“Y con toda violencia extirparemos de raíz aquel miedo de Aqueronte que en su origen la humana vida turba, que todo lo rodea en negra muerte, que no deja gozar a los mortales de líquido solaz, deleite puro”

Lucrecio El primero y 2 de noviembre recordamos a los seres queridos que se han adelantado en ese viaje final que algún día todos emprenderemos. Sin embargo, este año ha sido distinto, ya que el virus para el que hasta ahora no se tiene una vacuna segó repentinamente la vida de muchas personas. Algunos sectores de la población, como los adultos mayores, enfermos crónicos y trabajadores de la salud, han sido los más afectados, aunque no han sido los únicos.

Es por eso que este año, la celebración del Día de Muertos se realizó de manera distinta, más sentida, más triste, no solo por las condiciones de aislamiento social y el cierre de los panteones, sino porque nos vimos obligados a enfrentar nuestra propia mortalidad y vulnerabilidad a la que estamos expuestos cada día.

La mayoría de las familias que sufrieron la pérdida de un ser querido tuvieron que despedirlos precipitadamente, sin velorios, sin ceremonias religiosas, sin poder acompañarlos en sus últimos momentos. El duelo está viviéndose de una manera distinta, parece más que nunca un mal sueño del que todos deseamos desesperadamente despertar. La muerte parece hoy más común, cercana y aunque sabemos que es lo único cierto en nuestras vidas, no deja de ser estremecedor.

Una obra que narra de manera admirable el dolor de perder a un ser querido es el magnífico texto Una pena en observación del escritor inglés CS Lewis. Reflexiona sobre su desdicha, soledad y rebeldía que lo envuelven tras la muerte de su esposa. Se descubre reconstruyendo su recuerdo y olvidando a la verdadera historia.

La obra de ese gran creador, quien además es el autor de las siete Crónicas de Narnia, poemas y una autobiografía, fue llevada al cine en la película Tierras de penumbras protagonizada por el actor Anthony Hopkins.

El autor en medio de su dolor cuestiona la voluntad de Dios y la manera como la sociedad exige al doliente enfrentar su pérdida aceptando la voluntad divina y teniendo como consuelo la promesa de que volverán a reunirse en otro plano. Se nos exige “no afligirnos como los que no tienen esperanza”. Pero como afirma, lo que dice San Pablo, solamente puede confortar a quien ame a Dios más que a sus muertos y a sus muertos más que así mismo. “Nunca cuando se nos quita una cosa, se nos devuelve exactamente la misma cosa”, nos dice.

Desde el campo de la filosofía, los epicúreos presentan el miedo a la muerte (y la correspondiente aspiración a una prolongación indefinida de la vida) como una turbación. Epicuro en su carta a Meneceo (125) afirma que esa turbación hace sufrir en vano y que la filosofía tiene como misión “ahuyentar las creencias de las que nacen la mayor parte de las turbaciones”.

Al recordar a los que nos han precedido en el viaje final, pero que viven en nuestros corazones, los invito a leer estos autores y algunas otras obras como El luto humano de José Revueltas, Muerte sin fin de José Gorostiza y por supuesto Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique.

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