Hace 13 años el Pentágono previó la resurrección del “nacionalismo petrolero”.

Hace siete años se vislumbró el desplome del globalismo que provocó el ascenso del “nacionalismo soberanista” en sus diferentes modalidades.

No es lo mismo el “nacionalismo” en EU y en Gran Bretaña –la dupla anglosajona que impulsó el globalismo thatcheriano/regeanomics– que ahora adoptó el proteccionismo nacionalista economicista del Brexit y el trumpismo, ya no se diga en México, socio del T-MEC con EU y Canadá con modelos políticos diferentes, donde el nacionalismo soberanista de la cuarta transformación (4T) se define contra el neoliberalismo que desahució al país.

Aún el nacionalismo en Latinoamérica, fracturada en varios niveles del ranking de su PIB, no tiene la misma acepción en Brasil –donde Jair Bolsonaro practica un fascismo/neoliberal/neopinochetista con su “evangelismo sionista”– que en el “México de la 4T”.

La nueva guerra es lingüística: con diferentes acepciones en la fase del “Declive de la verdad”, según la RAND, y/o de la “Post-verdad” de Munich.

El nacionalismo soberanista no tiene la misma acepción en los diferentes niveles de la Unión Europea, ya no se diga en el resto del planeta: desde India hasta los mil 700 millones de islámicos.

A fortiori los nacionalismos soberanistas de Rusia y China son inherentes a su cosmogonía geoestratégica que colisiona con las definiciones caleidoscópicas del “nacionalismo” propaladas por los multimedia hollywoodenses que controlan la bancocracia globalista atlantista y cuyas permanentes diatribas vituperan el retorno del nacionalismo soberanista.

Los declinantes globalistas vilipendian al nacionalismo soberanista, carente de matices semióticos, como gemelo simbiótico del populismo, muchas veces sin conocer el camino histórico distinto de ambas corrientes, dependiendo de su origen y su aplicabilidad.

No faltan quienes sigan fincados en el siglo XVIII con la dicotomía caduca de izquierda y derecha, que fue necesaria, pero hoy es insuficiente y hasta confusa cuando se trata de aplicar la dicotomía imperante entre globalistas, en franco declive, y los neonacionalismos soberanistas, en ascenso sorprendente como herramienta de supervivencia.

Mas allá de clo sesgado de su autocrática definición unipolar con nostálgica proclividad globalista, lo asombroso radica en que Foreign Affairs (FA; su versión en español es de nivel paupérrimo) lo haya expuesto con artículos contradictorios sobre el “Nuevo (sic) nacionalismo” con notoria repugnancia: “el nacionalismo ha conducido algunos de los grandes crímenes de la historia. Ahora regresa con venganza”.

¿Cómo califica(rá) FA los crímenes “invisibles” del globalismo que ha despojado al 99 por ciento de la humanidad en beneficio del uno por ciento de los parásitos de la plutocracia financierista?
¿Cómo categoriza FA los crímenes de Truman, quien ha sido el único en lanzar dos bombas nucleares sobre las poblaciones civiles de Hiroshima y Nagasaki?
FA expone una colección de ensayos de varios escritores de toda índole y acaba en una “ensalada al estilo de Macedonia” salpicada con desvaríos de folclóricos “nacionalismos étnicos” que propala Lars-Erik Cederman.

Kwame Anthony Appiah se extravía en la guerra lingüística de “nacionalismo y cosmopolitanismo (sic)”, mientras Andreas Wimmer recurre al aburrido maniqueísmo muy insolvente entre “buenos y malos nacionalistas” que, a mi juicio, dependen de los intereses geoestratégicos de los tribunales orwellianos del Torquemada cibernético del siglo XXI.

Jan-Werner Müller arremete contra la “particular variante populista”, mientras que Yael Tamir considera que el principal problema radica en el “choque entre el nacionalismo y el globalismo neoliberal”.

El verdadero “nacionalismo soberanista” del siglo XXI aspira a la universalidad, que no globalismo, de todos los seres vivientes de la creación y al reparto de los frutos de la cuarta revolución industrial.

Foreign Affairs

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