El viejo general bajaba por las escaleras de caracol del palacio cuando la antorcha que llevaba en la mano izquierda se apagó por una súbita ráfaga de viento procedente de una ventana mal cerrada.

La oscuridad hubiese sido total de no ser porque de la misma ventana ojival abierta se colaba el filo de una luz rojiza, la cual iluminaba los escalones y la barandilla con un halo lunar frío.

“Después de todo he tenido suerte. Me hubiese podido romper la crisma en esta ruina. ¿Por qué me habré metido aquí de noche? He sido muy imprudente. Lo mejor será que salga cuanto antes de este lugar.”

Bajo las escaleras muy deprisa dada su edad. Lo cual no quería decir que lo hiciera rápido, dado que cada paso que daba lo aseguraba con mucho cuidado. Toda precaución era poca. A la escasa luz se unía el ruido de madera rota al ser pisada.

“¿Cómo no me he dado cuenta al subir de todas estas circunstancias tan peligrosas? Seguramente estaba encantado por la belleza aparente de los cuadros colgados en la pared y los rumores de voces hermosas que escuchaba en los cuartos de arriba y que procedían del viento moviendo las ramas de los grandes árboles del jardín.”

Al llegar al replano suspiró profundamente, aliviado de no haberse caído. Todavía tenía que atravesar el gran recibidor antes de llegar a la calle y tomar su auto. No era una perspectiva halagüeña, pero era mucho mejor de la que tenía momentos antes.

Se vistió de valor y con grandes pasos, procedentes de una juventud que ya no tenía y del miedo que lo embargaba, cruzó la distancia que lo separaba de la puerta. La cual cedió sin dificultad a la fuerza de sus brazos.

Una bocanada de aire helado lo recibió al salir. Se estremeció y por un momento pensó en volver atrás. No lo hizo. Siguió caminando hasta su automóvil. Ese tampoco le dio ningún problema y arrancó a la primera. Se alejó a toda velocidad.

“Ahora ya estoy a salvo”, pensaba mientras las líneas de la carretera pasaban presurosas unas detrás de otras y los faros de los camiones, que venían de frente, lo deslumbraban.

Cuando al día siguiente leyó en el periódico que el palacio se había derrumbado como un castillo de naipes la noche anterior se sintió el hombre más afortunado del mundo.

Además, era curioso, ya no sentía ningún dolor y su vista y oído habían recobrado milagrosamente su capacidad de ver y oír por completo. De hecho, veía en esos momentos a su mujer vestida de negro llorando y escuchaba sus rezos.

Comentarios