Era lunes, el día de la semana que menos le gustaba. Después de un sábado y domingo en que había ido a los mejores restaurantes, saboreando los manjares más deliciosos y los vinos más exquisitos en compañía de las mujeres más bellas, venía el tedioso lunes en que tenía que volver a la oficina.

Regresar a la rutina del trabajo le parecía una pérdida de tiempo de lo más absurda, cuando no abiertamente un crimen contra su delicada naturaleza.

Algo había que hacer al respecto si no quería perder su juventud entre papeles que nada significaban, salvo un aburrimiento mortal.

No podía quejarse demasiado, aunque lo hacía constantemente, ganaba mucho dinero y podía permitirse lujos inimaginables, como volar a París o Nueva York con el avión privado de la compañía o navegar en un yate lujoso por los mares del Caribe o la Costa Azul acompañado de quien quisiera.

Sus fiestas eran conocidas por toda la alta sociedad. Nunca le importó derrochar a manos llenas, sobre todo porque el dinero le llegaba sin demasiado esfuerzo. Sus gastos eran astronómicos, muy por encima de sus ingresos. No hacía cuentas, para él lo importante era pasarlo bien.

El corporativo era de su madre, de ahí que tuviera manga ancha con los gastos de representación. Para todo el mundo, excepto para su progenitora, su desempeño laboral era inexistente, cuando no dañino para los intereses empresariales de la corporación.

Lo consideraban abusivo, pues delegaba constantemente las tareas que solo a él correspondía realizar.

Se ganó el sobrenombre con que lo llamaban a sus espaldas: “El niño mimado de los ojos de mamá”. A él, que conocía aquel apelativo, no le importaba que los empleados lo nombraran de ese modo.

Era consciente de que era un holgazán que solo quería divertirse, también de que se aprovechaba del amor infinito que le tenía su progenitora, quien estaba dispuesta a darle todos los caprichos, por excéntricos que fueran, a su único hijo.

¿Quién le podía reprochar tanto amor a la señora Ramírez?, pero lo cierto era que lo había malcriado y que el joven estaba mal preparado para afrontar la vida auténtica, la que te da para luego quitarte más de lo poco que pudiste obtener. Esa no la conocía, pues desde que nació vivió en un cuento de riquezas sin fin.

“¿Qué sería del señorito cuando ella muriera?”, murmuraban los sirvientes de la mansión. Lo veían tan mal encaminado que pensaban que no tardaría en malbaratar su fortuna y quedar en la indigencia.

Nota del autor: No hay que descartar que el muchacho pueda cambiar, que una luz de conocimiento llegue a iluminar su consciencia y se convierta en un buen hombre que ayude a los demás desde su posición de privilegio.

Pero eso no lo sabemos. El tiempo dirá.

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