Una pregunta que es básica y determina la vida democrática de un país, es (tratar de) entender, ¿cómo votan los ciudadanos? La respuesta depende de un sinnúmero de variables.

Solamente para enumerar algunas de las muchas razones: por el nivel educativo del votante; entre mayor escolaridad alcanza la persona, es posible que su voto sea resultado de un análisis más riguroso.

Si el votante trabaja o es desempleado; si vive en la pobreza o su nivel de ingreso es medio o elevado; si su familia o él, han sido víctimas de la delincuencia o la violencia. Si pertenecen a un partido político o no; si vive en el campo o la ciudad; si es joven. Es decir, existe un elevado número de variables que orientan y definen el voto de la persona.

Paradójicamente, en ocasiones la ausencia de una cultura política, o la pertenencia a un partido político (lo que se conoce como el voto duro) predeterminan la decisión del votante. Los ciudadanos acríticos, sin conciencia social y política, que no reflexionan sus decisiones, pueden ser mayoría, así lo prueba un estudio realizado por el psicólogo Stanley Milgram, quien en 1963, en la Universidad de Yale, realizó un experimento sobre la obediencia a la autoridad. El ejercicio consistía en hacer creer al sujeto que estaba bajo observación que se estaban administrando descargas eléctricas cada vez más intensas a otro individuo, en el cuarto de al lado, cada vez que daba una respuesta equivocada. No había tales descargas eléctricas, la supuesta víctima, era un actor, que gritaba y pedía que se detuviera el experimento. Sin inmutarse el que actuaba como responsable del ejercicio, presionaba al sujeto a aumentar la magnitud de las descargas, es decir, incrementar el dolor y sufrimiento de la víctima, hasta llegar a niveles que en el tablero estaban marcados como gravemente peligrosos.

Los resultados del Informe fueron aterradores y deprimentes, el 65 por ciento de las personas llegó al máximo del voltaje, sin hacer caso de los gritos de dolor de la víctima. El ejercicio demostró que a la mayoría de la gente, si se le ordena, puede acabar torturando a otros seres humanos. Para el New York Times, que dio a conocer la noticia “la gente obedece ciegamente, incluso si provoca dolor”.

(Fuente: Fernando Escalante G) Este experimento introduce una variable en el proceso electoral que, frecuentemente, es desatendida: la obediencia. Un votante puede ser manipulado, como lo muestra Milgram, de forma más o menos sencilla (y, también grotesca): si frente a las ideas, el dirigente, propone prejuicios, dogmas; de igual forma, si trata la esperanza como virtual certeza, de manera que con ese lenguaje, los ciudadanos se sienten protegidos y afortunados. Se trata de construir un discurso dirigido a ese 65 por ciento de la población débil, sin cultura política, que no cuestiona, que no necesita una verdad demostrable. No se necesita hablar en nombre del pensamiento, sino de la utopía sin fin. Ese discurso alimenta al ciudadano frágil, empobrecido, que renuncia a la política, para mirar y agradecer la bondad y generosidad del dirigente. En este modelo, el ciudadano se encuentra solo, aislado, desconectado.

Este fantasma de la soledad es muy bienvenido (y necesario) para un gobierno que vive de sueños, de nostalgia por un modelo económico y social, que ya no está más en el mundo.

La socialización aspira a preparar o acondicionar a las personas para que hagan por voluntad propia lo que tienen que hacer. La persona debe enfrentar su miedo al futuro, a ese futuro caprichoso, incierto. En este contexto, ¿cómo votará el ciudadano que hoy es presa del desempleo, la violencia, la crisis económica, la delincuencia? ¿Lo hará amparado en la voz marxista? “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente” ¿continuará el votante, identificándose con grupos, tribus, comunidades religiosas? Huntington afirma “sabemos quiénes somos solo cuando sabemos quiénes no somos, y con frecuencia solo cuando sabemos contra quiénes estamos”. Ese es el núcleo social polarizado, excluyente, dividido, impredecible, temeroso.

Estamos lejos, y hoy, más que nunca, de la cultura del diálogo, esta que sabe delinear estrategias no de separación y odio, sino de vida; no de exclusión, sino de integración. No hay atajos que nos lleven a un pronto encuentro con esa cultura. La pobreza y la desigualdad, la grave crisis económica y la violencia, nos advierten que debemos prepararnos para un largo periodo marcado por muchas preguntas, y más problemas que soluciones; la cultura del diálogo sería muy útil para llegar a buen puerto.

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