Sospecho que si los Oscar dejaran de lado los discursos y la toma de posturas ideológicas, nos parecería extraño y probablemente hasta ofensivo. Por momentos pienso que esas personas, la farándula, están de algún modo obligadas a intentar la politización de sus trayectorias. Las vemos titubear, dudar de sus propias palabras, actuar sus elaboradas opiniones en frente de la cámara esperando ser vistos convincentemente como ideólogos de nuestro tiempo. Es un esfuerzo añadido. Es obvio que si no tuvieran que hacerlo se abandonarían al goce de sus riquezas o se ocuparían de sus vidas y punto.

Tampoco creo en el argumento de la voz que se alza, como si antes de los Grammys las luchas hubieran permanecido en silencio. La puerta del Palacio Nacional dormirá con pintas, a la par de la publicación de los célebres postulados filosóficos de Bárbara de Regil. Las células de resistencia civil en Suramérica sobreviven apenas, a la par de los discursos de Joaquin Phoenix sobre el cambio climático. En México cotidianamente hay llamaradas y levantamientos, mientras Raúl Araiza intenta convencernos de que tiene una perspectiva política que defender.

La cosa es que los nombres que se ahogan en el devenir concreto de la historia son escuchados, sentidos y defendidos por millones de personas en el mundo. Cuando decimos que estas figuras se convierten en portavoces y que, a través de su participación, el mensaje es capaz de llegar a más personas, yo me pregunto: ¿Y qué esperas que hagan las personas que están viendo los Oscar cuando escuchen tus preocupaciones? Aplaudirán, porque eso es lo que hay que hacer. Si proyectamos en el cine a una mujer sentada sobre un retrete que está derramando heces por toda su casa (referencia a Parasite, mejor película de este año) o vemos en las noticias una y otra vez la denuncia del fin de la violencia a conductores y mesas de líderes de opinión que discuten eufóricos la política y la circunstancia del país y del mundo, no nos queda más que adivinar los resultados de la rueda de la fortuna y brincar si le atinamos a la cantidad.

Nada sucede cuando los medios toman la palabra. Los medios de producción sostienen sus modelos de distribución masiva, obsolescencia y usurpación desproporcionada de los recursos naturales. La explotación laboral sigue en pie y los alicientes a la desesperación son cada vez más eficaces. La violencia y la simulación han encontrado la forma de reproducirse. Nuestra indignación alimenta las tendencias, los flujos de la información, mientras que los medios perpetúan la resignificación de las circunstancias con base en ratings y estadísticas de posicionamiento. Vaya bucle. Nuestra indignación mueve a los medios mientras los medios mueven nuestra indignación.

Recuerdo, por ejemplo, cuando la transgresión era un vestido exclusivo del ímpetu revolucionario. Hoy las redes están atestadas de ultraconservadores que se ganan la vida insultando y destrozando los argumentos de las células ideológicas y protestas más débiles. El privilegio ha encontrado en el ataque frontal una vía para mantenerse vigente.

Ahora se usan las herramientas del activismo y la acción emancipadora para colocar individuos o grupos en las esferas del poder, como vimos con la llegada de Donald Trump a la presidencia, a través del constante sobajamiento a los migrantes y el enaltecimiento a la supremacía de la personas con cierto color de piel. De manera asombrosa, un proyecto de ultraderecha conservadora hace uso de los medios de la revolución.
El mercado es “impredecible”, siempre ganará el tiburón más apto, astuto, carismático y con el poder adquisitivo suficiente para hacerse de un mejor espacio en la producción de la información. No hay libertad en el libre mercado. Solo hay privilegio y simulación.

Por lo tanto, cuando nos preguntamos qué podemos hacer, al menos podríamos evitar poner nuestra lucha en los medios de comunicación, salvar la construcción ideológica de la mercantilización y hacer caso omiso a la participación simulada de los sujetos que son en realidad productos de la farándula.

En nuestra casa y con nuestra gente está mejor la revolución porque esa casa es un mundo real y nuestra gente son millones de personas dispuestas a llevar a cabo y a la acción sus convicciones, antes de arrebatar el micrófono.

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