Daniel Zorrilla Velázquez
Área académica de ciencias
políticas y administración pública

Dentro del ideario colectivo mexicano, recurrentemente se olvidan a personajes cuyas aportaciones han sido de la más alta relevancia para el país. La historia oficial de México, escrita por las plumas mercenarias al servicio de los regímenes, se ha preocupado más por mitificar a diversas figuras –e incluso a inventarlas– con tal de exaltar el nacionalismo y de imprimir el sello de la ideología en turno a la población.

En las primeras décadas del siglo XX mexicano, a la vez que se luchaba una revolución social y política, un grupo de jóvenes contribuyeron grandemente al proyecto de una nueva nación con una revolución intelectual y cultural. Vicente Lombardo Toledano, Alfonso Caso, Antonio Castro Leal, Manuel Gómez Morín, Jesús Moreno Baca, Alberto Vázquez del Mercado y Teófilo Olea y Leyva, integraron la Generación de 1915 y fundaron la Sociedad de conferencias y conciertos, con la finalidad de difundir la cultura entre los estudiantes de la Universidad Nacional de México. Todos los miembros eran alumnos de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad, y en un principio, se les denominó “Los siete sabios”, en una referencia socarrona al grupo homólogo de la Antigua Grecia. Sin embargo, con el paso del tiempo el irónico apelativo fue conservado como un reconocimiento a sus contribuciones. El éxito de las conferencias organizadas por la Sociedad llamó la atención de diversos medios editoriales, que invitaron a sus integrantes a colaborar en periódicos como el Excélsior, El Universal Gráfico y El Heraldo de México, incrementando aún más su popularidad, pero también su oficio por el saber.

Esta casta de pensadores tuvo entre sus maestros a José Vasconcelos y Antonio Caso –ambos sirvieron como rectores de la Universidad Nacional–, por lo que recibieron la cara encomienda de continuar con el caudillismo intelectual de la revolución Mexicana. Con la Rebelión de Agua Prieta, a través de la cual se desconoció a Venustiano Carranza como presidente, Vasconcelos es nombrado Ministro de Educación e integra al gabinete a sus siete brillantes discípulos en diversos cargos de alto nivel. Esta plataforma sirvió a los jóvenes intelectuales para poder desarrollar sus profundas capacidades en el beneficio de México.

Los logros de la generación del 15 representaron un parteaguas en la vida institucional del país: Manuel Gómez Morín creó el Banco de México y fundó el Partido Acción Nacional; Alfonso Caso guio el descubrimiento de los sitios arqueológicos de Monte Albán y Montenegro, además de que descifró el sistema de escritura de las culturas prehispánicas en Oaxaca; Vicente Lombardo Toledano fundó la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y el Partido Popular –precursor del PRD–; y Teófilo Olea y Alberto Vázquez del Mercado sirvieron como Ministros de la Suprema Corte. Tal vez la aportación colectiva más importante de los Siete Sabios fue el impulso que dieron al proyecto de autonomía de la Universidad Nacional ante el Congreso de la Unión. Además de los integrantes primarios de la docta cofradía, hubo algunos otros miembros posteriores en la generación del 15 que también colaboraron en gran medida para la construcción del México contemporáneo. Por ejemplo, Narciso Bassols, fue uno de los padres del Instituto Politécnico Nacional; Ignacio Chávez, fundó el Instituto Nacional de Cardiología; y Daniel Cosío Villegas, creó el Fondo de Cultura Económica y fue uno de los precursores de El Colegio de México, cuya biblioteca el día de hoy lleva su nombre. Desde hace algunos años, nuestro país vive una crisis política y de identidad que se ha exacerbado gravemente durante la presente administración.

Lamentablemente, la clase política y la intelectual se encuentran en polos completamente opuestos y ninguna ha demostrado una intención verdadera por buscar un punto de acuerdo para superar el impasse. Por un lado, los miembros del gobierno han demostrado una cerrazón ante el gremio de los pensadores que no permite aportaciones externas al sistema, en contraste, los intelectuales se han caracterizado por una intensa soberbia que solamente ha generado en críticas imparables a la administración central, pero que ha colaborado muy poco en ofrecer soluciones a las problemáticas del país. Ambas partes deben de recordar el fin último de sus esfuerzos: el servicio incondicional al pueblo de México. Además de una nueva generación de intelectuales públicos, nuestro país necesita una nueva generación de humildad y de desapego por las falsas promesas de la fama y el poder. Recordando el aforismo primordial del Politécnico Nacional “La técnica al servicio de la patria”, el intelecto no debe abusarse para el beneficio propio, sino que debe de ponerse al servicio de la nación.

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