Cuando sale a la conversación o simplemente se hace la referencia, a propósito del solitario, taciturno que no tiene regla, grupo, pertenencia, raíces ni algo con que identificarlo, salvo una identidad a prueba de la necesidad imperiosa de compañía, la etiqueta que se cuelga fácil es como un “lobo estepario”.

Un animal de las estepas cuya ley es la que le sale de sobrevivir y mantenerse por encima de la precariedad de las circunstancias, sin la participación de una manada; aplicada a la realidad humana, además de que se ha vuelto la norma obligatoria, tiene que ver con la soledad impuesta por un estado de alienación, de aislamiento humano por el que los seres humanos ya no logran identificarse con la extracción de un núcleo con el cual compartir.

Además de Bajo la rueda, Demian y Siddharta, El lobo estepario fue uno de sus libros característicos y por los que sería recordado con más afecto. Pero detrás de esa porción de su obra que apenas representa siquiera unos cuantos rasgos dignos de llamar la atención, cuando Herman Hesse llegó a la estatura literaria que conquistó con su obra, uno de los aspectos de su biografía que marcarían de manera definitiva su producción fue la presencia del psicoanálisis.

A primera vista imperceptible, un detalle que se encuentra distribuido en la primera parte de la obra de Hesse es la certeza de un personaje que en determinado momento será la pieza central de un conflicto en el que se verá reflejada una cierta dimensión humana y dos salidas posibles: la destrucción absoluta del personaje o la transición hacia un estado superior de conciencia, cuando no se trate de una evolución humana muy importante.

Si el proceso además bastante logrado en manos de Hesse fue que su obra girase en torno a la sola existencia de un conflicto y cómo afectaría a un determinado personaje, se debió a que en un momento de su vida Hesse sintió que su espalda era escalada por un desconcertante episodio en el que la locura estuvo a punto de apoderarse de su conciencia.

Pese a que desde muy temprano en su vida se decidió por la escritura por influencia de su familia, el hecho de haber experimentado una especie de epifanía que nada tenía que ver con su carácter ni con su predisposición hacia la literatura, Hesse llegó hasta el diván del psicoanálisis y se mantuvo en él por un periodo suficientemente largo como para cambiar la estructura de su producción.

Pero el cambio ya se había operado. Eso que tenía la forma de una especie de quiebre psicótico y que pudo dejar a Hesse en un estado de permanente crisis, sin margen de salida ni posibilidad de reparación, se convirtió en la reflexión sombría de Bajo la rueda, en torno al sujeto que un buen día se encuentra a punto de sucumbir bajo el eje de un carruaje; pero cuando el cambio se opera, esa sensibilidad es apartada del escenario social para desenvolverse en completa soledad.

En forma bastante paradójica, ya que no contaba con las singularidades de otros autores quienes tenían por rasgo central promover una liberación tanto de la conciencia como del espíritu mediante sustancias, pero en el caso específico de Hesse desde el principio fue su relación de lo que le representó el despertar de la conciencia a la razón porque se convirtió en uno de los autores favoritos de la década de 1960.

Casi tan simpático como MC Escher, cuya obra en la gráfica estaba bien caracterizada como ambiciosa en su representación conceptual, pero carente de recursos a la hora de proyectar un concepto expresivo importante, Escher tenía tras de sí el apetito de la psicodelia. Hesse se convirtió en el representante indirecto de una disposición humana para la que no había referencia y estaba entre la crisis tanto psicológica como espiritual.

Precisamente al comienzo de la década de 1970, la contracultura se encargó de volver a Hesse parte de la postura musical y El lobo estepario se convirtió en la inspiración de Steppenwolf, cuyo nombre fue tomado sin modestia de la obra del escritor alemán e intentó verter en sus letras parte de la obra, más allá de la evidencia del título.

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