Aquella situación me pareció muy extraña desde el principio. No es que las apariencias me engañaran, nada de eso. Todo era tal cual parecía, sin embargo, ese aspecto diáfano del asunto no me distraía de su verdadera naturaleza.

Que un Tiranosaurio Rex estuviera paseando tranquilamente por la Plaza del Sol, en pleno centro de Madrid, era algo extraordinario, aunque nadie parecía hacer el menor caso a lo que podría ser el acontecimiento más importante de la ciudad desde la revuelta del 2 o 3 de mayo de 1808.

El bicho se paseaba tranquilamente entre los viandantes y, al parecer, tan pancho. Tenía una cara simpática, aunque los dientes más largos y afilados que haya visto nunca, y que dudo vuelva a ver. No parecía que quisiera comerse a nadie.

Yo estaba viéndolo desde la terraza del restaurante del hotel X, donde había ido a comer solo. Tenía frente a mí unos espaguetis a la boloñesa, una jarra de agua y dos horas, las que disponía antes de volver a la editorial donde trabajaba, que por fortuna no estaba demasiado lejos.

“¿Le pasa algo, señor?”, me preguntó amablemente el camarero al verme frente al plato sin hacerle demasiado caso, pero sobre todo al observar mi mirada perdida en la puerta del metro, donde el animal prehistórico acababa de entrar, no sin algún esfuerzo dado su enorme tamaño.

“Nada”, le contesté. No fuera a ser que me tomara por loco y me llevara a la Casa Verde, o sea, al nosocomio. Dejé de mirar embobado la entrada del transporte público subterráneo. Al fin, ya no había nada que ver allí.

Me puse a comer con buen ánimo y pedí una cerveza de importación para mejorarlo. Lo conseguí por un rato, hasta que un Diplodocus vino a perturbar mi paz interior. Salía con paso rápido de la calle Montera y corría veloz en dirección a la estatua de Carlos III sin que ningún policía municipal lo parara para ponerle una multa por exceso de velocidad.

El animal se restregó el lomo en la base del monumento y volvió a correr hasta desaparecer en el edificio del reloj. En ese momento sonaban las tres de la tarde. Debía darme prisa y acabar de comer si no quería llegar tarde al trabajo y recibir el regaño de mi jefa, doña Rocío Vega.

Precipitadamente subí por las escaleras angostas y entré en mi despacho. Para mi sorpresa allí estaban reunidos todos mis compañeros con una cara rara, como de conmiseración. Uno por uno me estrechó entre sus brazos y me dijo una palabra cariñosa o amable, dependiendo de cómo nos lleváramos.

Al terminar la ronda, tomó la palabra la jefa: “Estamos muy preocupados por ti, últimamente se te nota muy distraído y no atiendes a tus obligaciones. Además, farfullas cosas ininteligibles. Realmente creemos que lo mejor es que… No sé cómo decirlo sin que te sientas ofendido. Iré al grano. Lo mejor es que tomes unas vacaciones en una casa de reposo”.

Entonces me quedó muy clara la mirada que me había lanzado el Tiranosaurio Rex y el gesto del Diplodocus, que parecía de despedida, hacía tan solo una hora. Miré a mí alrededor. El Jurásico estaba ahí.

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