Sofía Reding Blase**

Lo diré en sentido figurado: los terraplanistas tienen razón, el tiempo se detiene mientras hordas de zombis nos persiguen, sociedades tan poderosas como secretas amenazan con inyectarnos UN virus para esterilizarnos, el más cercano prójimo se convierte en un enemigo en potencia porque es de bajas vibraciones… Las más vetustas imágenes aprovechan las actuales circunstancias para volver a ocupar la escena e inundarla de miedo frente a lo desconocido, así como en aquellos días en que se decía que navegar la mar océana –el Atlántico– irremediablemente llevaba al borde del abismo, cuando lo que caía era el régimen feudal.

En estos días de pandemia, poca confianza parece tenerse en los cálculos de científicos y menos aún en los políticos encargados de organizar el confinamiento sugerido o impuesto, con el fin de mantenernos a salvo de sufrir en carne propia los efectos de su entreguismo a las grandes farmacéuticas, así como el colapso de la salud pública ya en manos de corporaciones privadas.

Esas corporaciones, cuerpos que se han formado por encima de otro, del cuerpo social, requieren seguir alimentándose para crecer, así como también necesitan publicitarse del modo más seductor que les sea posible para presentarse ante el consumidor, que no el ciudadano, como la tabla de salvación.

Para conseguir un mejor efecto, nada como inventar o reciclar una imagen tan antigua como la del enemigo, siempre acompañada de la presunción de criminalidad y no de inocencia. Si Abel, un buen chico, fue asesinado por su hermano Caín, ¿qué podría esperarse de aquel con quien no se tienen más vínculos que una credencial de elector?

El prójimo, el más cercano, el hermano, podría asestar un golpe mortal en cualquier momento.

Y para equilibrar un poco la desajustada balanza emocional, se pone el foco en los extraños, en un intento por jalar del hilo que se ha desprendido del tejido social, pues eso sería tanto como aplaudir que se descosa por completo o permitir que queden grandes hoyos por donde se cuelen los enemigos. Y ocurre que hace mucho tiempo, para destemplar el ánimo social, varias imágenes de villanos han conquistado mentes y haciendo mella en la ya escasa solidaridad con los movimientos emancipatorios a los que se tacha de altisonantes y compuestos por malagradecidos o perezosos.

Pocos héroes quedan, tal vez algunos de la historia patria, y otros más han decaído frente al poderío de imágenes de villanos más osados que ellos, como los asesinos a sueldo o justicieros sedientos de venganza.

Esas imágenes, tanto de villanos como de héroes, están agrupadas en lo que Cornelius Castoriadis (1975) llamó el imaginario: un “magma de significaciones imaginarias sociales”.
Ignoro si ese pensador, nacido cuando aún se sostenía el imperio Otomano, sería o no aficionado a la vulcanología, pero lo cierto es que con “magma” quería decir lo contrario a “sedimentos”, puesto que esas imágenes de villanía y enemistad, como las de gentileza y amistad y muchas más, aunque residuales, son dinámicas y compartidas por los miembros de la sociedad, y de vez en cuando, en especial en momentos de cambio traumático, se pone en movimiento ese material visual. Y, de vez en cuando, si las circunstancias las llaman a flote, surgen algunas o varias figuras que apelan a la bondad o la maldad o que brindan tranquilidad o despiertan temor.

Es el caso, por poner un ejemplo, del famoso Chupacabras o el monstruo del lago Ness y otras criaturas que aparecen cuando hay una resistencia a determinado cambio tecnológico impuesto o una crisis como la medioambiental.

Desde luego, la vigencia de dicha imaginería lleva a pensar en los peligros de una naturaleza hostil y la misma alegoría podemos hallar en los licántropos, vampiros o muertos vivientes y en una gran variedad de imágenes de seres de naturaleza degradada. En ciertas ocasiones, como con los reptilianos, llegan incluso a mezclarse al modo de una quimera, tanto el miedo a los extraterrestres –en especial si están aliados con los “poderosos” de este planeta– como a la naturaleza pervertida.

Como parte de una estrategia de distracción –ya analizada por Noam Chomsky en múltiples obras– se corre el velo que mantenía ciertas imágenes en la oscuridad y, de repente, se reactualizan y muestran su utilidad tanto para cohesionar como para hacer trizas determinados proyectos políticos alternativos al actual.

Así las cosas, no es extraño que en plena crisis ocasionada por la irrupción del coronavirus (Covid-19) en la vida de todos los terrícolas, el Pentágono haya desclasificado sus archivos filmográficos de objetos voladores no identificados presuntamente provenientes del Espacio exterior para desviar la atención y, tal vez, darle gusto a quienes sostienen teorías de tipo conspiranóico que pueden llegar a neutralizar ciertas luchas sociales por la justicia, al infundir miedo ante lo que es demasiado poderoso.

Peor aún es que unas semanas más tarde, un ciudadano afroamericano es asesinado por un policía blanco, mostrándonos con ese crimen que ciertas imágenes ni siquiera se modifican con el paso de los años: los descendientes de esclavizados siguen siendo percibidos como un peligro a la pigmentocracia y el poder blanco. Ser negro o negra, hoy y desde hace ya demasiado tiempo, es estar vinculado en la mente del colonizador, a la imagen de cosa, de mera mercancía, de objeto que puede violentarse porque es eso, un objeto.

Las permanentes alegorías a la brutalidad o barbarie del africano facilitan lo que Achille Mbembe, un filósofo camerunés, llamó la Necropolítica (2011) y que es el resultado de una hostilidad absoluta hacia el enemigo absoluto: caracterizada por el horror, la crueldad y la desacralización del otro, que hacen que su vida sea considerada una forma de muerte-en-la-vida.

Y, como se deja entrever, América Latina no escapa a esa barbarización; en la medida en que, igual que se hace con África, hay acusaciones de barbarie y canibalismo, que se alzan desde las horas más tempranas de su colonización y, para decirlo pronto y rápido, legitimarán de manera contundente la imperiosa necesidad de cultivar al bárbaro y exterminar al caníbal.

La empresa conquistadora no solamente se justificará en razón de ser combates librados contra el mal que se hacía presente en el Caribe –la antropofagia– sino también en tierra firme. La canibalización, o sea la representación imaginaria del americano como “gente que come gente”, por repetir las palabras del doctor Chanca, se trasladó al continente y resultó muy útil a los conquistadores cuando se acusó a los mexicas de la práctica del canibalismo pozolero.

Con la llegada a México de uno de los primeros esclavizados, portador de la viruela negra, comenzaría el declive demográfico. Más tarde, se registrarían epidemias o cocoliztli (que es como los antiguos denominaron al mal y la pestilencia) cuya factura incluyó la desaparición de unos 15 millones de personas, solo en Mesoamérica.

La mismísima malintzin/malinche, cuya apertura al enemigo invasor –un ADN exógeno– produjo el primer mestizo, no llegó a los 30 años porque murió a causa de un patógeno venido de lejos como el padre de su hijo. Pero, como suele ocurrir, esta tragedia de terribles proporciones no se divulgó; antes bien se publicaron muchas ilustraciones, como las xilografías de Teodoro de Bry, donde la ferocidad del canibalismo quedaba evidenciada y así ocultaban lo que ocurría del otro lado del Atlántico: un genocidio que no dejó a casi nadie
vivo en el Caribe.

*Fragmento de “El imaginario tras la pandemia”. El texto forma parte de la compilación Covid19. Apuntes desde el timeout, que la editorial Elementum lanzará este mes.

**Sofía Reding Blase es antropóloga y latinoamericanista, profesora investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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