Ahora le gusta llevarme la contra, lo disfruta malicioso. Y si lo sorprendo leyendo algo que escribí, jura que lo hizo porque estaba demasiado aburrido y era lo que más tenía a la mano. Reclama cuando no estoy y es diferente cuando sí estoy en casa. Habla horas con la novia, supe que la amaba de verdad cuando supe dónde quedaba Huejutla y, pese a las horas de recorrido, no deja de ir a visitarla.

Otras veces me abraza con fuerza, para demostrarme que ya es más fuerte que yo. Siempre me pregunta qué soñé para, como buen psicólogo, interpretar mis locuras. Se sigue encelando de mis amigos. Asegura que mis amigas me quieren y sabe poner apodos precisos a las villanas que intentan amargarme la vida.

Nunca olvido cuando presenté un libro y la moderadora pidió al público que levantara la mano si deseaba hacer una pregunta. De pronto, alguien alzó el brazo, era él. Se puso de pie y dijo: “Por favor, lean su libro, de verdad, mi mamá escribe bien bonito”. Lloré y lloré, el hombre de mi vida estaba ahí, con su gesto de niño y su voz de hombre, diciendo a su manera que me quiere.

Fue un hijo tan deseado, tan amado desde el primer instante que sospeché que se acurrucaba dentro de mi vientre. Todos los días le platicaba todo lo que veía mientras paseaba por las calles de la ciudad y cantaba “qué alegre va Elvira, platicando a su hijo va, a su hijo que pronto vendrá”. Su papá se asomaba por mi ombligo para cuidarlo y le murmuraba a cada rato que lo amábamos mucho. Mis alumnos de la UNAM le regalaron tantas cosas que en el último día de clases que regresé a la casa lloré y lloré. Mi papá le compró un mameluco de tigre y lo hizo caminar por la mesa del comedor; mis hermanas y yo reíamos y llorábamos tan gozosas.

Cuando me hicieron el ultrasonido, mi mamá vio clarito su perfil y juró que se iba a parecer a mí. El día de su nacimiento, torpemente trataba de cambiarle su pañal y él me miraba como preguntándose si estaría seguro en los brazos de esa señora inútil. Aprendí a cargarlo y a cuidarlo; mi mamá lo cuidó muchas veces y en otras ocasiones me lo llevaba a mi mundo. Hay una foto en el suplemento Doble Jornada donde salgó cubriendo una conferencia, con una mano tomaba nota y con la otra sujetaba a mi bebé.

Por él inventé el premio Baruch a lo mejor de los géneros periodísticos en la UNAM. Fue un niño destacado en la primaria. Le gustaba leer sobre volcanes, coleccionaba mapas y heredó el buen humor de sus abuelos.

Sin preguntarle nada, lo trajimos a Pachuca y ahora es experto en todo lo relacionado a Hidalgo; primero reclamaba, pero cuando Lucy llegó a su vida aceptó que su destino estaba pintado de belloairoso. En su examen profesional yo lloraba y lloraba mientras él exponía con pasión y seguridad. Desde entonces, me da terapias gratis cuando me gana la depresión o me domina mi menopausia. Le gusta mucho desayunar con su padre y conmigo, grita como loco con el futbol americano y en la madrugada escucho sus carcajadas mientras juega con su amigo querido, nuestro vecino Carlos. Jura que hará una maestría, mientras perfecciona su inglés y hace un diplomado en computación, dice que ya tiene un anuncio: “Rodrigo Baruch, psicólogo (también se arreglan computadoras)”. Es el hombre de mi vida y hoy cumple 26 años.

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