El mundo no se resume en uno o en unos cuantos, ni siquiera en uno mismo. El mundo es más que todos juntos y mucho menos que la totalidad de uno solo, pues sin la unidad nada existiría.”

Estaba en esos pensamientos cuando vino a visitarlo a su cueva la ballena azul. “¿En qué piensas?”, le preguntó. “En nada”, le contestó. Pero su rostro desmentía esa “nada” y su amiga se dio cuenta de ello, pues lo conocía perfectamente y era muy perspicaz.

“¡Ya dime, no te hagas de rogar! Sabes que cuando te pones así empiezo a soplar y tu cueva se llena de espuma blanca y eso a ti te pone furioso porque no soportas el agua de mar en tus libros.”

“Estaba haciendo cuentas sobre lo que el mundo es”. “Tanto así”. Le interrumpió la representante de las balaenopteras. “El mundo es lo que es y no hay que darle más vueltas si no quiere uno acabar atravesado por la lanza de Tlazoltéotl”.

“¡Hay amiga! Mis cuentas son del tipo benigno, disquisiciones ingenuas que no hacen daño a Coatlicue y mucho menos a su hijo Huitzilopochtli, quien seguirá brillando en el cielo dándonos vida”.”

“Así es amigo mío. Pero dime, entonces, ¿qué clase de cavilaciones eran las que ocupaban tu pensamiento cuando llegué?”, preguntó el ser marino mientras se mecía en las olas de su propia curiosidad.

“Cavilaba sobre la totalidad del mundo y su composición, es decir, sobre su relación con el uno, las partes y el todo.”

“¿Y llegaste a algún lado con eso?”, le interrumpió el rorcual. “Desde luego que no. Todavía no había llegado a la parte de las conclusiones cuando llegaste”.

“El punto es que lo que dices no tiene mucho sentido para mí que vivo una vida muy sencilla, muy devota de Chalchiuhtlicue, quien me protege de caer en las manos de Ihuícatl Xoxouhqui.”

“Me gusta lo que dices. Al fin y al cabo, el cielo y el mar son azules y tú también lo eres”. “Eso son casualidades. No hay nada extraño que buscar ahí, ningún misterio que resolver sobre el origen del mundo y su evolución. El color, como cualidad de objetos y seres, es solo coincidencia; expresión del lenguaje que deviene íntegramente de la percepción de los sentidos… ¡Qué estoy diciendo! Ya me contagiaste otra vez tu forma de ser y pensar. No me gusta, no me gusta nada. Mejor me voy antes de que Huitzilopochtli saque su macuahutl y me dé un bastonazo mortal”.

“No le tengo miedo a la parte izquierda del colibrí azul, pero a ti te respeto y te quiero amiga mía. Te ruego perdones mi torpeza. Guardaré silencio e intentaré no pensar más en semejantes cosas.”

La cueva quedó en silencio. El mundo seguía allí, tanto afuera como adentro. Tezcatlipoca yacía dormido en una roca con los pies en el agua. Soñaba que cabalgaba, dentro del cielo, subido en el lomo de su amiga la ballena y llegaba hasta las lágrimas de Tláloc, quien lo convertía en Cintéotl. Era feliz.

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