Las acciones de un niño de 11 años, residente de Torreón, Coahuila, motivó a reflexionar sobre el mundo adulto y su relación con niños y niñas. Porque el tiroteo ocurrido en una primaria privada nos recordó que la condición económica no salva a nadie de la violencia, la diferencia radica en la cantidad de recursos para violentar o las estrategias para enfrentar el miedo.

El incidente ocurrido en la escuela de Coahuila supone que la familia del menor tenía recursos para cubrir el costo de la educación privada que lo separó del 51 por ciento de niños que viven en pobreza en México (UNICEF, 2018). Ante la muerte de la madre y la ausencia del padre, el niño habitaba con sus abuelos, esa situación es común en regiones del país donde la migración impone que los hijos queden al cuidado de tutores. El cuidado de abuelos es necesario cuando el padre y la madre, incorporados al mercado laboral con largas jornadas de trabajo y carentes de prestaciones sociales, dependen de la ayuda para el cuidado de sus hijos.

Lo que estoy diciendo es que los hijos sufren la ausencia de sus padres por tres causas: muerte, abandono o largas jornadas de trabajo. La muerte no puede resolverse, el abandono puede reducirse si tuviéramos una eficiente campaña de salud reproductiva y un sistema judicial que sanciona el abandono de la descendencia.

Impactar en las largas jornadas de trabajo involucra revisar las condiciones laborales e ingresos porque la contracción del nivel adquisitivo del salario ha derivado en la búsqueda de recursos complementarios con un segundo trabajo o al realizar actividades que prolongan la ausencia de padres y madres en sus hogares. Los niños y niñas en pleno desarrollo de sus facultades y conocimiento del mundo toman lo que tienen a su alcance para aprenderlo, ante la ausencia de los padres alguien ocupa ese vacío, quizá tutores, medios de comunicación, redes sociales o cualquier fuente que brinde información sobre cómo vivir la vida.

La precariedad económica no fue condición tenida por José Ángel, pero quizá vivió la soledad que impone la muerte de una madre y la ausencia del padre, segura estoy que sus abuelos hicieron lo que pudieron con la educación del niño solo que el contexto y los contenidos culturales de cada generación cambiaron radicalmente. Puede suponerse que entre el niño y sus abuelos hubo una brecha generacional evidenciada en la escuela, donde niños y niñas hablan y comparan sus contextos y dinámicas familiares. Cada adulto por acción y omisión enseña lo que sabe, el abuelo por su condición de género, enseñó el uso de armas, solo que ese conocimiento ya no correspondía a la edad y ambiente clase media urbana del niño.

Una revisión real de compromiso con la infancia es regresar a padres y madres a sus hogares para cuidar a sus hijos y a todos los integrantes que requieran de cuidados. Eso significa acortar jornadas de trabajo e incremento del nivel salarial, también es requerido el desarrollo de una infraestructura física y humana del cuidado para que la población económicamente activa tenga plena confianza en que su hijos menores y ancianos estarán en buenas condiciones durante su jornada laboral.

Omitir o vislumbrar el caso ocurrido en Coahuila como un hecho aislado es negar que los cambios ocurridos en las dinámicas familiares generan niños y niñas con sentimientos de soledad, con incapacidad para relacionarse con otros seres humanos o con miedo para vivir la vida.

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