La leyenda del rey Arturo es una de las más célebres y una de las primeras en señalar el universo desde el que parte: la lanza de Longinus y el Santo Grial. Por una parte, la lanza es aquella con la que Jesús es herido en un costado y gracias a la sangre que se extiende a lo largo de la misma, el arma adquiere atributos que convierten a su portador en el conquistador de cualquier batalla o nación, que se convertiría en Excálibur, mucho tiempo después.

Por su parte, el grial es la copa que usó Jesús durante la última cena y después el recipiente donde José de Arimatea recogió la sangre de la herida que provocó la lanza, para que en un acto de transmutación, el humilde recipiente se transformara en una especie de copa regia, de la misma forma que adquirió los poderes de la piedra filosofal.

Ahí, en ese punto del ciclo artúrico, es a Parsifal a quien le toca establecer al Santo Grial como fuente de restituciones, así como el sentido último de la razón porque fue depositado en Montsalvat por iniciativa de Titurel. Parsifal es el guerrero de corazón absolutamente puro, que de tan noble es abrumado más de una vez por la inocencia de su corazón, que cuando se lo va a investir como protector del grial, falla al recitar su juramento y es despojado del título que lo convertiría en protector, pero cuando le toca enfrentar a Klingsor, enemigo de la orden del Santo Grial, quien arroja la espada de Longinus contra Parsifal, el arma queda suspendida en el aire, para que el joven la tome y se defienda con ella, lo que además destruye el cuartel de Klingsor.

Pero antes de su victoria, Parsifal recibe una maldición y es esa la marca que lo convierte en un símbolo favorito de los héroes modernos, adonde quiera que vaya, sin importar qué tan colosal sea su triunfo, Parsifal jamás sabrá a dónde regresar, condenado a vagar por siempre.

Personaje central de la ópera homónima de Richard Wagner, el tiempo que dedicó a Parsifal es uno de los más extensos que cualquier compositor o escritor habría dedicado a semejante personaje, pero es uno de los más representativos, ya que el misticismo en que se encuentra el protagonista, sirvió para que Wagner considerase la escritura del Anillo de los nibelungos, así como voltear hacia el budismo, que contribuyó a la escritura del boceto de Los victoriosos, inspirada en la biografía de Buda.

Con ese ánimo místico, luego de una trayectoria literaria cuya obra parte de una sensación de permanente alienación que sirve de pretexto para reflexionar con una especie de gula descontrolada y la reflexión se convierta en sentido de todas las cosas, Handke abandonó momentáneamente a los personajes de sus ensayos, así como los solitarios persiguiendo el sentido esencial de todas las cosas, para caer en El juego de las preguntas.

En parte como si fuera juego de rol, pero a la vez, una obra de Pirandello, esta obra que podría seguir el formato de la puesta en escena tradicional, en realidad se apega a su constante búsqueda formal, parte de los ensayos, pero se encarga de crear protagonistas derivados de los imposibles cotidianos, así como los estereotipos que abundan en las obras de otros autores y se han convertido en callejones sin salida de la dramática moderna.

Precisamente porque el cierre del siglo XX constituyó una especie de colosal desencanto del hombre culto y responsable, la propuesta de Handke, en medio de su nutrida erudición, hace de Parsifal la vuelta hacia aquello que en lugar de olvidar, en su novela se vuelve símbolo del olvido y la voluntad de que así sea pureza o no, debe catapultar la necesidad de continuar, sin importar el origen, así sea, además, en medio de la necedad multitudinaria.

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