Esta figura, proviene del título de una película, ambientada en el Berlín de los años de 1920, del director del cine sueco Ingmar Berman; alerta sobre el riesgo de ignorar la descalificación, el insulto, la amenaza, la virulencia del lenguaje contra quienes no piensan igual. Los gobiernos totalitarios populistas buscan la radicalización ideológica y del lenguaje, porque desde esa atalaya pueden acusar a los otros de cómplices, enemigos, traidores, deshonestos, desleales; se convierten en poetas de la calumnia. Lo que se busca es crear una peligrosa tensión: construir el hogar real y el imaginario. En ese sistema binario se enfrenta el mundo abierto, plural, una sociedad civil y una esfera pública que dialogan, discrepan y en el disenso encuentran el futuro por crear. En el otro horizonte están, desafiantes las izquierdas arrepentidas, las falsas evidencias amparadas en una dualidad maniquea: revolución-reacción, capitalismo-socialismo, empresarios-rapacidad, intelectuales-delirio. Es el empeño de crear el mito antimoderno, de fabricar historias que nos vuelven al monstruo que duermen dentro del naufragio populista y que no conviene despertar. El discurso populista conduce al iliberalismo, a la cancelación del diálogo y la ley, ¿pero racionalmente a dónde va?: hacia el desempleo, la inseguridad, el desmantelamiento del Estado benefactor para dar paso al Estado clientelar y autoritario, hacia el conservadurismo sin ideas, sin puerto, la política hecha monstruo, un Cuasimodo de mal humor. Kafka lo capta literariamente: “Escuché el sonido de una trompeta y pregunté a mi criado a qué venía aquello. Él nada sabía ni nada había oído. En el portalón, me detuvo y me preguntó: ¿Adónde va el señor? –No lo sé– le dije, fuera de aquí, solo fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más: es el único modo de que alcance mi objetivo. –¿Conoce usted su objetivo?– preguntó él. –Sí– le respondí, –Te lo acabo de decir. Fuera de aquí: ese es mi objetivo” (Franz Kafka, “La partida”). Un modelo sonámbulo, novelesco, de una sola voz, envuelto en la neblinosa fábula ¿hacia dónde va? La tensión binaria es el reino de la noche interminable. Polariza, confronta, desinforma, genera odio y disturbios, “una democracia necesita verdad y transparencia” (Angela Merkel, canciller alemana). En Polonia, el partido Ley y Justicia (PiS) utilizando como principal variable, el insulto, la descalificación, el miedo, ganó las elecciones con un político demagogo e iliberal: Andrzej Duda. Ciertamente, la disputa por el poder, está regida por los demonios (Max Weber). La frágil democracia fácilmente puede quedar atrapada por la violencia, en manos de políticos corrompidos, ambiciosos y torpes, capaces de generar monstruos todo el tiempo. La democracia, señala con agudeza Julio Hubard, es una estructura no de piedras sino de palabras. Con palabras dichas en la plaza pública se construye una democracia. La democracia se trata de un proceso constante de cambio, reparación, renovaciones y regreso. La democracia es el uso de la palabra y de la voz: el diálogo, el debate, el discurso, las ideas y propuestas, la democracia vive con el uso de la voz. Su objetivo último es ser entendido y convencer, también está dispuesta a dejarse convencer con ideas, argumentos, con un discurso que piensa y se piensa. En ese contexto, debe ser recibido con normalidad democrática, el documento firmado por 30 intelectuales que critican “la asfixia del pluralismo”. Distintos personajes y personalidades aparecen en ese documento, nombres de personas de impecables credenciales de militantes de izquierda como Roger Bartra; impulsores de la transición democrática como José Woldenberg o intelectuales más polémicos como Enrique Krauze o Héctor Aguilar Camín; en un país democrático discrepar, estar en desacuerdo, no coincidir, es la savia que alimenta la pluralidad democrática. Se puede estar de acuerdo con el documento de marras, de igual manera se puede rechazar todo su contenido. Es un derecho democrático; es la libertad para estar de acuerdo con los encantos y desencantos de las palabras, del discurso, de las ideas. Hay quienes, como Leonardo Curzio, consideran que la carta es un documento candoroso, sin agudeza y no aporta mayor cosa; para otros, como León Krauze, es un documento valiente y oportuno. Las dos opiniones y todas las que puedan surgir alrededor de esta discusión, son bienvenidas y saludables, porque defiende el derecho de todos a opinar, discrepar, dialogar, coincidir, disentir; sobre esos valores se funda la democracia liberal.

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