, porque todos estamos conscientes que en esta va la última oportunidad del sistema presidencialista mexicano. El sistema requiere confianza y buen gobierno. Si no, todos a chupar faros.

Nueva fase: todo tendrá que ser evaluado con rigor

Por sí sola, juntar a los mejores en el terreno de la honestidad es una tarea demasiado compleja. Requiere tintes de moralidad y eficiencia. Es más, entre el respetable hay muchos que apuestan a la derrota antes de empezar el jaloneo. En la calle se cruzan todo tipo de desatinos y profecías, y aún no comienza la función.

Es demasiado difícil lo que está en juego. No se trata del poder, sino de la supervivencia como país y como sistema político. Si en esta se falla, no vemos por dónde se pueda seguir. Llegamos al final de un ciclo, de una guerra civil, de un mecanismo de depredación sin adjetivos que ya no da de sí. Lo que venga tendrá que ser rompedor, definitivo.

Es, esperemos, el final del autoritarismo despótico, el final del culto a la personalidad priista-panista. Arribamos a una nueva fase en donde todo será enjuiciado, todo pasará por el tamiz de la opinión pública. Todo tendrá que ser evaluado con rigor y una gran dosis de reclamos sobre la esperanza ofrecida en campaña y aprobada masivamente.

Legitimidad no es lo que falta. Sobra. Esa está por encima de todo. Respetabilidad, tampoco. Pero sí resta probar las habilidades para gobernar en paz, transitar sin complicidades con grupos delincuenciales, defender la soberanía y distribuir con mayor justicia el ingreso. Las habilidades y la sensibilidad de los que llegan estarán constantemente en la picota.

Una especie de jefe de Gobierno para controlar al gabinete

Controlar a un grupo de políticos y ciudadanos tan disímbolo no es tarea de un jefe de Estado. Eso es en lo que tendrá que convertirse López Obrador en un santiamén. Controlar tendría que corresponder a la figura de una especie jefe de Gobierno que deberá aligerar sus tareas. Deberá de surgir del mismo equipo. Le tocará bailar con la más fea en esta danza. Pero le hará un gran favor a la nación y al nuevo régimen político.

La policromía de ese grupo de encargados del despacho y directores de paraestatales deberá ser encauzada por alguien experto en el manejo de conflictos, en la previsión de enfrentamientos, alguien que tenga la experiencia necesaria para lidiar con todos los bureles la misma tarde, en el mismo coso.

Pero también deberá ser alguien que tenga la aceptación y obediencia de todos los demás, que su lealtad se origine en lo que le han visto desplegar en la arena política y en las mil batallas que se han librado contra el viejo régimen. No puede ser una o un improvisado. Sería el fracaso absoluto del inicio de régimen.

Debe ser uno o una de sus legítimos pares. Por él o ella pasarán las instrucciones, los reclamos de disciplina, los juicios de valor sobre el desempeño, los jalones de orejas necesarios. Y eso solo lo puede hacer alguien probado en los intríngulis de la misma lucha, del mismo objetivo que los congrega. No puede llegar de otro lado. No lo respetarán. Peor, no lo obedecerán.

Prácticamente, sin titulares de Gobernación las últimas décadas

La figura emblemática en esta guisa nunca se estableció en ley alguna. Los gabinetes mejor equipados sabían que el jefe natural de la política interior era o debería ser respetado y obedecido cual si fuera el jefe del gabinete. Y la costumbre lo estableció así.

Era, sin duda, el secretario de Gobernación.

Pero corrió demasiada agua bajo el puente. Y el tiempo demostró que los últimos cinco presidentes sentaron en el palacete de los Covián a puro improvisado. El resultado fue el fiasco. Un churro infumable. Fernando Gutiérrez Barrios…

Jorge Carpizo, Patrocinio González Blanco con Salinas… Francisco Labastida, Emilio Chuayffet, Diodoro Carrasco con Zedillo… Santiago Creel, Carlos Abascal con Fox… Francisco Ramírez; y los difuntos Juan Camilo Mouriño, Iván, y Francisco Blake Mora con Calderón… Miguel Osorio Chong y Alfonso Navarrete con Peña, no pintaron ni su estancia.

Pasaron todos de noche, como las libélulas y los cocuyos.

Será la etapa de prueba suprema del presidencialismo

La coordinación de todos los gabinetes de las distintas materias deberá corresponder a un solo responsable, al ducho que deba responder con agallas y reciedumbre al que va a mandar. Pues por algo se le nombra. No se pone, como aún sucede con Luis Videgaray, a que se convierta en aprendiz de todo y oficial de nada. Para eso ya vivimos una dramática experiencia.

¿Será Olga Sánchez Cordero? No olvidemos que se trata de un gabinete multiforme, en la etapa de prueba suprema del presidencialismo. No es cualquier cosa. El horno no está para bollos, ni para apelar al perdón por excesos, dilaciones, omisiones o desatinos. Por eso llegamos hasta aquí. No queda más que arrear pa’ lante.

Y ya se cumplió el plazo para tomar la decisión. La gente está expectante. La opinión pública es paciente, pero no tanto. El 75 por ciento de los votantes ciudadanos espera una respuesta oportuna y contundente.

Y sí. Es más difícil hacer gobierno, que gobernar.

¿No cree usted?

Índice flamígero: Bajo el título “Haciendo leña del árbol caído”, don Francisco Sánchez escribe en su popular publicación Granitos de Arena que: “Después del amasiato de 15 años con el Prinosaurio, la asociación de las cuatro mentiras, el Partido Verde Ecologista de México, que no es partido, ni es verde, mucho menos, ecologista y tampoco de México, ha anunciado que termina su incestuosa relación con el Pricolor en extinción y se declara soltero, para intentar rehacer su vida política, con otros amantes. No eres tú, soy yo.

¡Hazme el refabrón cabor” + + + Conocedora del tema, Bibi Villavicencio envía unas atendibles líneas al buzón del escribidor: “A propósito del NAFTA o TLCAN: como dicen en mi pueblo, de lo perdido lo recuperado. Y no más. Desgarrarse las vestiduras por la industria automotriz, toda extranjera, creadora de empleos, bla bla, son bemoles. Desde el primer NAFTA, con el cual yo estuve en desacuerdo, México se dobló, porque el salinato fue entonces el eager beaver (luchón) que quería el tratado a como diera lugar. Salinas, quien quería para sí la jefatura de la Organización Mundial de Comercio, lo relanzó cuando De la Madrid se lo había rechazado a Reagan. Memoria histórica, dice usted. Ahora le toco al peñato. Desde que entró en vigor el TLCAN la ‘demás’ industria nacional pasó a significar poco. No hubo política industrial, Jaime Serra el Cete Puche, ahora flamante directivo de BBVA en México –ah, si los mexicanos supiéramos hacer boicots– la consideró innecesaria y desde entonces impera la misma política. Y nos metimos en un rabbit hole (situación bizarra), solitos. Ojalá que con las restricciones a la industria textil, la recuperemos para nosotros, si no es muy tarde, y dejemos de contrabandear telas desde Corea del Sur. Acá solíamos textilizar algodón egipcio o pima, magnífico. Y aunque importábamos la lana cruda, producíamos excelentes calidades de casimires y lanas. Pero el NAFTA nos arrugó feo. Un gran reto volver a planchar y almidonar una industria textil nacional. Lo que quedó se fue vendiendo a las transnacionales y otras, de plano, tuvieron que dar el portazo. ¡Los chicos de Harvard, aaah!”

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