Cuando don Fortunato García del Rincón se puso a soñar en un mundo ideal lo único que se le ocurrió fue una puesta de sol en el rincón más apartado de la Tierra, tan parecido a donde había pasado su niñez que dos gotas de agua no lo hubiesen sido tanto.

¿Por qué su mundo ideal era el de su niñez? Seguramente había algo psicológico en ello, pero también en que su sueño correspondiera a esa inexistencia espacial que hallaba respuesta en un recuerdo de tiempo idealizado, seguramente transformado por el paso de los años en algo distinto a lo que realmente fue en su momento.

Don Fortunato no era muy dado a ese tipo de cavilaciones y probablemente el mismo se extrañaba que se hubiese puesto a soñar en mundos ideales y que de ello resultase que estos fueran los de su niñez.

En su memoria no había ningún momento feliz de aquellos años y, sin embargo, eran al parecer los que idealizaba. Una contradicción que se le presentaba nítida, pero que no evitaba lo esencial, que fuera precisamente aquel tiempo el de su sueño de mundo ideal.

Al cabo de un tiempo –que pudieron ser minutos, horas, días, semanas, meses, años, quinquenios, decenios o el resto de su vida– dejó de arrebujarse en aquel sueño, que al fin y al cabo no era tan importante para que le dedicara ni un segundo de su precioso tiempo.

Ocioso como era, no estaba dispuesto más que a permutar sus sensaciones de felicidad pasajera por eternidades repetidas una y otra vez sin que por ello se saciara nunca. Esa característica suya de hambre perpetua por el eterno retorno de lo idéntico se combinaba a la perfección con su falta de reflexión sobre su propia vida y sus circunstancias.

De ahí la extrañeza que sintió cuando volvió a soñar aquel sueño de mundo ideal abandonado hacía mucho. No se sorprendió, sin embargo, de que esta vez sí distinguiera bien a las claras, sin ningún tipo de duda, que el niño que fue había vivido en un mundo ideal.

Aquella constatación no le alivió ni por un instante del dolor permanente y persistente que le sacudía con espasmos punzantes todo el cuerpo. Se extinguía en la cama del hospital donde pasaba sus últimos momentos. El sonido de los aparatos de medición de los signos vitales, una y otra vez, le devolvían al mundo ideal de los sueños.

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