Ayer comenzamos la reseña crítica de Romeo y Julieta de William Shakespeare bajo la concepción de Baz Luhrmann.

Justo ayer describíamos a uno de los héroes más importantes de la literatura, o más bien tendríamos que mencionarlo como el “héroe” de la literatura, Romeo.

Ese quien camina en contra de su destino, del cual no puede escapar.

Como par, tenemos a la bella Julieta. Es muy importante mencionar que tiene un gran parecido con el personaje masculino, lo cual es particular. Ya que si recordamos otras historias observaremos que las parejas están definidas por sus diferencias o por un vicio de carácter que los hace estar en conflicto. Pero aquí la heroína se encuentra casi bajo las mismas circunstancias que Romeo y también con el mismo pesar. Tal vez es por esto que esta obra ha sido tan importante, no por el “romance” del que todos hablan, sino por la particularidad de este binomio de héroes trágicos enfrentados a la hostilidad del medio.

Sin embargo, Julieta en la película también tiene una serie de características simbólicas que la hacen ideal. Una de ellas es su constante relación con el agua como símbolo de pureza y como presagio de muerte.

Pero más importante es el mundo que se creó para que habitaran estos dos personajes. Verona Beach es un sitio, que haciendo referencia a California o Florida, fue filmado en sitios como en Río de Janeiro, la colonia Amores de la Ciudad de México, Veracruz y Texcoco. Con estos escenarios cálidos, los personajes son movidos por el hervor de la sangre, agregando un gran toque de devoción cristiana.

Esta diversidad de imágenes origina un universo propicio para observar las diferencias culturales entre las dos familias y sus lacayos. Mientras los Montesco mantienen un estilo característico de los habitantes norteamericanos, los Capuleto se expresan bajo una estética muy latina. Sí, recordemos que finalmente no podemos alejarnos de Italia, por lo tanto la pandilla de esta familia es caracterizada por imágenes religiosas muy al estilo del mexicoamericano, al “pocho”.

Así, en esta oposición también se desarrolla el tipo de actoralidad, mientras que es una tragedia y la costumbre es hacerlas en un tono realista, aquí el trabajo de los actores inicia bajo una propuesta fársica, como presentación de seres habitando un mundo de vicios; conforme avanza la situación que llevará a los personajes a la toma de conciencia, el tono actoral se transforma.

También existe una serie de metáforas, no solo en el lenguaje hablado, sino en las situaciones que en esta versión se desarrollan.

Así como tratan de explicar el amor como un sentimiento a partir del dolor o compasión o pasión carnal; también lo descifran como una droga que desinhibe la razón, provoca el olvido y sensibiliza los ojos, pero sobre todo, potencia la voluntad.

Todo esto lo observamos ante los rituales de los jóvenes de la década 1990 –no tan distintos a los actuales–, de esta forma vemos que el lenguaje de Shakespeare no es tan lejano al siglo XX o XXI.

Ahora, hay un personaje tan importante como Romeo y Julieta, Fray Lorenzo.

El sacerdote, que a pesar de su función simbólica como representante de la religiosidad, es el símbolo máximo del conocimiento. En él se concentra la explicación de la naturaleza del hombre –la expresión del vicio y la virtud– como si de una flor se tratara. Belleza y veneno habita el cuerpo del hombre, como habitantes de su sepulcro.

Con el sacerdote, que rompe el estereotipo común, atinadamente se explica su función, más que el confesor, más que la conciencia, el herbolario desafía el destino como si de un brujo se tratara; quien también es manchado por la ira de las familias.

Muchos se preguntan: ¿qué sentido tiene hablar de Shakespeare en estos tiempos? Esta película es una prueba del porqué. Más allá de la retórica del texto y de la fecha en la que fue escrito, este filme señala el efecto que genera en el espectador la posición de la acción, la asimilación e interpretación de la metáfora, la riqueza del lenguaje y, sobre todo, más allá de ser una pieza moralizante que hable de un amor ideal, habla de la importancia del amor como un catalizador de una posible transformación humana.

Ahí radica el gran sueño del hombre y su trascendencia, pero mientras tratamos de entenderlo, no nos queda más que ser “un títere del destino”.

Romeo y Julieta

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