Poco a poco nos acercamos a la Nochebuena y como ya se estila una tradición, encontrarse con una versión de A Christmas carol (Un cuento de Navidad), el clásico de Dickens que se volvió tal, más por casualidad e intuición del escritor.

La anécdota del Cuento de Navidad está más bien encerrada en contradicciones y desaciertos que otra cosa. A finales del siglo XIX en Inglaterra varias cosas componían la norma: sobrepoblación, el surgimiento de la revolución industrial, migración masiva de países y continentes cercanos para ganar empleo o acceso a un puerto que condujera a otra colonia del reino, además de la leyenda de un asesino que destripaba a sus víctimas y se le llamó Jack.

De la misma forma que la bellísima edad media con castillos y súbditos no es otra cosa que un invento moderno, la vida vertiginosa y accidentada de la época victoriana no es tan glamurosa como se le cree. Tan es así que en la época tenían su versión local de El semanario de lo insólito o Alarma: los Penny dreadful, semanarios en los que se publicaban historias sensacionalistas con información amarilla, pero que de entrada no tenían bases reales ni el aparato crítico de una editorial. Son el antecedente directo de la literatura fantástica porque muchos de los “hechos” que referían parecían más ficción que otra cosa, pero narrados en la clave del hecho periodístico.

Así, en una sociedad por completo dispar, con un polo ubicado en una clase baja en la miseria y jornadas laborales esclavizantes, mientras por la otra hay una burguesía en estrecho contacto con la monarquía, las festividades eran el único lazo entre ambos mundos, pero ahí donde se les pensaría en condiciones más amables y cordiales entre sí, dedicaban las fiestas navideñas a contar cuentos de fantasmas. Todavía hoy, las historias de fantasmas son parte de la identidad cultural británica.

La narración de Ebenezer Scrooge, de Dickens, no era acerca de la Navidad en absoluto, era más bien a propósito de una metáfora finísima que había confeccionado Dickens a lo largo de años de trabajo, en torno a las aberraciones de la conducta, ya que según el autor, las personas con determinados rasgos lograban que su vida fuese el eje nervioso de un grupo y a veces una comunidad de personas, pero no se trataba de seres nobles, sino autores de ruindad y desprecio hacia sus semejantes.

Por eso, Dickens acomete una pieza única en la historia de la literatura: ¿quién sino un trío de seres sobrenaturales está en condiciones de enderezar los últimos días de la existencia misántropa de Scrooge? Y en ello recae el énfasis de un invierno crudo e inclemente, si Scrooge se niega, se encuentra en el último trecho de su vida y lo que va a salvar es el espectro lastimero al que llama alma.

El escenario personal de Dickens, luego de un matrimonio con la muerte de hijos a cuestas y una salud entredicha, culminó con el dolor de muelas a la mitad de la escritura de El misterio de Edwin Drood, por el que se fue a reposar una noche y de la que ya no despertó. Por eso, además de Scrooge, solo en El guardavías y otras historias de fantasmas se encuentran esas narraciones invernales de Dickens para disipar los malestares de su tiempo y exorcizar lo cotidiano.

Uno se preguntaría si ese sentimiento de malestar es exclusivo de la literatura y hoy el cine, pero no, también la música se encargó de conformar un examen musical acerca de reflexiones que desde la incertidumbre piensan en la oscuridad y volvieron el instante una realidad sonora.

Black angels es el vivo ejemplo de la sensación de horror, que sin bases, sin palabras, puede conducir al miedo puro ante el desconcierto de escuchar música que parece surgida de las entrañas de la Tierra, con la sola misión de desconcertar el alma para estar a tono con una meditación sobre una duda fundamental que se planteó George Crumb y condujo a la creación de la composición que titula el disco: ¿los ángeles pueden llevar solo al éxtasis o una reacción por igual natural ante su presencia, puede ser una forma de miedo animal?

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