Podría ser que después de un tiempo alguien se acordara de aquello. No había que descartar esa posibilidad. Por eso se esmeró en borrar toda huella que lo vinculara con el suceso que acababa de tener lugar.

Era la noche del 31 de diciembre de 1938 y todo el mundo estaba de fiesta, presintiendo que sería la última ocasión que tendrían para saborear la vida con la familia y los amigos, por lo menos en mucho tiempo.

La calle era un hervidero de gente que iba en busca de la plaza del ayuntamiento. Su intención era escuchar las campanadas. Tradición iniciada hacía unos pocos años, pero que se había enraizado en la ciudad de una manera sorprendente.

La miró por última vez antes de meterla en la cajuela del auto y con cara de disgusto se dirigió al lago para hundirla en sus aguas. Rodeada de rocas pesadas era imposible que saliera a la superficie para delatarlo, y aunque lo hiciera, nadie lo relacionaría con ella.

Se acababan de conocer en un bar del centro y él la invitó entre risa y risa a que se fueran a su departamento. Al principio ella fue reacia, pero tras cinco copas después sus escrúpulos habían desaparecido.

Él solo tenía intención de pasarla bien y por su cabeza no había pasado en ningún momento la idea de que todo acabaría en aquel desastre de tener un cuerpo en la cajuela de su automóvil.

¿Qué había ocurrido? Ni él mismo lo sabía. No había tenido tiempo de reflexionar en medio del trajín que significaba hacer tantas cosas antes de sentarse tranquilo en un sillón y pensar en ello.

No tenía muy claro tampoco si había sido un accidente o realmente él la había asesinado en medio de risas desatinadas y un ataque de furor producido por algunas palabras desafortunadas de ella.

Herr Müller miró su reloj de bolsillo, faltaban dos minutos para la medianoche. Ya había descargado el bulto y lo había llenado de piedras, atando todo después con una cuerda resistente.

Se preguntó que para qué tanta molestia, si al fin y al cabo nadie la encontraría a faltar y, por tanto, nadie iría a la Policía a reclamar su desaparición. Aunque eso, claro, no podía darlo por sentado. Era mejor tomar todas las precauciones posibles para evitar sorpresas desagradables.

A las 12 en punto, cuando el griterío procedente de la ciudad era un estruendo caótico, un leve chapoteo y unas burbujas precedieron el hundimiento final de Frida Schnitter, natural de Frankfurt, 26 años, soltera, de profesión desconocida, recién llegada a Berlín.

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