Para mi hijo Leo, un new yorker de alma minera y obrera Días atrás, como parte de mis cosas del doctorado acá en Nueva York, leía el libro de Yuri Herrera El incendio de la mina El Bordo (Periférica, 2018). Y por esas mismas fechas se cumplía justo un siglo de ese hecho, mismo que ocurrió el 10 de marzo pero de 1920. Además, me enteré de que había sido inaugurado un espacio cultural allí, en El Bordo, y que estuvo el gobernador y toda la plana mayor. Bueno, en las autoridades creo menos que nada. No sé a dónde vaya ir a parar tal proyecto cultural. Pero lo importante es ponerle atención a lo que cuenta, y denuncia, Herrera en ese texto. No solo da forma y critica una insensatez, sino que echa luz para que se investiguen muchas, muchísimas, insensateces e injusticias en las que empresarios, jueces y gobernantes han estado siempre en contubernio en Hidalgo.

A la luz de lo anterior es que quiero compartir la lectura que hice de El incendio de la mina El Bordo.

Este es el primer libro de no ficción de Herrera. Ya en su novela Señales que precederán al fin del mundo había un gesto de crítica a la minería de Hidalgo cuando la protagonista, Makina, piensa en los “500 años de voracidad minera”. Este nuevo texto narra la historia de lo que ocurrió en El Bordo, un yacimiento que era parte del distrito minero de Pachuca-Mineral del Monte. Al día de hoy ni siquiera una investigación de archivo como la suya permite saber si se trató de un accidente, de un acto intencionado, de una falla técnica, en una palabra, no se sabe lo que causó la conflagración en el interior del complejo. Lo que se sabe es que perdieron la vida, por lo menos, 87 obreros a causa de lo que pasó esa mañana, sea lo que sea que haya sido.

El libro está basado en Los demonios de la mimesis: Textualidad de una tragedia en el México postrevolucionario (2009), la tesis de Herrera durante su doctorado en la Universidad de California, en Berkeley. Pasó casi una década para que esa investigación académica tomara forma de una narración asequible y, muy al estilo de Herrera, coloquial (profundamente coloquial, quiero decir). Para esa investigación, Herrera echó mano de archivos oficiales, como el Archivo General de la Nación, el archivo de la compañía Real del Monte y Pachuca, la Biblioteca Nacional, la Hemeroteca Nacional, la biblioteca central de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Bancroft Library de la Universidad de California en Berkeley. Pero su material básico fue el expediente judicial Pachuca 1920-66 que guarda el archivo de la casa de la cultura jurídica Ministro Manuel Yañez Ruíz en la Bella Airosa, donde se consigna la investigación en torno a los hechos. El cómo analizó Herrera ese expediente es algo interesante de conocer. En su tesis se precisa que el método consistió en “someter al texto a la presión de sus propios imperativos, sacar a la luz sus contradicciones y vacíos, de tal modo que se debilite su autoridad como centro garantizador de ese orden social-y textual”.

Un archivo, por regla común, se trata de un orden impuesto por una autoridad, Jacques Derrida dijo que todo archivo implica una institucionalización: “Una ciencia del archivo debe incluir la teoría de esta institucionalización, eso es, de la ley que se inscribe en el archivo y del derecho que lo autoriza”. Es por eso que toda lectura crítica de un archivo, de lo que se trata es de entender su secreto, hallar sus intenciones ocultas, subvertirlo.

El incidente de la cantera El Bordo cuenta los hechos que están contenidos en las palabras de un registro sometido a revisión. Así es que el libro recrea la historia de los sucesos que pueden verificarse: los testimonios de algunas personas que cuentan lo que vieron, oyeron e hicieron durante los momentos previos y posteriores al incendio. A la vez, el texto describe y hace ver el papel que tuvieron los propios documentos para modificar no nada más lo que sería la historia de la deflagración, sino cómo en ese preciso momento crearon la realidad del incendio. “El expediente y las notas no son meros informes de los hechos, sino fragmentos de los hechos, que son parte de la tragedia y de la manera en que se custodió su versión oficial”.

Las cosas fueron que a eso de las siete y cuarto, o a las 10, o a las doce, o a las cuatro de la tarde, los dueños del yacimiento mandaron cerrar el tiro porque supuestamente ya era imposible que hubiera alguien vivo allí debido a los gases. Sin embargo, cuando seis días más tarde, el 16 de marzo, se decidió abrir El Bordo para ir a ver que siete hombres salieron con vida y en el expediente se lee que estaban “en perfecto estado de salud, sin lesiones internas ni externas, salvo que algunos estaban comenzando a morirse de hambre”. Y enseguida Herrera subraya: “En verdad dijeron eso: en perfecto estado de salud pero muriéndose de hambre”. Pone el dedo en la llaga con sentido común y un lenguaje claro. Días después, cuando las esposas de los trabajadores fueron llamadas a dar testimonio de su parentesco con ellos, son silenciadas: sus voces no aparecen en el expediente, sino el tono “neutral” del lenguaje judicial borrando la individualidad de las mujeres. “La maquinaria judicial las ha convertido en seres necesitados de caridad, si es que logran acreditar que la merecen”. Especial atención se pone al informe pericial: es el resultado de la inspección que hizo el perito cuando ya la cantera había sido limpiada y prácticamente solo había evidencia de lo bien que funcionaban todas las cosas allí dentro. “Así que para el perito García quedaba una posible causa del incendio y con eso terminaba su trabajo: era culpa de algún trabajador”. Después, ya cuando todo había más o menos pasado, ahora las autoridades decidieron que los cuerpos no serían enterrados por sus familias, sino que se tomó “la decisión de que los cadáveres no entren a la ciudad y… El juez aceptó la proposición para evitar que la sociedad pachuqueña sufriera una ‘triste impresión’ al presenciar el paso del cortejo”.

El incendio de la mina El Bordo pone en duda cada palabra del archivo. Lo hace con los hechos consignados por la autoridad, lo hace con los dichos que están en ciertos testimonios no oficiales, pero que luego no están en el documento, lo hace con las palabras especulativas, prejuiciosas, convenencieras, del dueño de la veta, de los reporteros, de los peritos, de los altos mandos, del gobernador y del Poder Judicial de Hidalgo.

Y luego, todos esos hechos, que seguramente están encriptados en declaraciones judiciales incoloras, aparentemente asépticas, propias del lenguaje judicial, son articulados con la habilidad narradora de Herrera, quien echa mano de ese estilo propio suyo, muy próximo al lenguaje coloquial (políticamente coloquial, quiero decir). Así, al echar la luz del sentido común a las decisiones de las autoridades, a las declaraciones de los administradores norteamericanos de la mina, a los reportajes periodísticos, lo que hace es quitarle las máscaras y evidenciar las corruptas decisiones judiciales y gubernamentales, las declaraciones a medias cuando no mentirosas de unos administradores rapaces y a unos reporteros que venden la pluma al mejor postor.

¿Es la historia de El Bordo, que nos presenta Herrera, una tragedia aislada en hidalgo? Lamentablemente, creo que sabemos la respuesta. En Hidalgo, muchas cosas funcionan del mismo modo en que hace exactamente 100 años. Entre las muchas tragedias de Hidalgo, está otro hecho que el incendio del yacimiento El Bordo saca a la luz: la falta de una revisión crítica (no nomás estrictamente histórica, en un sentido chatamente académico) de los archivos de un montón de tragedias. Si los vamos poniendo a la luz, igual y hasta encienden las antorchas de muchos cambios que urgen en Hidalgo.

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