Yukio Mishima, todavía hoy, es dueño de una de las prosas más poderosas que dio el siglo XX. Luego de protestar ante el ministerio japonés por las negociaciones con Estados Unidos, cuyo interés comercial permeó todas las capas de la identidad nacional, para acabar con su vida mediante el auxilio de un grupo paramilitar preparado por él, Mishima se convirtió en una de las figuras más importantes de la literatura, que lejos de un oficio para ociosos, ante todo es un ejercicio de la convicción.

Con el paso del tiempo, las críticas al proceder de Mishima no se hicieron esperar. Desde la pertinencia de haber cometido la rebeldía última que Albert Camus señaló una y otra vez en sus ensayos, hasta el desatino de haber perpetrado una de las peores manifestaciones de cobardía que a la fecha se justifican en haber perdido el nobel contra Yasunari Kawabata.

En su momento, Marguerite Yourcenar en Mishima o la visión del vacío intentó la versión más sensata de una biografía que no solo situó a Mishima en un renglón tanto creativo como humano, sino que presentó la perspectiva más coherente de ambas partes: a diferencia del resto de los creadores intelectuales de la época, Mishima alcanzó a ser uno de los más congruentes, en la medida que fue un sujeto no solo dispuesto a sacrificarse por sus ideales, también fue capaz de cometer riesgos desde muy temprana edad, sin dar ni pedir razones a nadie.
Aun cuando se asume que solo el marqués de Sade fue capaz de las audacias literarias porque es universalmente conocido, quizás los únicos que le seguirían en intensidad contestataria son Louis-Ferdinand Céline y Yukio Mishima.

Sus elecciones temáticas y argumentales distinguieron una visión que desde su obra planteó la diversidad humana en calidad de una condición más allá de lo ensayado en la literatura. Desde la tetralogía El mar de la fertilidad, misma que la secuencia Nieve de primavera, Caballos desbocados, El templo del alba y su cierre con La corrupción de un ángel –concluida el día que horas después se quitó la vida–, el conjunto representa una de las odiseas modernas que abogan por el ideal de una tradición cultural responsable de los seres humanos que la componen, contra el individualismo inhumano y autodestructivo, acogido en Japón tras la segunda Guerra Mundial.

Pero, por encima de todo, la búsqueda de un espíritu cuya frontera como experiencia última, como finalidad humana que la propia sociedad debería contribuir a llevar con orgullo, en lugar de vergüenza o un lastre, Mishima se negó a padecer en carne propia y rechazó explícitamente inmolándose ante los ojos del mundo.
A partir de ese momento, la visión integral del alcance de una obra, así como quien desde su autoría pregunta a la sociedad las dimensiones de cuanto refleja en ella, cuando no resultan disminuidas en importancia, sí se han retirado como prioridad sociocultural.
Años después, una banda de catalanes formada en Barcelona, se haría a la tarea de presentar su muy personal versión de un homenaje para tan singular autor, autodenominándose con su apellido: Mishima.
Aunque al principio de su carrera decidieron presentarse con dos álbumes en inglés, los integrantes de Mishima decidieron presentarse con su lengua nativa y desde su debut a finales de la década de 1990 hasta hoy han marcado una verdadera pauta para el conjunto de los creadores radicados en España.
Justo en la salida masiva de los sellos oficiales para la fundación del sonido indie, Mishima alterna, en pleno acuerdo con el autor que les da nombre, por un sonido que se desprende de la rutina derivada del punk alternativo, para refugiarse en una música que rompe con las estructuras definitivas que podrían proveerle Devotchka, Bierut u otros grupos con una tendencia hacia el sonido europeizante, que busca sonar como la nostalgia balcánica.
Por otro lado, aunque la capacidad barcelonesa para desmontar el descontento y hasta articular una postura contestataria han sido parte integral de España desde la aparición de “La movida”, con Mishima sigue presente, pero sin afán de volcarse hacia la provocación ni el escándalo.
Acaso el sabor para confrontar esa visión consistente y bien articulada, hagan de Mishima un grupo particularmente agradable, con un catalán digno de disfrutar.

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