Busco qué hacer conmigo cuando me doy cuenta que he llenado mi ciudad de vitrinas. Mientras paseo me gusta conjugar el verbo vitrinear: yo vitrineo, tú no vitrineas, él quizá vitrinea, nosotras vitrineamos. El reflejo de mi imagen en cada cristal me reconcilia conmigo misma, el escaparate en cada cuadra se convierte en una galería de espejos con muchas imágenes de mí misma y encuentro que me gustan. No son falsos espejos, son lunas transparentes de todas las que quiero ser y soy. Espejismos llenos de ilusión. Cristales de quimeras posibles.
Y lo primero que veo son estas canas que adornan mi fleco salpicado de rayos de Luna. Descubro una arruga más en mi rostro y me gusta. Es una arruga que simplemente delata que sigo sonriendo ante la vida. Acomodo mis anteojos de armazón morado para intentar observar la vida con mayor claridad, pero siempre me sigue resultando nebulosa y extraña.
Siento correr por mis venas la generosidad que me reconcilia con la vida. Escucho latir mi corazón y acepto que todavía me gusta enamorarme.
Atisbo mi minifalda que me hace jurar que soy discretamente coqueta y las miradas varoniles me reconcilian con mis cautiverios. Luzco medias con las figuras más llamativas y los colores más vivos para atrapar piropos llenos de sororidad masculina. Muevo las caderas al ritmo que me inspiró doña Monroe. Y para llegar al cielo subo un escalón creyéndome Lilia Prado. Si se rompe una de mis medias adoradas, me repito resignada que no estoy loca, solamente estoy desesperada. Y miro la Luna para cantar que soy una loba y aúllo.
Palpo mis pechos de luna, pequeños como tu sonrisa cuando te hacía mío, suaves como girasoles cuando se mecían en tus manos. Mi vientre está mal bordado pero siempre delata mi maternidad amorosa que siempre te conmovió. Cubro con la palma de mi mano esta nube con aroma a higo celeste y me convenzo que su humedad sigue delatándome como todas las mujeres que soy y seré. Admiro coqueta estos muslos generosos que reconocen cuando unas manos los recorren para llenarlos de magia. Mis pantorrillas que enredan en su tobillo una pulsera tatuada con sirenas que cantan bajito para mí nada más y me encantan encantadas. Mis pies pequeños siguen las huellas de una mujer que se quiere bien y al ver el reflejo en las vitrinas me emociona saber que soy yo. Descubro esta mirada de gitana que prefiere entretenerse con la palma de su propia mano, llena de líneas jeroglíficas que siempre traduzco como experta, torciendo adrede mi destino. Estoy convencida que mi cuerpo de luna siempre brilla en cualquier lugar, más si es un lugar que yo inventé inspirada en ti pero sin ti. Un lugar para que yo me reconozca y decida aceptarme tal cual. Quererme, ser mi propia ciudad conmigo, sin ti, pero siempre acompañada. Vivir en la ciudad recuerdos para amarme, amarte, amarnos en todos los tiempos, cerca o lejos, presente o ausente. Ciudad brújula porque me encuentro en todos los puntos cardinales, en todas las emociones, contra todos los vientos iracundos.
Nota: Fragmento de un cuento que mi maestro Agustín Cadena aprobó y llenó de regocijo mi alma. Lo publicará en una antología donde celebra sus 30 años de impartir talleres literarios.

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.