Hilary DuPre, David Helfgott y Glenn Gould, solo por mencionar algunos, comprenden los nombres de intérpretes tan absolutamente geniales que parte de su existencia además de un talento sobrenatural, se encuentra acompañada por una vida aquejada con diagnósticos terribles que hizo de sus vidas una experiencia aparte.

Gould, el menos grave de todos, con lo que pareció un síndrome de Asperger muy bajo pero alteró sus relaciones sociales, fue uno de los intérpretes más importantes del piano y a la fecha se usan sus ejecuciones para montarlas encima de un supuesto pianista, pero que se busca un efecto concreto mediante playback, dado que las interpretaciones de Gould superan con creces las de autores célebres o consagrados, pese a que se trata de uno de los músicos que no salen de una balanza polarizada: se repudia con encono su trabajo o se ama incondicionalmente.

Gould, retirado a los 31 años, porque se encontró en abierta confrontación con las presentaciones públicas, ya que le resultaban por completo desagradables y comprometidas, desde ese entonces hasta el día de su muerte sí creó más grabaciones, pero todas fueron materiales de estudio.

A ello se añade que la condiciones de grabación eran por completo fuera de serie, ya que Gould exigía una temperatura ambiental específica; que hubiese un tapete bajo los pedales, a una altura concreta, de la misma forma su silla no podía ser otra excepto la que siempre usaba, para también estar a una altura, así como el piano.

Cuando se pasaban por alto las excentricidades, incluso hoy existen grabaciones que pese a la soberbia sofisticación de la ingeniería, conservan el tarareo de Gould conforme desarrolla la ejecución de las piezas, cosa que enfurecía a todos los especialistas, ya que criticaban esa manía de atacar el teclado y a la vez ronronear la partitura.

Una vez superadas las extravagancias, escuchar cualquier grabación de material producido por Gould, incluso en la actualidad, es garantía para quedar boquiabierto. Su música es por completo extraordinaria. Escuchar lo que hacía con el piano es el equivalente de percibir que sale música de la nada, mientras acariciaba las teclas y no alcanza a distinguirse la transición de las notas por la diferencia de las pulsaciones. Es sencillamente fabuloso.

Si a ello se añade que Gould era especialista en Johann Sebastian Bach, uno de los compositores más vastos y complejos de la historia de la música, es incomprensible cómo logró el magistral dominio que alcanzó a tan corta edad.

Pero desde la sombra de la estatura colosal que alcanzó en la historia de la música, es como Thomas Bernhard estructuró El malogrado. A partir de la fama que alcanzó Gould, el narrador y Wertheimer, su amigo y compañero de estudios, asisten tanto al debut como el crecimiento sostenido de Gould, que conforme mantiene su evolución imparable, el resto de quienes se encuentran alrededor de él se deslustran hasta volverse opacos.

Precisamente, lo que comienza como el recuento de una experiencia que pinta para ser desarrollado bajo los tintes de una anécdota sofisticada, se transforma en la evolución de una forma retorcida de perversión, porque al menos quienes conocieron al Gould virtuoso, saben con toda claridad que no les tocó ni siquiera una pequeña parte de ese genio y en esa medida ven con un placer retorcido que tampoco tienen necesidad de perseguir el deseo de estar a la sombra del superdotado; entonces comienza la destrucción de todo recordatorio de lo que nunca ni por la aspiración más ferviente se va a llegar a ser.

Escrita en la clave de un nihilismo mordiente, del que se encontró en el momento más importante de su desarrollo personal como testigo de aquello en lo que nunca se convertiría, además de sobreviviente de las muertes de Gould y Westheimer, Bernhard se las ingenia para pintar un retrato que es exactamente lo contrario del canto que se suele dedicar a los triunfadores y exitosos. Una especie de sonata personal que comienza como descripción de un asombro que abrasa y destruye todo a su alrededor, del que además su protagonista no conserva el menor vestigio de culpa.

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