Tomó la carretera del norte, la que no llevaba a ningún lugar. Pensó que estaba bien que así fuera, pues su espíritu tampoco estaba en ninguna parte. Era una decisión que había tomado con M, quien estaba a su lado mirando al exterior.
Por la noche habían consultado un mapa y decidido que el mejor lugar donde podían pasar sus vacaciones era uno que no apareciera allí, es decir, el sitio exacto en que la línea roja que marcaba la carretera quedara suspendida en el vacío.
Estaban contentos, haciendo kilómetros en carreteras cada vez peor asfaltadas, cada vez con más baches y tramos de terracería que levantaban un polvo fino que no les dejaba ver más allá de sus narices.
El paisaje árido que atravesaban en esos momentos no les entristecía. Antes bien al contrario, los ponía de buen humor, formaba con ellos una unidad de gusto difícil de comprender para quien no la conociera, pero perfectamente entendible para los que se extasiaban con ella.
Del lado del copiloto divisaron una costa escarpada que se extendía al lado del camino por el que corría el auto. Era un bonito lugar para pararse y contemplar el anochecer. Solo M y K estaban allí, así que decidieron dejar el auto a un lado y acampar en la explanada que casualmente habían encontrado.
Sentados frente a la tienda de campaña, con las manos y las cabezas juntas, vieron como el Sol se metía dentro del mar. Fue una imagen maravillosa que recordaron toda su vida con emoción.
No alcanzaron ver el amanecer en aquel paraje, pues salieron antes de la salida del Sol. Cuando éste hizo su acto de presencia ya estaban muy lejos. La carretera volvió a estar bien asfaltada y M alcanzó altas velocidades.
Rumbo al norte, siempre al norte, con la brújula puesta en esa dirección del polo magnético. La ropa cada vez iba abultando más en el cuerpo sin que consiguiera acabar con la sensación de frío que los invadía.
A la salida de una curva, una montaña nevada hizo su presencia a lo lejos. Esa montaña señalaba el límite del mapa. Más allá estaba lo desconocido, los lugares no señalados que los atraían con su presencia mágica.
Se miraron por un instante, la respiración entrecortada. Estaban emocionados y acercándose a un lugar que estaba más allá de su comprensión, pero que sin embargo sentían próximo a su ser más íntimo.
El silencio era espeso, la soledad inmensa, la distancia hacia la montaña interminable. El cielo gris anunciaba una tormenta.

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