Iker Casillas tuvo tres retiros del balompié. El primero, cuando abandonó las filas del Real Madrid tras una temporada marcada por las diferencias con José Mourinho; el segundo, cuando, tras sufrir un infarto al miocardio, puso en hiato su carrera profesional para integrarse al cuerpo técnico del FC Porto; y el tercero fue el anuncio oficial de su jubilación en medio de una crisis pandémica.

Poco puede añadirse a un mito que se ha construido solo. El cancerbero pasó 16 años en el primer equipo del Real Madrid, donde formó parte del icónico equipo galáctico. Posteriormente, se consolidó como el pilar de una generación merengue que logró mantener el protagonismo aún pese a las hazañas de su archirrival: el Barcelona de Pep Guardiola. Las estadísticas hablan por sí solas: 18 títulos obtenidos en 725 partidos disputados con el cuadro blanco.

Aun así, mucha gente lo recordará como uno de los ejes centrales de la época dorada de la selección española. El bicampeonato en la Eurocopa en 2008 y 2012 (hazaña inédita en dicha competición) y la conquista de la Copa del Mundo en Sudáfrica 2010 no podrían entenderse sin la presencia de Iker bajo los tres palos. Hay quienes siguen reconociendo aquella atajada a Arjen Robben en Johannesburgo como la apoteosis de su carrera.

El madrileño de nacimiento representa uno de esos casos de éxito perfectamente romantizables. De estatura baja para un portero, se formó en las básicas del Real Madrid y consolidó el sueño de todos los chicos de la Fábrica: romper récords de juventud relacionados con su debut, así como su presencia y eventual conquista de la Liga de Campeones en el año 2000.

Con controversias apenas recordables, también se ha colocado como miembro de la elite deportiva nacional y mundial. Entre sus distinciones más sobresalientes destacan la Gran Cruz de la Real Orden del Mérito Deportivo y el premio Príncipe de Asturias de los Deportes. Además, fue reconocido por casi una década como el mejor arquero del mundo y, para la opinión pública, comparte podio con Gianluigi Buffon y Oliver Kahn como los máximos embajadores de la portería en la historia.

Ser guardameta es una tarea ingrata; la gloria individual se difumina entre la villanía que supone encajar goles. Iker Casillas hizo del “1” en la pizarra una condición mitológica a la altura de los superhéroes. No hay arquero en los últimos 20 años que no haya visto en el multicampeón una fuente de inspiración.

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