En una tarde de la sexta década del siglo XX, cuando caminaba de un lado a otro por la vieja plaza Mayor-Constitución, en el más importante de los cuatro reales mineros de la región, el de Pachuca, con su grupo de mulas pelones, la abuela estaba engolfada en sus alarmantes cavilaciones cuando al momento columbró al oriente de la plaza, en la esquina de la vieja calle del Caballito, hoy Patoni, en donde hasta entonces permanecía intacto el hermoso mercado Primero de Mayo de 1939 en diseño de las artes decorativas elaborado por destacado arquitecto. En ese lugar se hicieron más penosos sus recuerdos, llevándose las manos al pecho y sintiendo un profundo dolor en el corazón como jumenta cansada, padeciendo un gran nudo en la garganta, sus pequeños negros ojos escurriendo, bañados y preñados de lágrimas, llena de la más cruel incertidumbre, con voz casi imperceptible gimió “el tiempo es el que hace olvidar un tanto el pasado, advierte el presente y nos alumbra para el futuro”, con la mirada seguía en sus indagaciones hacia todos los rumbos.
La antigua villa del mineral de argento ha tenido diversas y significativas transformaciones conocidas por la abuela desde la segunda mitad del siglo XIX al segundo tercio del siglo XX. Ella aseguraba que al término de la dominación de la Corona española el mineral de Pachuca poseía no más de 5 mil habitantes, muy pocas calles torcidas y empedradas, sin pavimentar y cubiertas de hoyos, lodo, basura y mugre, callejones de trazo caprichoso, quebrado, adaptándose al terreno agreste de los cerros, como cuatro puentes que así podían llamarse por que comunicaban de un lado a otro del arroyo de Las Avenidas, de piedra, fierros, reforzada con enormes vigas de madera. Solo una plaza pública, la principal, la de Mercaderes, elemento que corresponde a la traza ordenada por el virreinato de la Corona española, algunos mesones para alojar a los arrieros que llegaban a comerciar con recuas y numerosas cargas de productos para la población minera, establecimientos públicos en su mayoría clandestinos, veianse de dos a tres posadas que pomposamente recibían el nombre de hotel y contaban con un baño común fuera de las habitaciones para todos los huéspedes, donde se alojaban los importantes negociantes y mineros, eso sí, poseían más de una docena de corrales y encierros anexos a los mesones y otros públicos para estancia de los incontables semovientes; burros, mulas y caballos.
En esos años de la década de los 60 del siglo pasado, el chinchorro o grupo de pelones tenían a la viejilla como tetlachihuquetl o tlamati; una bruja verdaderamente con sus tétricas meditaciones, que estrujada por sus emociones empezó a balbucear “fueron muchos,se padeció gran usurpación en el estado por indignos gobernantes, se vieron no menos de seis gobernadores en 1915; un tal Maycote, luego Machuca, les siguió Gómez Noriega, José Kotuscey, Roberto Martínez y Martínez y otra vez Nicolás Flores” quien da inicio al primer mercado público llamado Libertad. El 16 de septiembre de 1915, en pleno desorden del país y del estado, el entonces gobernador Flores presidió el acto oficial con el que se inauguraron las obras de ese primer mercado como un elemento urbano bien pensado de abasto que contuvo todo lo necesario para proveer a una población. En esos momentos el estado de Hidalgo pasaba por todo tipo de ambiciones políticas apoyadas por voraces intereses económicos de empresarios mineros, contratistas de ferrocarril, telégrafos y caminos, oportunistas todos.
Tal era la necesidad e incertidumbre de los mineros jornaleros, trabajadores del gobierno y comerciantes, que la viejilla con suma aflicción siempre los recordó como “grupos de sufridos y mal pagados” de sueldos miserables que “por más que se afanaban nunca pasaban de pericos a perros, apenas sacaban el tlaco para la manteca”. Sin pensar en esas masas los zánganos, moscones y avispones que coexistían peleándose por el poder político, que “ya les apestaba el pescuezo a lazo de cochino”. En esos tiempos lo mismo emitían dineros los villistas que los carrancistas, llegaban y sacaban cajas, cajones de billetes “bilimbiques, dos caras o revalidados” en tanto las compañías mineras Santa Gertrudis, San Rafael y la Real del Monte, ésta dirigida por aprovechados gringos-bolillos, resolvieron pagar a sus obreros y jornaleros con vales mineros impresos en cartón que llegaron a ser “más aceptados que el dinero oficial” puesto en circulación por los inestables gobiernos.
El camino empinado, pedregoso, accidentado, difícil hasta para las mulas y recuas, mismo que lleva a la barranca de la Santa Apolonia y a los laboríos mineros que se fincaron a lo largo de la viejísima veta de La Cortaza, vieja calle de El Caballito, inicia en la esquina norte con el edificio sede del Poder Ejecutivo, antigua casa del contratista minero Lambert, “polaco muerto misteriosamente”, en la contra esquina existieron, hasta antes de las magnas Fiestas Centenarias de septiembre 1910, una serie de cajones de ventas de telas, ropas, zapatos de trabajo, huaraches, herramientas mineras, implementos agrícolas, para el hogar y liturgias, entre otras variadas mercancías. Cajones de herencia gachupina antecedente de lo que sería el primer mercado público, ocupaban el frente que mira al ocaso, a la plaza Real de Mercaderes-Constitución, contaba con excelente escalinata de canto y cal, la propiedad perteneció a la familia Revilla, sobre la que se inventó la leyenda del castillo por el bromista. El cascabel al gato suena, la población externó el pasado 5 de junio con su voto el poder de decidir, a pesar de la simulación, descaro y la sinvergüenza oficial, bien por la expresión, pasemos a externarlo públicamente, que la voz de los pachuqueños, hidalguenses, se escuche. Gritaría la vieja “no hay atajo sin trabajo”.

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