El mes de Frida

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Elvira Hernandez Carbalillo

Julio es sin duda el mes de mi querida Frida Kahlo. Ella nació el 6 de julio de 1907 y murió el 13 de julio de 1952. Julio es el mes de Frida.
Frida, la misma que conocí por culpa de Diego Rivera y de mi maestro de la materia de redacción en la preparatoria, Arturo Viveros, que nos obligó a visitar una exposición en Bellas Artes. Así, contemplando ese paseo por la Alameda, una mujer me llamó la atención. ¿Quién es la mujer del rebozo y cejas enormes? “Es la esposa del maestro –respondió mi profesor de inmediato–. Su casa es un museo en el centro de Coyoacán, deberías visitarlo”, dijo. No recordó su nombre, solamente que había sido la esposa de Diego Rivera.
Por suerte, yo vivía en la delegación Coyoacán y de inmediato vecinos y amigos supieron orientarme, esa casa es la casa de una mujer llamada Frida Kahlo.
Desde que llegué a la esquina ubicada entre las calles de Londres y París, presentí que sería un día inolvidable. Yo tenía 16 años.
Cruzar la enorme puerta de madera, subir unos escaloncitos, cruzar el pasillo y entrar a la primera sala. El enorme cuadro de las Dos Fridas, me recibe. Pintado entre 1939 y 1940 delata lo que eres y lo que no dices que eres. Me gusta que la mano de una Frida cobije la mano de la otra Frida. Las dos te miran, te espían, te presientes. Me identifico más con la del vestido blanco, me gusta su cuello lleno de encajes. Me impresiona que intente detener la hemorragia de su herido corazón, abierto al dolor, exhibicionista, amoroso, chorreando su pasión y su entrega. Pero la otra Frida parece reclamarme con su mirada, es la que está vestida de tehuana, la que exhibe el retrato del hombre que ama y que pierde, y que prefiere perder, que nunca será suyo mientras lo hace suyo.
El siguiente cuadro, La columna rota, me permite palpar el dolor de una mujer fuerte. Cada clavito una desilusión, cada clavo enorme una crucifixión esperada. Soledad y dolor, lágrimas y desamor, una columna rota duele igual que un corazón roto. Los sueños quebrados, el dolor latente.
Se exhiben sus vestidos, sus aretes, sus corsets, sus botas para disimular su cojera, sus rebozos, toda ella. La cocina donde unos jarritos de barro verde se hacinan en la pared para escribir su nombre unido al de Diego. Sus ollas y su comal. La colección de exvotos que llenan la pared completa.
Subir las escaleras y toparse con su estudio. Óleos ya secos, pinceles fosilizados, colores detenidos en el tiempo, el cuadro sin terminar, sus trazos, su inspiración.
La pequeña camita de su recámara que delata su tamaño natural. El espejo en el techo, que le permitía espiar su dolor, sus sueños y sus orgasmos. El mismo lugar donde recostada se enfrentó a sí misma para volver a caminar. El cautiverio de sus pesadillas y de sus infiernos. Donde bordó sus alas, desde donde prometió no regresar.
Frida Kahlo, en este julio, tu mes, evoco ese primer día que te conocí y desde entonces me acompañas disfrazada de aretes, tatuada en mis paredes, dejando huellas en mis botas, obligando a descubrirme a mí misma con mis autorretratos hechos a puño y letra para ti.

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