El 9 de marzo de 1611 el tribunal de Logroño escribió al Supremo Consejo de la Inquisición, en Madrid para informar de una insólita plaga de brujos en unas 40 aldeas en el Pirineo navarro. Habían sido denunciados y estaban siendo procesados por brujería entre el 20 y 30 por ciento de los habitantes de esa región. Ese miedo-temor que abrigaba la gente de esa época, podía ser entendida como una elaborada mitología (medieval) que circulaba en Europa, esa (sub)cultura daba paso a una interpretación, un lenguaje canónico, a un contexto y significado que era visto, aceptado e incluso venerado, a través de una cuidadosa construcción de rituales que servía para montar un espectáculo-teatro, ceremonias públicas, donde esos rituales no eran medios, sino fines en sí mismos. El propósito último del santo tribunal era estimular el miedo de la gente atemorizada. La justicia se impartía a través de un gran teatro, un espectáculo ¿dónde estaba la razón? ¿El reino del pensamiento y el saber? ¿Las voces pulidas de las ideas? Ese ambiente de temor construyó un escenario de persecución, de terror; una sociedad aterrada, insegura, doliente que se encontraba marginada, a la defensiva. Los monstruos medievales, como los dragones, las brujas, son temores recurrentes que habitan el discurso del miedo y el odio. Ese tiempo regresa periódicamente, volvió con la Alemania nazi, con el comunismo de Joseph Stalin, con el fascismo de Benito Mussolini (alguien sabe porque Il Duce, llevó el nombre de Benito). El nazismo, afirma Víctor Kemplerer, un académico judío que milagrosamente sobrevivió a los campos de concentración alemanes, se “introducía en la carne y la sangre de las masas a través de las palabras aisladas, de expresiones y formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente” El heredero del lenguaje nazista es el lenguaje populista, la demagogia, la polarización y la confrontación que busca destruir al otro, a los otros “las palabras pueden actuar como dosis mínimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno y al cabo de un tiempo, se produce el efecto tóxico” (Ibídem). El lenguaje populista autoritario se extiende como dosis homeopática de veneno, que se administra lentamente en el vocabulario, no solo de la clase política, sino también de la sociedad. Una vez que ese lenguaje adquiere carta de naturalización, que se ha “normalizado” alcanzando un nivel de respetabilidad, el populismo autoritario puede empezar a echar raíces.

Ese fenómeno de extrema derecha o de extrema izquierda, ha tenido éxito: Donald Trump en Estados Unidos, Jaroslaw Kacznski en Polonia, el premier inglés Boris Johnson, Jair Bolsonaro en Brasil, el venezolano Nicolás Maduro, el nicaragüense Daniel Ortega y varios más han recurrido a mentiras cada vez más estrafalarias, absurdas, fabricando un lenguaje corriente, descalificador, amenazante, irrespetuoso, incivilizado, iliberal, para desde ahí ganar la guerra de las ideas. Los principios de la dignidad humana, del saber, el diálogo, la civilidad, el reconocimiento del otro, son rechazados y, literalmente, enterrados por discursos vergonzosos, donde el insulto, la descalificación, la “superioridad moral” adopta el vocabulario y acciones demagógicas, autoritarias, antidemocráticas, persecutorias. En ese frente, a la sociedad solo se le permite ser maniquea, está con su líder o contra su líder, lealtad incondicional, no hay matices en una sociedad que por definición es prismática, ahí el humanismo es irrelevante; el horizonte ético debe ser objeto de sospecha, de reclamo; se niega un principio básico de la civilidad, que George Orwell describe con precisión ética “si algo significa la libertad, es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír” ¿A dónde conduce el lenguaje del odio, la confrontación y la descalificación? ¿Dónde queda la importancia del ser humano y su humanidad? En ese camino donde pueden nacer los grandes árboles, la libertad, el respeto, la memoria que nos recuerda la raíz del mundo, las ideas vivas, el espejo donde se reconoce una persona, un ser o un yo. Hoy ese camino está atrapado por la oscuridad de la política, por el discurso de la opresión y la amenaza, por el poder que busca ser absoluto, por la vieja inercia que condujo al desastre. El gobierno de la exclusión, del lenguaje que ofende, que descalifica, que oprime y se separa de la sociedad. La crisis no solo es económica, social, de seguridad y legalidad, es también, una crisis de imaginación ¿qué hacer? ¿A dónde ir? ¿A quién sirve un país partido en dos, dividido polarizado? A nadie. Un país sin proyecto, es un país sin realidad, que no nace, que escribe una historia dolorosa, de desesperanza. El Supremo Consejo de la Inquisición concluyó que el problema no eran los brujos, sino los predicadores que estimulaban el miedo de la gente. La lección es clara, no se puede, ni se debe ser complaciente o indiferente frente al lenguaje del odio, de lo contrario, como asegurara Zora Neale Hurston “si guardas silencio sobre tu dolor, te matarán y dirán que lo disfrutaste”.

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