Estos últimos meses han sido un reto para la vida como la conocemos, quedarnos en casa nos ha ayudado a estimular nuestra creatividad doméstica, consumir un montón de contenido, descasar de las rutinas y el tráfico, y posiblemente acercarnos aún más con las personas con las que convivimos. Sin embargo, la adaptación no ha sido sencilla, entre las áreas de nuestras vidas que han sufrido mayor impacto está el trabajo, las estrategias actuales que exigen instituciones y empresas para continuar sus actividades bajo estas nuevas circunstancias tienen que ver con el uso y dominio de las videoconferencias, la comunicación a través de mensajería instantánea y el constante monitoreo a través de correos electrónicos y llamadas de voz. Estas actividades, aunque pudieran resultar sencillas en nuestros tiempos, tienen por su puesto sus desventajas, que no solo tienen que ver con la falta de conocimiento de las plataformas (a la que nos enfrentamos los migrantes digitales), sino también las exigencias que resultan de esa nueva dinámica.

Las nuevas herramientas para hacer frente a la contingencia se han convertido en formas perversas de mancillar aún más la supuesta jornada de ocho horas diarias que establece la ley. Más allá de las ventajas que tengan estas “nuevas formas”, es necesario decir que la mensajería instantánea ya era una amenaza a la privacidad: no es gratuito que en el menú que tiene el mismo nombre Whatsapp nos permita modificar opciones como las de mostrar nuestra última conexión y la confirmación de lectura en palomillas azules. La idea de que, para padres, profesorado, compañeros/as de trabajo, jefes/as; no tenemos horario de atención y pueden escribirnos a cualquier hora del día y tenemos la obligación de responder se ha acentuado en la contingencia.

Los consejos de profesionales de la salud sugieren que deberíamos tener horarios fijos y establecer rutinas que nos ayuden a habituarnos sin tanta irrupción a la nueva circunstancia en el Covid-19. Sin embargo, algo que debemos entender y respetar es el tiempo de las personas que nos rodean. Es imposible asumir que al enviar un mensaje recibiremos respuesta inmediata y más aún, que no tenemos la obligación de responder ante todas las demandas que recibimos. Si el confinamiento da la sensación de que tenemos más tiempo libre, debemos entender que no por ello las personas a las que solicitamos estén obligadas a contestarnos.

Las cámaras web son también una situación delicada, somos espías que observan el interior del hogar de otras personas y, al mismo tiempo, somos observadas. Los espacios privados dejan de serlo, para convertirse en lugares conocidos para las personas con las que compartimos las videoconferencias. En redes sociales circulan un montón de videos de personas que se ven interrumpidas por familiares en ropa interior o los sonidos extraños de las mascotas y casas vecinas que se filtran por nuestros micrófonos.

Esa circunstancia parece ligarse muy naturalmente con la idea de productividad, un sinfín de anuncios y publicaciones en distintas plataformas y medios nos sugieren que este tiempo debe aprovecharse para iniciar nuevos proyectos o aprender nuevas habilidades. Lo cierto es que la necesidad constante de sentirnos como personas productivas es parte de nuestras lógicas capitalistas: quien no produce no tiene valor. Este confinamiento puede ser o pudo haber sido una nueva oportunidad de ejercitar el respeto al tiempo de los demás y de forma personal. Anteriormente en este mismo espacio se han abordado temas que se relacionan con el ocio y el tiempo libre y en esta ocasión, frente a la situación se puede reiterar la idea: nuestro tiempo es nuestro y así como somos libres de dictar nuestras actividades, podemos permitirnos exigir el mismo respeto.

Podemos tener esperanza y pensar que es posible replantearnos la manera en la que compartimos el trabajo doméstico, en la que usamos nuestro tiempo libre y la forma en la que hacemos frente a las exigencias laborales del actual sistema económico-político pueden cambiar. La situación actual nos ha demostrado que las instituciones y distintas organizaciones no están a la altura de nuestras necesidades, no solo como personas, sino también como especie. Es momento de transformar nuestra supuesta normalidad.

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