Solo basta llegar a cualquier plaza comercial y verás que los lugares asignados para personas con discapacidad están ocupados casi en su totalidad. Si te tomas un momento, verás que no existe una cantidad equivalente de personas que requieran ese tipo de lugares paseando por las plazas comerciales, cada vez más abarrotadas.

Lo que sí encuentras es una gran cantidad de prepotentes que terminan quedándose ahí, cuando algún viene, viene los increpa, ellos responden argumentos como: “No me tardo, solo voy al banco”, claro. También están los que sueltan una propina y asunto resuelto. El problema en realidad viene de atrás, los lugares para personas con discapacidad son solo la corona del pastel de la civilidad perdida.

Si tú, como ciudadano los cuestionas, te responden un ríspido: “¿A ti qué te importa?”.

Existen ciudades, no pocas, en el país y en el mundo, donde los coches no son más importantes que los ciudadanos; primero el peatón, después los ciclistas, luego los coches.

Pero en muchas otras ciudades las jerarquías son completamente opuestas, no importa que el reglamento de tránsito diga lo mismo, (peatón, ciclista, coche) para el conductor su coche es lo más importante y, por lo tanto, las vueltas a la derecha las dan como si el carril fuera exclusivo para que pasaran ininterrumpidamente, y si un conductor frena para darle el paso a un peatón, de inmediato escucha la letanía de mentadas de madre con el claxon o gritos de furiosos conductores que tuvieron que frenar.

También están aquellos que son propietarios de la calle, llenan (otra vez) la vía pública de imágenes de sillas de ruedas o simplemente ponen botes y cubetas porque alguien en algún momento los puede llegar a visitar, y ese espacio que está afuera de su reja lo asumen como una extensión de su cochera.

Recuerdo cuando leí que las personas habían arrancado los parquímetros en Pachuca porque no querían que si sus hijos los visitaban tuvieran que pagar para estacionar su coche. Vi la imagen de una mujer de unos 50 años, completamente arreglada, con gafas de Sol que le cubrían medio rostro, trepada en un parquímetro de la avenida Revolución, en un intento desesperado para sacarlo de su eje.

Los parquímetros ayudan a que la ciudad tenga mayor mantenimiento, por un lado, y a que las personas piensen si de verdad necesitan ir en coche a la tienda de la esquina. Supuestamente en las ciudades modernas aprenden a racionar el coche y sus usos, buscan transporte público de calidad, utilizan el espacio público, caminan, encuentran alternativas distintas para que la ciudad sea más armoniosa. Eso sin duda es impensable en ciudades como Pachuca, partida por vías cada vez más veloces, en donde los peatones parecen condenados a jugarse la vida si quieren cruzar del otro lado de un bulevar, donde las diputadas engañan en temas de movilidad diciendo que logran quitar puentes “antipeatonales”, cuando en verdad solo es una nueva vía rápida más, donde las personas, el ciudadano de a pie, el que necesita transporte público seguro, no tiene muchas opciones.

Y además, ¿qué sucedió cuando deseaban hacer el carril confinado del Tuzobús? Un grupo de conductores inconformes más logró que un esfuerzo de transporte de calidad, tuviera que seguir las normas del transporte tradicional, porque los conductores no quieren perder un carril.

No olvidemos que los coches no son mayoría, que quienes los conducen no son mayoría, y que todos, en un momento, nos debemos bajar del coche y caminar; ojalá no sea mientras alguien dé con urgencia la vuelta continua.

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